Cambio climático en Uruguay: preocupa, se siente, pero no está entre las prioridades

Una encuesta nacional muestra que el 61% está muy o bastante preocupado por el cambio climático. Sin embargo, cuando se pregunta espontáneamente por los principales problemas del país, ambiente y eventos climáticos apenas alcanzan el 2%. El estudio aporta datos importantes, pero también presenta aspectos metodológicos que deben considerarse al interpretar sus resultados.

Por Jacobo Malowany

El cambio climático ya no es un asunto ajeno al turismo: está modificando temporadas, destinos, paisajes y decisiones de viaje en todo el mundo, obligando al sector a repensar cómo crecer, adaptarse y proteger aquello que precisamente invita a conocer.

Hay un dato que resume buena parte de la nueva Encuesta de percepción social del impacto y las respuestas al cambio climático en Uruguay: nos preocupa el cambio climático, sentimos algunos de sus efectos, pero cuando aparecen los problemas cotidianos, deja de estar entre nuestras primeras prioridades.

El estudio, coordinado por el Ministerio de Ambiente y realizado por Equipos Consultores, entrevistó telefónicamente a 1.500 personas mayores de 18 años entre el 14 de enero y el 14 de febrero de 2026. Declara un margen máximo de error de ±2,5%, con un nivel de confianza del 95%.

El 61% está preocupado, pero solo el 2% lo menciona como prioridad.

El 61% de los consultados se declara muy o bastante preocupado por el cambio climático. Además, el 71% identifica la actividad humana como su principal causa y casi la mitad considera que afecta mucho o bastante su vida cotidiana.

Sin embargo, cuando la pregunta es espontánea y se consulta cuáles son los principales problemas de Uruguay, solamente 2% menciona ambiente o eventos climáticos entre los dos primeros lugares. Inseguridad y problemas económicos ocupan posiciones mucho más relevantes.

No necesariamente existe una contradicción. Una cosa es reconocer la importancia de un problema cuando nos preguntan específicamente por él y otra es recordarlo cuando debemos elegir qué nos preocupa primero.

Esa diferencia es, a mi entender, uno de los resultados más interesantes del estudio.

Del cambio climático a las guerras

También cambió la percepción de las amenazas mundiales.

En 2021, el cambio climático era considerado la principal amenaza para las próximas décadas por el 36%. En 2026 cae al 23%. En sentido contrario, las guerras pasan del 7% al 31%.

Esto no significa necesariamente que el cambio climático haya dejado de preocupar. Puede indicar que otras amenazas entraron con mucha más fuerza en la agenda de las personas.

Y el propio informe pide cautela: la encuesta de 2021 se realizó durante la pandemia, mientras la de 2026 se desarrolló en un contexto de fuerte inestabilidad geopolítica. También hubo modificaciones metodológicas y cambios en algunas preguntas.

Lo vivimos aunque no lo pongamos primero.

Los acontecimientos climáticos aparecen, en cambio, muy cerca de la experiencia de los uruguayos.

El 70% declara haber experimentado olas de calor en los últimos cuatro años; 53%, sequías; 43%, olas de frío; 41%, vientos fuertes o tornados; 24%, incendios forestales, y 21%, inundaciones o crecidas.

Para el turismo este capítulo resulta particularmente relevante. Clima y turismo ya no pueden analizarse por separado.

Una sequía afecta el agua y la producción; las temperaturas extremas modifican actividades; los incendios comprometen territorios naturales y las inundaciones afectan infraestructura, accesibilidad y destinos.

Un dato metodológico que merece explicación

La encuesta trabajó con 1.500 personas mayores de 18 años, mediante una muestra probabilística y posteriormente ponderada por sexo, edad, región y nivel educativo de acuerdo con el Censo 2023. El informe señala una tasa mínima de respuesta del 8,7%, calculada según el criterio más conservador de AAPOR.

Sobre este punto, María Fernanda Souza, directora nacional de Cambio Climático, precisó en la red social X y toma Noticias y Destinos que esa tasa debe interpretarse dentro de la metodología utilizada y que precisamente la ponderación busca ajustar la muestra a las características de la población.

Por tanto, el 8,7% no debería presentarse como una debilidad que por sí misma cuestione los resultados, sino como un elemento metodológico que corresponde conocer para interpretar correctamente el alcance de la encuesta.

También es importante corregir otra posible lectura: el 61% de preocupación y el 48% de afectación en la vida cotidiana no se contradicen. Son indicadores diferentes. Uno mide cuánto preocupa el cambio climático y el otro cuánto considera cada persona que afecta concretamente su vida.

