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Columnista invitado: Gabriel Farias, comunicador y periodista especializado en aviación.
La historia de Santa Lucía, el destino que fue “la Punta del Este” de otra época
Santa Lucía: la primera ciudad turística del Uruguay que enamoró a familias y veraneantes mucho antes de Punta del Este
Mucho antes de que el este uruguayo concentrara la atención del turismo de verano, existía una ciudad que ya simbolizaba descanso, naturaleza y prestigio social. Santa Lucía construyó, desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, una identidad turística singular vinculada al paisaje, las quintas de descanso y una forma de vivir el ocio que marcó época en Uruguay.
Hoy, al celebrarse 92 años de su declaración como ciudad de interés turístico, la memoria colectiva vuelve sobre una etapa donde las familias montevideanas y numerosos argentinos encontraban en Santa Lucía un refugio elegante, tranquilo y verde, lejos del ritmo urbano y del humo de la capital.
La Ley 10.746, aprobada en 1934, reconoció oficialmente a Santa Lucía como la primera ciudad turística de Canelones y también del Uruguay. Aquella declaración no surgió por casualidad. La ciudad ya era, desde décadas anteriores, un punto de encuentro social y de descanso para sectores acomodados que buscaban aire puro, río, jardines y vida social en un entorno natural.
La época dorada de las quintas y los jardines
A comienzos del siglo XX, Santa Lucía vivió una etapa donde las quintas de verano se transformaron en símbolo de prestigio. Las familias competían por mostrar el jardín más cuidado, las especies vegetales más exóticas y las construcciones más refinadas. El paisaje urbano comenzó a mezclarse con grandes terrenos arbolados, galerías, pérgolas y espacios de descanso que daban a la ciudad un perfil muy distinto al de otros destinos de la época.
Entre esos lugares sobresale la histórica Quinta Capurro, convertida en uno de los ejemplos más representativos de aquella arquitectura vinculada al ocio, al contacto con la naturaleza y a la vida social de las familias tradicionales. Más que una residencia, estos espacios funcionaban como centros de encuentro, tertulias y temporadas completas de verano.
En aquellos años, llegar a Santa Lucía era también una demostración de posición social. Las familias pasaban semanas enteras junto al río, organizaban reuniones y disfrutaban de un estilo de vida pausado, asociado a la contemplación y al descanso.
Cuando Santa Lucía era “la Punta del Este de la época”
Durante las décadas de 1940 y 1950, la ciudad alcanzó uno de sus momentos de mayor notoriedad turística. Las playas del río Santa Lucía, los espacios verdes y las residencias de veraneo consolidaron una imagen que todavía permanece viva en el recuerdo de generaciones enteras.
Muchos comenzaron a definirla como “la Punta del Este de la época”, no por el lujo ostentoso que hoy se asocia al principal balneario del país, sino por su capacidad de atraer visitantes, construir vida social y ofrecer una experiencia de descanso diferente.
Argentinos llegaban atraídos por el clima sereno y el encanto natural, mientras que cientos de montevideanos utilizaban el ferrocarril y las rutas de acceso para escapar del ruido urbano y conectar con una vida más tranquila.
El río era protagonista absoluto. Las jornadas se organizaban alrededor del agua, las caminatas y las reuniones familiares. La naturaleza todavía dominaba el paisaje y el turismo estaba profundamente vinculado a la contemplación y al encuentro humano.
Patrimonio, memoria y turismo histórico
Con el paso de los años, Santa Lucía preservó gran parte de esa identidad histórica. Sus calles, construcciones, plazas y relatos continúan formando parte de un patrimonio que hoy vuelve a cobrar valor en tiempos donde el turismo cultural y de cercanía gana espacio.
Actualmente,la Asociación Turística de Canelones, junto a la Dirección de Turismo, trabaja en la recuperación de testimonios, circuitos patrimoniales y acciones destinadas a consolidar el reconocimiento de Santa Lucía como Ciudad Histórica del Turismo.
La ciudad busca rescatar no solo edificios o espacios físicos, sino también una manera de entender el turismo: más humana, contemplativa y conectada con la naturaleza.
Un modelo turístico adelantado a su tiempo
Mirada desde el presente, Santa Lucía aparece como una experiencia adelantada a su tiempo. Mucho antes de que existieran conceptos como turismo slow, bienestar o escapadas de cercanía, la ciudad ya ofrecía exactamente eso: descanso, naturaleza, identidad y calidad de vida.
En una época donde el turismo global vuelve a valorar los destinos auténticos, la historia de Santa Lucía recupera vigencia y recuerda que Uruguay ya contaba, hace más de un siglo, con una ciudad capaz de construir un imaginario turístico propio.