La cuestión que sí resulta interesante para nuestro análisis permanece: mientras el 61% expresa preocupación, apenas el 2% menciona espontáneamente el ambiente o los eventos climáticos entre los principales problemas del Uruguay. No es una contradicción estadística, pero sí revela la distancia existente entre reconocer un problema y colocarlo entre las prioridades cotidianas.

 Otra mirada sobre los resultados

Oscar N. Ventura @ONVentura aportó en X otra mirada sobre la encuesta. Advierte que el estudio mide percepción de afectación, no daños objetivos como mortalidad, pérdidas económicas, problemas clínicos o jornadas laborales perdidas.

Según su análisis, mujeres y hombres reportan una exposición similar a eventos climáticos, pero las mujeres atribuyen mayores consecuencias personales, especialmente sobre salud y bienestar. Ventura sostiene que para interpretar esas diferencias deben distinguirse peligro, exposición y vulnerabilidad, y considera que los resultados de la encuesta no permiten concluir por sí solos que las mujeres uruguayas sean objetivamente más afectadas por el cambio climático.

Queda una pregunta periodísticamente válida: ¿las personas que aceptaron responder una encuesta sobre cambio climático piensan igual que la enorme mayoría que no respondió?

El informe proporciona la tasa de respuesta, pero no permite responder esa pregunta.

También hay que tener cuidado con la comparación 2021-2026. Los propios autores reconocen diferencias metodológicas, modificaciones en preguntas y escalas e incluso la incorporación en 2026 de una categoría específica para quienes no creen en el cambio climático.

Por eso los porcentajes deben servir para observar tendencias, no para construir certezas que la propia investigación no pretende ofrecer.

Saber no siempre significa actuar.

Hay otra aparente contradicción.

La ciudadanía aparece como la principal responsable de enfrentar el cambio climático, con 32% de primeras menciones, por delante incluso del Gobierno nacional, con 22%.

Al mismo tiempo, el informe señala que ha crecido la sensación de impotencia y la percepción de que el problema está fuera del control individual.

Ahí encuentro una de las preguntas centrales que deja el estudio: si creemos que somos responsables, pero sentimos que poco podemos hacer, ¿cómo transformamos preocupación en acción?

Mi lectura

Uruguay parece conocer el problema. Lo reconoce, experimenta sus consecuencias y mayoritariamente acepta su origen humano.

Pero conocer, preocuparse y actuar son tres cosas diferentes.

La encuesta tiene valor precisamente porque también deja esas contradicciones a la vista. Y hay una que debería interesarnos especialmente desde los territorios y el turismo: el cambio climático puede no estar entre nuestras primeras preocupaciones, pero sus consecuencias no necesitan nuestra opinión para llegar a nuestras playas, ciudades, campos y destinos.

Fuentes

  • Ministerio de Ambiente – Dirección Nacional de Cambio Climático (DINACC). Encuesta de percepción social del impacto y las respuestas al cambio climático en Uruguay, 2026. Informe Final Cuantitativo y Síntesis Ejecutiva.
  • Equipos Consultores. Estudio nacional realizado entre el 14 de enero y el 14 de febrero de 2026, sobre 1.500 personas mayores de 18 años.
  • Ministerio de Ambiente. Publicación oficial de la encuesta y documentos completos, 14 de septiembre de 2026.
  • Ministerio de Ambiente. Presentación de resultados: El 61% de la población uruguaya manifiesta preocupación por el cambio climático, 17 de septiembre de 2026.
  • Ministerio de Ambiente. Estudio de percepción social de 2021, utilizado como antecedente para la comparación.

Hoy en Noticias y Destinos, Remo Monzeglio, un hacedor y gran impulsor del conocimiento turístico, analiza la transformación de un ícono de Punta del Este: del Conrad a Enjoy y ahora Fasano. Tres nombres, un mismo lugar y una mirada sobre cómo la hotelería puede transformar un destino.

CONRAD - ENJOY - FASANO
Del hotel que nos convocaba al Punta que queremos habitar

Por Remo Monzeglio
Ex Viceministro de Turismo


Hay edificios que no se miden en metros cuadrados. Se miden en lo que le hacen a una ciudad. El Conrad —después Enjoy, ahora camino a Fasano— es uno de esos. Frente a la Mansa, en la Parada 4, lleva casi treinta años diciéndole a Punta del Este quién es.
Yo lo vi nacer como se ven nacer ciertas cosas en hospitalidad: no como un hotel, sino como una decisión. En 1997 Punta todavía era, en el fondo, un verano largo. Marzo llegaba y el balneario se iba apagando. El Conrad hizo lo contrario: encendió la luz en invierno. La mirada audaz del Gerente Jorge Serna trajo casino, congresos, shows, brasileños y argentinos un viernes de julio. Formó gente. Dio trabajo antes de dar brillo. Eso, en nuestro oficio, se llama un hotel convocante: no espera a que el destino exista. Lo llama.
Un hotel convocante tiene una gramática simple. El huésped viene. El edificio concentra la noche. La ciudad orbita. El éxito se cuenta en mesas abiertas, salones llenos y temporadas que dejan de ser temporadas. El Conrad fue eso con nombre norteamericano y ambición de Las Vegas en escala del Plata. Quien trabajó ahí —y muchos de los mejores de Maldonado pasaron por esa escuela— sabe que no era solo lujo. Era un imán.
Allí dieron lo mejor de si gente formada en Hoteleria como Graciela Cetrulo, María Luisa García Paullier y Soledad Martínez; en etapas junto a David Goldfein, Vero Massa, Silvina Luna, María Fernández, Marquitos Grolero entre muchos otros que le pusieron alma y vida.
Después vino Enjoy. Los chilenos no inventaron otro Punta: bajo la mano de un excelente ejecutivo como Ignacio Sarmiento primero y Diego Berna’, nuestro querido ex alumno del ITHU después, profesionalizaron el que ya estaba. Más norma, más sistema, más máquina de entretenimiento. OVO, playa, casino, las mismas llaves. El edificio siguió convocando con Javi Azcurra en presencia mediática permanente. Lo que se fue diluyendo fue otra cosa, más fina: el relato. Conrad era linaje hotelero. Enjoy era marca de operador. Eficiente, sí. Inevitable, cada vez menos. Cuando un ícono se ofrece dos años en el mercado, el problema ya no es la ocupación de enero. Es que la época se le adelantó.
Ahora llega Fasano, de la mano de JHSF, y aquí es donde a mí me interesa el asunto. No como nota de real estate. Como hospitalidad.
Porque Fasano no está comprando, si se entiende bien, un casino con habitaciones. Está comprando la esquina simbólica de Punta para hacer otra pregunta. Ya no: ¿cuánta gente convoco esta noche? Sino: ¿quién quiere vivir esto, volver en agosto, comprar, comer, quedarse?
Eso es el salto. Del hotel que convoca al epicentro de un movimiento.
El movimiento puntaesteño de esta década no es el de las crónicas de los 90. No es solo el jet que baja a jugar y se va el domingo. Es un modo de habitar: residencias con nombre, gastronomía que no pide disculpas, retail que antes había que ir a buscar a São Paulo o a Miami, un casino que tiene que volverse rito y no ruido. Las Piedras —el Fasano de La Barra, campo, piedra, silencio— ensayó esa vida hacia adentro. Península la trae al centro, a la postal, a la Mansa.
Dos Fasano no se pisan. Uno es el Punta que se esconde. El otro es el Punta que se muestra. Un destino maduro necesita los dos.
Yo, que vengo de alguna experiencia en abrir hoteles y de mirar destinos, veo el riesgo con la misma claridad que veo la oportunidad. El riesgo es cambiar el cartel y no cambiar la función: mall de lujo, torres, marcas, y adentro la misma lógica de volumen. El riesgo es importar estándar y olvidar el oficio que este predio formó. El riesgo es que un ecosistema se cierre sobre sí mismo y deje de derramar sobre la ciudad que lo sostiene.
La oportunidad es otra. Es entender que la cama ya no alcanza. Que el arte de la hospitalidad, en esa manzana, consiste en decidir qué ciudad se construye alrededor de una recepción. Si Península abre el boardwalk a la arena, si el shopping es plaza y no compound, si el casino se reedita en vez de negarse o repetirse, si se hereda a la gente que sabe recibir y no solo se trae el manual, entonces Punta gana una tercera vida.
Conrad nos convocó.
Enjoy nos sostuvo.
Fasano tiene que hacernos habitar.
Tres nombres. El mismo predio. Una sola pregunta que a los hoteleros nos persigue desde siempre: el huésped, ¿viene… o se queda?
Desde mi balcón, como nuevo vecino de la zona, iré descifrando las respuestas. Si se queda, el movimiento puntaesteño deja de ser una temporada. Pasa a ser una geografía. Y ese edificio, por fin, deja de ser el lugar al que se iba a Punta y se convierte en el lugar desde el cual Punta se vive.

Fuentes: Remo Monzeglio; información institucional de Enjoy Punta del Este; Grupo Fasano; JHSF; antecedentes de prensa sobre Conrad Punta del Este y la operación de adquisición del complejo.

Después de 15 años, Montevideo, Canelones y San José vuelven a planificar juntos. La revisión no habla solamente de territorio: puede definir cómo nos movemos, qué paisajes conservamos y qué nuevos circuitos turísticos podrán desarrollarse.