Sergipe y Aracaju: el nordeste brasileño que busca atraer turistas uruguayos
Para muchos uruguayos, Aracaju todavía es un nombre lejano dentro del mapa turístico de Brasil. Mientras destinos como Río de Janeiro, Florianópolis o Bahía concentran gran parte de la atención internacional, la capital del estado de Sergipe aparece casi como un secreto guardado del nordeste brasileño. Y justamente allí reside parte de su atractivo: playas tranquilas, cultura popular viva, gastronomía con identidad y una ciudad que conserva una relación más humana con el visitante. En tiempos donde muchos viajeros buscan experiencias menos masificadas y más auténticas, Aracaju comienza a mostrarse como una puerta diferente para descubrir las bellezas del Nordeste, entre el azul del Atlántico, los manglares, el forró y la hospitalidad de una región que vive la alegría como parte de su paisaje cotidiano.
Aracaju: la capital tranquila del nordeste brasileño que en junio se transforma en una gran fiesta popular
En el II Encuentro de Periodistas y Comunicadores de Turismo de FEBTUR, realizado en Porto Seguro, una conversación dejó abierta una próxima ruta de viaje. Luciene Almeida —“Tia Lu”—, directora de Promociones y Ferias de la Secretaría de Turismo de Aracaju, transmitió con entusiasmo la identidad de una ciudad que apuesta a crecer mostrando cultura, hospitalidad y calidad de vida. Su invitación para conocer Aracaju y difundir sus atractivos abrió una nueva expectativa de cobertura para Noticias & Destinos, especialmente de cara a junio, cuando el nordeste brasileño vive una de sus celebraciones más intensas: el San Juan.
Crónica de una ciudad que no necesita exagerar para enamorar
Aracaju despierta como una capital distinta dentro del Nordeste brasileño. No busca imponerse desde el vértigo ni desde la monumentalidad. Su seducción aparece en los detalles: las avenidas costeras amplias, las playas urbanas de aguas cálidas, los paseos junto al río Sergipe y una sensación permanente de tranquilidad que todavía sobrevive al crecimiento turístico.
Fundada en 1855 y considerada una de las capitales planificadas de Brasil, Aracaju conserva una escala humana poco habitual para una ciudad costera brasileña. El viajero rápidamente percibe que aquí el tiempo parece moverse de otra manera. Las caminatas por la Orla de Atalaia, uno de los espacios urbanos más conocidos de la ciudad, mezclan gastronomía, artesanías, música y vida cotidiana sin la presión de los grandes centros turísticos masivos.
La propia campaña turística de la ciudad resume parte de esa esencia definiendo a Aracaju como “una ciudad acogedora, segura y llena de vida”, donde conviven tranquilidad, modernidad y tradición. Esa sensación aparece una y otra vez en quienes la visitan: un destino donde el descanso todavía parece posible.
A eso se suma una gastronomía profundamente ligada al mar y a la cultura nordestina. El cangrejo aparece como uno de los símbolos culinarios de Aracaju, junto a sabores tradicionales como la tapioca, el beiju, la castaña y el maní cocido, considerado patrimonio cultural de Sergipe. También sobresale la mangaba, una fruta típica utilizada en jugos, dulces y helados que forma parte de la identidad gastronómica local.
Junio: cuando Aracaju cambia de ritmo
Pero si existe un momento especial para descubrir la ciudad, ese período parece ser junio. Allí emerge con fuerza la cultura popular nordestina a través de los festejos juninos y especialmente del tradicional Forró Caju, uno de los eventos culturales más importantes de Sergipe.
Durante semanas, la ciudad se llena de música forró, cuadrilhas, comidas típicas elaboradas a base de maíz y una atmósfera colectiva difícil de describir desde afuera. No se trata únicamente de espectáculos: es una celebración profundamente vinculada a la identidad cultural del Nordeste brasileño.
La agenda cultural de Aracaju, además, se extiende durante buena parte del año. El aniversario de la ciudad en marzo, la Semana de la Sergipanidad en octubre, el Festival del Cangrejo, el Pré-Caju y las celebraciones navideñas muestran una ciudad acostumbrada a vivir la cultura en el espacio público y a transformar sus calles en puntos de encuentro.
Las plazas, parques y espacios abiertos se convierten en escenarios donde conviven familias, turistas y artistas populares. Incluso el visitante más distante termina participando de una experiencia donde música, gastronomía y comunidad parecen mezclarse naturalmente.
Tia Lu resumió parte de ese espíritu durante el encuentro de FEBTUR al destacar que Aracaju busca posicionarse mostrando “sus atractivos naturales, culturales, gastronómicos y el potencial del turismo como herramienta de desarrollo económico y generación de oportunidades”.