Ambiente, movilidad, espacios verdes y ruralidad aparecen como ejes de un proceso que puede tener efectos directos sobre el turismo, la recreación y la construcción de nuevos circuitos entre los tres departamentos.

Cuando pensamos en turismo, solemos hablar de hoteles, playas, bodegas, gastronomía, vuelos o eventos. Sin embargo, mucho antes de que un visitante llegue a un destino, existen decisiones que condicionan su experiencia: cómo se accede, qué paisajes se conservan, dónde se puede construir, cómo se conectan las localidades y qué sucede con los espacios rurales que rodean las ciudades.

Por eso, la revisión de las Estrategias Regionales de Ordenamiento Territorial y Desarrollo Sostenible del Área Metropolitana, iniciada por el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (MVOT), tiene una dimensión turística que merece ser observada.

Quince años después de la aprobación de las estrategias vigentes, Montevideo, Canelones y San José vuelven a mirar conjuntamente un territorio que cambió profundamente.

La Dirección Nacional de Ordenamiento Territorial (DINOT), junto con técnicos de las tres intendencias, el Ministerio de Ambiente y otros organismos nacionales, comenzó un proceso que tendrá cuatro grandes ejes: infraestructuras verdes, movilidad, ruralidades metropolitanas y gobernanza.

Los cuatro tienen relación directa o indirecta con el turismo.

Un visitante que no reconoce límites departamentales

Uno de los conceptos más interesantes planteados por la directora de DINOT, Paola Florio, es que las grandes infraestructuras verdes constituyen continuidades territoriales que no reconocen las fronteras administrativas.

El turismo tampoco las reconoce.

Quien sale de Montevideo rumbo a una bodega de Canelones, continúa hacia un establecimiento rural, visita una feria, recorre un parque o llega hasta San José no necesariamente piensa dónde termina un departamento y comienza otro. Percibe un recorrido.

Esa mirada puede ayudar a pasar de la promoción de atractivos aislados a la construcción de corredores turísticos metropolitanos.

El Área Metropolitana reúne una combinación poco habitual en distancias relativamente cortas: costa, humedales, cursos de agua, parques, viñedos, bodegas, producción rural, patrimonio, gastronomía, ciudades y pequeños centros poblados.

Planificados como una red, esos recursos pueden generar productos capaces de complementar la oferta tradicional de Montevideo y ampliar la circulación turística hacia Canelones y San José.

Movilidad: el mapa turístico también depende de cómo llegamos

La movilidad será otro de los grandes asuntos de la revisión.

Para el turismo es decisiva.

Un atractivo puede tener enorme valor cultural, natural o gastronómico, pero si llegar resulta complicado, si falta transporte público, señalización, infraestructura ciclista o conexión entre localidades, su capacidad para recibir visitantes disminuye.

La planificación metropolitana abre, por tanto, una discusión que debería incorporar también la movilidad turística.

No todo visitante dispone de automóvil. Pensar conexiones entre estaciones, terminales, playas, parques, bodegas, establecimientos rurales y centros históricos permitiría ampliar el acceso y distribuir mejor los flujos.

Aquí aparece además una oportunidad para desarrollar cicloturismo, senderismo y recorridos de baja velocidad vinculados al paisaje, siempre que exista infraestructura segura.

La ruralidad puede convertirse en protagonista

Quizás uno de los puntos de mayor interés para Canelones y San José sea que las nuevas estrategias incorporarán específicamente las ruralidades metropolitanas.

Durante décadas, el crecimiento urbano observó muchas veces al suelo rural como reserva para futuras expansiones. Sin embargo, ese territorio produce alimentos, conserva paisajes, sostiene formas de vida y contiene patrimonio e identidad.

También puede producir experiencias turísticas.

Enoturismo, turismo rural, gastronomía de origen, visitas a productores, fiestas tradicionales, caminos rurales y experiencias vinculadas a la producción encuentran allí un escenario natural.

Preservar la ruralidad no significa inmovilizarla. Significa evitar que el crecimiento urbano destruya precisamente aquello que puede diferenciar al territorio.

Los espacios verdes también son infraestructura turística

El primer taller del proceso está dedicado a identificar parques, espacios naturales públicos y áreas de interés para la conservación, además de conflictos y amenazas ambientales.

Ese mapa puede tener una segunda lectura: también puede convertirse en un mapa de recreación y turismo de naturaleza.

Los espacios verdes metropolitanos cumplen funciones ambientales, pero además generan lugares para caminar, observar aves, practicar deportes, pedalear, realizar actividades educativas o simplemente pasar unas horas fuera de la ciudad.