Cooperación con Canelones
Durante el encuentro, la Asociación Turística de Canelones también mantuvo conversaciones con representantes de Aracaju para comenzar a construir una alianza estratégica orientada al intercambio de acciones de promoción turística entre ambos destinos. El presidente de la ATC, Carlos Tabó, destacó la importancia de fortalecer estos vínculos con Brasil y expresó que “es fundamental generar alianzas para que más brasileños conozcan Uruguay durante todo el año”. En ese sentido, subrayó especialmente el potencial del enoturismo y las bodegas canarias como una de las grandes puertas de entrada para el mercado brasileño, cada vez más interesado en experiencias vinculadas al vino, la gastronomía y los paisajes rurales.

Un recuerdo importante
Por qué Aracaju merece más de una noche
Aracaju funciona especialmente bien para quienes buscan otro tipo de experiencia dentro de Brasil. No compite con el ruido de las grandes metrópolis ni con el turismo acelerado. Propone algo diferente: descanso, autenticidad y cercanía.
Por eso conviene quedarse varios días. La ciudad permite combinar playa, gastronomía, excursiones naturales y vida cultural sin grandes desplazamientos. Además, Sergipe —el estado más pequeño de Brasil— facilita recorridos relativamente cortos entre distintos atractivos turísticos.
También aparece un elemento cada vez más valorado por muchos viajeros: la sensación de seguridad y tranquilidad urbana. En comparación con otras grandes ciudades costeras brasileñas, Aracaju suele ser mencionada por turistas nacionales e internacionales como un destino más amable para caminar y disfrutar sin apuro.
Una invitación abierta
La presencia de la Secretaría de Turismo de Aracaju en el encuentro de FEBTUR formó parte de una estrategia para fortalecer el posicionamiento de la capital sergipana ante periodistas y comunicadores de distintos países.
En ese intercambio surgió la invitación para conocer la ciudad próximamente y descubrir en primera persona aquello que Tia Lu transmitió con pasión y alegría: una capital donde el Nordeste todavía conserva una relación íntima con su cultura, su gente y sus ritmos.
Aracaju no parece una ciudad que quiera impresionar de inmediato. Primero se deja recorrer. Después, lentamente, se queda en la memoria.
El verdadero efecto wow de Porto Seguro no está solo en sus playas
Como un adolescente que vuelve de un recital y guarda la entrada en un cajón, regresé de Porto Seguro con cada una de las cintas en mi muñeca. Muchos me decían: “ya sos grande, sacátelas”. Pero no entendían que no eran simples pulseras. Eran recuerdos vivos. Fragmentos de conversaciones, abrazos, kilómetros, historias y momentos que uno sabe que no vuelven exactamente igual.
Cada cinta tuvo una emoción distinta. Una charla sobre turismo y futuro. Una caminata bajo el calor bahiano. Una entrevista improvisada. Un café mirando el mar. Un intercambio de ideas entre periodistas de distintos lugares. La sensación de descubrir que todavía existen destinos donde la experiencia humana vale más que la velocidad.
Y ahí aparece algo que en marketing turístico se conoce como el “efecto wow”. Ese instante donde un destino deja de ser un lugar para transformarse en memoria emocional. Porto Seguro no se resume en playas o paisajes. Su fuerza está en lo que provoca. En cómo logra que alguien decida conservar una cinta de acceso como si fuera un pequeño tesoro personal.
Porque el turismo real no se mide solo en estadísticas ni en cantidad de visitantes. Se mide en aquello que uno no quiere soltar al volver a casa.
Cada pulsera generada en el encuentro de FEBTUR terminó siendo más que un acceso. Fue una marca silenciosa de experiencias compartidas, de aprendizaje, de identidad y de esa extraña alegría de sentirse, por unos días, nuevamente adolescente.
La comunidad Pataxó mantiene vivas tradiciones, rituales y formas de entender el mundo
En medio de la Mata Atlántica del sur de Bahía, muy cerca de Porto Seguro y Santa Cruz Cabrália, la Reserva Pataxó de Jaqueira se transformó en mucho más que una experiencia turística. Es un territorio de resistencia cultural, reconstrucción identitaria y educación indígena gestionada por la propia comunidad.
Los Pataxó forman parte de uno de los pueblos originarios más antiguos del nordeste brasileño. Su presencia en la región antecede la llegada portuguesa de 1500 y distintas investigaciones históricas señalan que el contacto con los colonizadores alteró profundamente su organización territorial y cultural.
Actualmente viven principalmente en el extremo sur del estado de Bahía y en el norte de Minas Gerais, distribuidos en decenas de aldeas y territorios indígenas reconocidos oficialmente.
El peso de la historia y la resistencia
Uno de los episodios más dolorosos de la historia Pataxó fue el llamado “Fogo de 51”, ocurrido en 1951, cuando una aldea indígena fue atacada e incendiada en un contexto de persecución y disputa territorial. Diversos estudios académicos lo describen como un punto de quiebre que provocó dispersión, miedo y ocultamiento cultural entre muchas familias indígenas.
Durante décadas, numerosos Pataxó dejaron de hablar públicamente su lengua y muchas prácticas tradicionales quedaron invisibilizadas por presión social y estatal. Sin embargo, desde finales del siglo XX comenzó un fuerte movimiento de recuperación cultural, especialmente en torno a la lengua Patxohã, rituales ancestrales y modelos educativos propios.
Cómo nació la Reserva de Jaqueira
La Reserva de Jaqueira surgió a partir de un proceso de reorganización territorial dentro de la Tierra Indígena Coroa Vermelha. Según investigaciones académicas y registros sobre la comunidad, el proyecto tomó fuerza desde 1997 y se consolidó como una iniciativa indígena vinculada a la preservación ambiental y al etnoturismo comunitario.
Hoy el territorio protegido cuenta con unas 827 a 900 hectáreas de Mata Atlántica preservada, dependiendo de la fuente consultada.
La propuesta fue impulsada especialmente por lideresas indígenas y familias Pataxó que entendieron que mostrar su cultura podía convertirse también en una herramienta económica y de fortalecimiento identitario. El turismo comunitario permitió generar ingresos sin abandonar la defensa del territorio y de las tradiciones.
Conversé con una señora Pataxó de 107 años que, con una serenidad difícil de explicar, nos dijo que la vida es naturaleza, paz para todo lo que se hace y respeto entre las personas. Hablaba despacio, sin ansiedad, como si el tiempo tuviera otro valor dentro de la aldea. En un mundo acelerado y lleno de ruido, aquella charla sencilla terminó dejando una sensación profunda: quizá muchas respuestas modernas todavía siguen escondidas en las formas más antiguas de vivir.
Una comunidad organizada con liderazgo propio
La gobernanza de la reserva funciona desde estructuras tradicionales indígenas. Las decisiones comunitarias se articulan alrededor del liderazgo del cacique, referentes culturales, educadores y familias que integran la aldea.
Investigaciones universitarias sobre la Reserva de Jaqueira mencionan la importancia de liderazgos como Nitynawã Pataxó y Syratã Pataxó en los procesos educativos, ambientales y culturales desarrollados dentro de la comunidad.
Además del liderazgo político tradicional, la comunidad trabaja mediante asociaciones vinculadas al turismo comunitario y a proyectos de preservación cultural y ambiental. Distintos estudios definen el modelo como una experiencia de “ecoturismo comunitario indígena”.
La escuela indígena como centro cultural
Uno de los aspectos más relevantes de Jaqueira es su escuela indígena. No se trata solamente de un centro educativo convencional, sino de un espacio de transmisión cultural.
La Escuela Indígena Pataxó de la Reserva de Jaqueira fue inaugurada en 2009 y diversos trabajos académicos analizan cómo combina enseñanza formal con conocimientos tradicionales, educación ambiental y recuperación lingüística.
En la escuela se enseña portugués, pero también Patxohã, la lengua revitalizada por el pueblo Pataxó tras décadas de pérdida cultural. Según reportajes y estudios educativos, las clases integran música, pintura corporal, relatos orales, rituales y conocimientos sobre el bosque.
Investigadores de la Universidad Federal del Sur de Bahía destacan que la educación desarrollada en Jaqueira posee características de educación ambiental crítica y de formación comunitaria basada en la identidad cultural indígena.
Mucho más que turismo
Quien visita la reserva participa de caminatas por la selva, conoce viviendas tradicionales llamadas “kijemes”, presencia el Awê —ritual de canto y danza colectiva— y escucha relatos sobre espiritualidad, caza, plantas medicinales y memoria ancestral.
Pero detrás de cada experiencia existe algo más profundo: la reconstrucción permanente de un pueblo que sobrevivió a siglos de desplazamiento, discriminación y pérdida territorial.
En tiempos donde el turismo muchas veces se consume rápido para las redes sociales, la Reserva Pataxó de Jaqueira recuerda que algunos destinos todavía invitan a detenerse, escuchar y comprender que la identidad también puede ser una forma de resistencia.
Visitar la reserva no debería ser solo una excursión turística. También puede convertirse en una pregunta incómoda:
¿qué estamos perdiendo como humanidad mientras ganamos velocidad?
Porto Seguro guarda playas conocidas en todo Brasil, pero también conserva estos espacios donde el tiempo parece respirar diferente.
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