Después de años en los que el turismo de naturaleza y las actividades al aire libre ganaron protagonismo, proteger esos espacios también significa proteger activos que pueden formar parte de la oferta turística futura.

Tres departamentos, un territorio turístico posible

El desafío estará en la gobernanza.

Montevideo, Canelones y San José tienen administraciones, presupuestos y estrategias turísticas diferentes. El visitante, en cambio, puede atravesar los tres territorios durante una misma jornada.

La revisión que comienza el MVOT abre una posibilidad interesante: incorporar esa lógica a la planificación.

No significa crear una nueva marca turística ni borrar las identidades departamentales. Significa reconocer que existen problemas y oportunidades que funcionan mejor cuando se gestionan en conjunto.

Un corredor verde, una ruta cicloturística, un circuito de bodegas y productores, una conexión de transporte o un sistema común de señalización difícilmente alcance todo su potencial si termina en una frontera administrativa.

Ordenar hoy el destino que tendremos mañana

El ordenamiento territorial suele parecer un asunto técnico y lejano para quien trabaja en turismo. No debería serlo.

Las decisiones que se adopten sobre movilidad, expansión urbana, conservación ambiental y suelo rural determinarán buena parte del paisaje metropolitano de las próximas décadas.

Y el paisaje también es economía.

Un viñedo que desaparece bajo una urbanización, un humedal degradado, un camino rural transformado sin planificación o un parque desconectado del transporte representan pérdidas ambientales, pero también pueden significar experiencias turísticas que nunca llegarán a desarrollarse.

Después de 15 años, la revisión metropolitana permite volver a preguntarnos qué territorio queremos construir.

Para el turismo, la respuesta importa especialmente: antes de promocionar un destino, hay que conservar, conectar y ordenar aquello que algún día invitaremos a conocer.

Fuentes

 
 
 
 

La ciudad que queremos vivir también será la ciudad que otros querrán visitar

Urbemarketing, accesibilidad, envejecimiento, movilidad y calidad de vida vuelven a encontrarse en una discusión que Uruguay necesita profundizar. Veinte años después de plantear que una ciudad debía generar identidad, pasión y pertenencia, el desafío es mayor: construir territorios capaces de responder a las personas que los habitan y, desde allí, ser atractivos para quienes los visitan, trabajan o invierten. Atlántida ofrece un buen territorio para llevar estas ideas a la realidad.

Hace aproximadamente veinte años, cuando presentábamos el concepto de Urbemarketing en los congresos internacionales de marketing de ciudades, sostenía una definición que todavía utilizo:

“El arte de desarrollar actividades que generen continuamente una pasión y pertenencia a la ciudad de todos los habitantes, visitantes y empresas constituidas en sus territorios.”

Ver  la ponencia aquí

También hablábamos de adrenalina. De esa energía que una ciudad es capaz de provocar cuando consigue que sus habitantes se identifiquen con ella y que quienes llegan quieran regresar.

Era una época en la que el marketing de ciudades comenzaba a ocupar espacio en las agendas públicas. Muchas ciudades buscaban una marca, un eslogan, un logotipo o una campaña que las diferenciara.

Mi planteo iba por otro camino.

Una ciudad no comienza a construirse desde su comunicación. Comienza desde la experiencia de quienes la viven.

Urbemarketing 2026:
Identidad → calidad de vida → accesibilidad → inclusión → experiencia cotidiana → pertenencia → orgullo → atracción → inversión → turismo.

Eso cambia bastante la conversación.

Una ciudad no consigue una marca fuerte porque diseñe un logotipo o haga una campaña turística. La marca aparece como consecuencia de lo que sucede en la calle.

Una vereda por la que puede desplazarse una persona mayor es marketing de ciudad. Un niño que puede llegar caminando a la escuela también. Un transporte que conecta barrios, un comercio accesible, una rambla disfrutable, iluminación adecuada, espacios públicos seguros, saneamiento, árboles, cultura, gastronomía y oportunidades laborales también construyen marca.

Porque quizá hoy podríamos darle una interpretación más amplia. No es solamente la excitación que provoca una ciudad atractiva. Es esa energía difícil de medir que hace que alguien diga:

“Quiero vivir acá.”
“Quiero volver.”
“Quiero instalar mi empresa acá.”
“Quiero estudiar acá.”
“Quiero visitar esta ciudad.”
“Esta ciudad también es mía.”

Eso es mucho más profundo que promoción turística.

Dos décadas después, esa discusión adquiere una dimensión todavía mayor.

Una ciudad se promociona todos los días, aunque no haga publicidad

Este miércoles 26 de agosto, el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (MVOT), a través de la Dirección Nacional de Ordenamiento Territorial y su Unidad Especializada de Género, junto con el Instituto Nacional de las Mujeres, propone discutir cómo incorporar nuevas miradas a la planificación territorial.

La directora de la Dinot, Paola Florio, planteó algunos asuntos que deberían interesarnos mucho más allá del encuentro: accesibilidad, movilidad, cuidados, envejecimiento de la población, proximidad de los servicios, vulnerabilidad, cambio climático y calidad de los espacios públicos.

Hay una frase que sintetiza buena parte del desafío: pensar ciudades “liberadas, equitativas y accesibles”.

Hace veinte años hablábamos de generar pasión y pertenencia hacia una ciudad. Hoy debemos agregar una condición: nadie puede sentir pertenencia por una ciudad que lo excluye de su vida cotidiana.

Esto tiene mucho que ver con el Urbemarketing.

Porque antes de preguntarnos cómo promocionamos una ciudad deberíamos preguntarnos cómo se vive en ella.

Una vereda rota también comunica.

Una parada de transporte sin protección comunica.

Una plaza cuidada comunica.

Una rambla accesible comunica.

Una calle arbolada comunica.

Un comercio que permanece abierto durante todo el año comunica.

Un centro cultural activo comunica.

Una ciudad limpia comunica.

Un vecino orgulloso de explicar dónde vive probablemente sea uno de los mejores promotores turísticos que podamos conseguir.

No necesitamos pagarle una campaña. Necesitamos darle razones para sentir ese orgullo.

El habitante es el primer cliente de la ciudad

Durante años el marketing turístico concentró buena parte de sus esfuerzos en atraer visitantes. Es comprensible: necesitamos turismo, inversión, consumo y empleo.

Pero existe un error cuando pensamos primero en quien llegará y después en quien ya está.

El primer usuario de una ciudad es su habitante.

Si una ciudad funciona para quienes viven allí, comienza a reunir condiciones para funcionar también para el visitante.

Esto cobra todavía mayor importancia frente al envejecimiento de nuestra población.

Las ciudades que diseñamos durante el siglo XX estuvieron fuertemente condicionadas por el automóvil. Las próximas décadas exigirán incorporar otras prioridades: peatones, personas mayores, niños, personas con discapacidad, transporte colectivo, bicicletas, cercanía de servicios y espacios públicos capaces de generar convivencia.

No estamos hablando solamente de urbanismo.

Estamos hablando de competitividad.

El tiempo también es calidad de vida

El planteo del MVOT incorpora otro elemento interesante: la movilidad cotidiana ya no puede analizarse únicamente como el recorrido entre la vivienda y el trabajo.

La vida real es bastante más compleja.

Llevamos niños al centro educativo, trabajamos, hacemos compras, acompañamos a familiares, vamos al médico, realizamos trámites, estudiamos, practicamos deporte y buscamos momentos de ocio.

Cada desplazamiento tiene un costo.

Dinero, pero también tiempo.

Y quizás debamos comenzar a considerar el tiempo perdido por los ciudadanos como uno de los indicadores de calidad urbana.

Una ciudad que obliga a invertir horas para resolver necesidades básicas pierde competitividad aunque tenga hermosos folletos turísticos.

Por el contrario, la proximidad puede transformarse en uno de los grandes valores urbanos de las próximas décadas.

Atlántida puede convertirse en un laboratorio

Hace pocos días escribimos sobre los objetivos planteados por la nueva conducción de la Liga de Fomento de Atlántida bajo una idea particularmente interesante: Atlántida Próspera.

Entre las prioridades aparecen temas concretos: avanzar hacia el saneamiento total, impulsar mejores condiciones de movilidad, generar oportunidades de empleo, fortalecer la cultura, mejorar los espacios públicos, trabajar sobre la transparencia de la gestión y volver a colocar sobre la mesa proyectos estratégicos para el desarrollo de la ciudad.

Mirados individualmente parecen asuntos diferentes.

Desde el Urbemarketing forman parte de una misma construcción.

El saneamiento no es solamente infraestructura.

La movilidad no es solamente transporte.

La cultura no es solamente programación de espectáculos.

El comercio no es solamente actividad económica.

La accesibilidad no es solamente una obligación normativa.

Todo construye percepción de ciudad.

Atlántida tiene además una característica que la convierte en un caso particularmente interesante.

No es solamente un balneario.

Es residencia permanente, comercio, servicios, educación, gastronomía, cultura, patrimonio, naturaleza y turismo. Tiene la obra de Eladio Dieste reconocida por UNESCO, El Águila, playas, arquitectura, historia y una identidad construida durante más de un siglo.

Pero también tiene problemas cotidianos.

Y reconocerlos no perjudica su marca.

Lo que perjudicaría su futuro sería ignorarlos.

¿Qué Atlántida queremos dentro de veinte años?

Esta podría ser una buena oportunidad para recuperar una herramienta sencilla del marketing: hacer preguntas.

¿Podrá una persona de 80 años caminar cómodamente por Atlántida?

¿Podrá desplazarse alguien en silla de ruedas?

¿Podrán los niños llegar con seguridad a sus actividades?

¿Tendremos transporte adecuado entre los diferentes sectores de la ciudad?

¿El saneamiento alcanzará a todo el territorio?

¿Habrá empleo suficiente para que los jóvenes puedan quedarse?

¿El centro comercial mantendrá actividad durante los doce meses?

¿Nuestros espacios públicos invitarán a encontrarnos?

¿La ciudad estará preparada para temperaturas más altas y fenómenos climáticos más intensos?

¿Podremos crecer sin perder aquello que hizo diferente a Atlántida?

Y agregaría una pregunta esencial desde el Urbemarketing:

¿Sentirán sus habitantes orgullo de vivir allí?

Porque cuando esa respuesta es afirmativa ocurre algo extraordinariamente poderoso para cualquier estrategia territorial.

El ciudadano comienza a recomendar su propia ciudad.

De la marca ciudad a la experiencia ciudad

Quizás esta sea una de las principales evoluciones que debemos introducir en el marketing territorial.

Durante demasiado tiempo hablamos de marca ciudad.

Prefiero comenzar a hablar de experiencia ciudad.

La marca puede diseñarse.

La experiencia tiene que construirse.

Y esa experiencia sucede cuando una persona sale de su casa, camina por una vereda, toma un ómnibus, encuentra un comercio, lleva a su hijo a estudiar, visita una plaza, trabaja, va a la playa o simplemente conversa con sus vecinos.

El turista vive exactamente esos mismos espacios durante algunas horas o algunos días.

Por eso turismo y calidad de vida no deberían transitar caminos separados.

Una ciudad buena para vivir tiene muchas posibilidades de convertirse también en una buena ciudad para visitar.

Veinte años después

Cuando hace dos décadas hablábamos de Urbemarketing, proponíamos generar identidad, satisfacción, innovación, integración, pasión y pertenencia.

No eliminaría ninguna de aquellas palabras.

Pero hoy incorporaría algunas más: accesibilidad, proximidad, sostenibilidad, cuidados, convivencia y calidad de vida.

La esencia permanece.

El Urbemarketing nunca debería consistir en vender una ciudad que no existe.

Debe contribuir a construir una ciudad que sus habitantes quieran defender, mejorar y compartir.

Por eso la discusión que propone el MVOT merece trascender el ámbito técnico del ordenamiento territorial.

Estamos decidiendo cómo queremos vivir.

Y también estamos definiendo qué ciudades ofrecerá Uruguay dentro de veinte o treinta años.

Cuando un visitante llega a una ciudad, probablemente no conozca su plan de ordenamiento territorial. Tampoco sabe cuánto costó su campaña de promoción.

Camina.

Observa.

Come.

Pregunta.

Se mueve.

Conversa.

Y finalmente siente algo.

Hace veinte años llamábamos a eso adrenalina, pasión y pertenencia.

Hoy sabemos que para conseguirlas primero tenemos que construir una ciudad que permita vivirlas.

 

Noche de la Nostalgia: cuando Uruguay convirtió los recuerdos en una experiencia colectiva

Cada 24 de agosto, miles de uruguayos viajan, reservan hoteles, llenan restaurantes y salen a bailar mientras el país se prepara para conmemorar la Declaratoria de la Independencia. Una idea nacida en la radio terminó convirtiéndose en un fenómeno social, emocional y turístico. ¿Por qué la nostalgia consigue movilizarnos tanto?

Esta noche, miles de uruguayos van a salir a bailar. Otros organizarán una cena, se encontrarán con amigos, escucharán aquellas canciones que creían olvidadas o simplemente dejarán que una melodía los transporte durante unos minutos hacia otro momento de sus vidas.

Mañana, 25 de agosto, Uruguay conmemora la Declaratoria de la Independencia. Florida ocupa un lugar central en esa memoria histórica. Sin embargo, para una parte importante de la sociedad, el gran acontecimiento popular ocurre unas horas antes.

La Noche de la Nostalgia se ha convertido, en los hechos, en una de las noches de mayor movilización del año.

Y eso merece una reflexión.

Porque detrás de las fiestas, las discotecas llenas, los hoteles, restaurantes, bares, salones y propuestas turísticas hay algo bastante más profundo que salir a bailar.

Hay memoria.

Dos maneras muy diferentes de recordar

El 25 de agosto nos propone una memoria colectiva.

Nos recuerda un acontecimiento histórico, la Declaratoria de la Independencia de 1825, vinculada a Florida y a la construcción política de nuestro país.

La noche anterior nos lleva hacia otra clase de memoria.

Una canción puede devolvernos un amor, un verano, un viaje, una persona que ya no está, el primer baile, un grupo de amigos o aquella época en la que creíamos que teníamos todo el tiempo del mundo.

Una memoria pertenece a la historia del país.

La otra pertenece a nuestra propia historia.

Y las dos conviven durante estas horas.

Quizás allí se encuentre una de las particularidades más interesantes del 24 y 25 de agosto en Uruguay.

Uruguay sale a bailar el 24 y recuerda su Independencia el 25. ¿Cómo una idea nacida en la radio consiguió transformar la víspera de un feriado nacional en una de las noches más movilizadoras del país?

Una idea nacida en la radio que terminó movilizando un país

La Noche de la Nostalgia no nació de una estrategia turística ni de una campaña institucional.

Nació de una idea vinculada a la radio.

En 1978, Pablo Lecueder impulsó una fiesta asociada a los “old hits”, aprovechando la víspera del feriado del 25 de agosto. Aquella propuesta fue creciendo hasta transformarse en una tradición uruguaya.

Lo extraordinario es observar lo que ocurrió después.

Una idea relativamente sencilla consiguió atravesar generaciones, multiplicarse por todo el territorio y construir una identidad propia.

Hoy encontramos fiestas de la nostalgia prácticamente en cada departamento, además de cenas temáticas, espectáculos, paquetes hoteleros, fiestas privadas y encuentros familiares.

Desde la mirada del marketing, resulta un caso formidable: un concepto consiguió apropiarse emocionalmente de una fecha.

Pero desde el turismo hay todavía mucho más para observar.

La nostalgia también hace viajar

¿Por qué volvemos a determinados lugares?

No siempre viajamos buscando algo nuevo.

A veces viajamos precisamente buscando algo conocido.

Volvemos a una playa donde pasamos nuestra infancia. A un restaurante que frecuentábamos con nuestros padres. A una ciudad donde vivimos una historia importante. A un hotel de aquellas vacaciones inolvidables.

Incluso podemos recorrer cientos de kilómetros para escuchar nuevamente a un artista que marcó nuestra juventud.

Eso también es turismo.

La memoria construye destinos emocionales.

Un territorio no está compuesto únicamente por atractivos, infraestructura, hoteles o paisajes. También está formado por recuerdos.

Y cuando un lugar consigue formar parte de la memoria afectiva de una persona, adquiere un valor difícil de medir solamente en dinero.

¿Recordar nos impulsa o nos ancla?

Aquí aparece una pregunta que vale más allá de esta noche.

¿La nostalgia nos hace bien o puede dejarnos demasiado aferrados al pasado?

Probablemente dependa de qué hagamos con ella.

Podemos recordar pensando que todo tiempo pasado fue mejor. Esa nostalgia puede inmovilizarnos.

Pero podemos hacer algo diferente.

Recordar para reconocer de dónde venimos.

Recordar para recuperar vínculos.

Recordar para preservar lugares.

Recordar para transmitir historias.

Y después continuar.

Porque regresar a un sitio querido nunca significa encontrar exactamente aquello que dejamos. Cambió el lugar y también cambiamos nosotros.

Esa diferencia permite crear una nueva experiencia.

Un enorme producto turístico que Uruguay creó casi sin proponérselo

La Noche de la Nostalgia genera desplazamientos, alojamiento, gastronomía, transporte, espectáculos, trabajo y consumo.

Miles de personas deciden dónde pasar la noche, con quién hacerlo, qué escuchar, dónde cenar y, en muchos casos, dónde quedarse.

Eso convierte a la fecha en un verdadero fenómeno turístico y económico.

Pero también abre una oportunidad.

Uruguay podría mirar la Nostalgia no solamente como una gran noche de fiestas, sino como un producto turístico cultural con identidad propia.

Cada territorio posee historias musicales, antiguos salones de baile, hoteles históricos, personajes, gastronomía, fotografías y relatos capaces de enriquecer esa experiencia.

Florida, además, reúne una circunstancia singular: mientras el país celebra emocionalmente la nostalgia, allí permanece una parte fundamental de la memoria histórica vinculada al 25 de agosto.

Dos memorias diferentes separadas apenas por unas horas.

¿Cuál es entonces el verdadero feriado?

Sería injusto enfrentar una celebración con la otra.

Pero también sería ingenuo no observar lo que sucede socialmente.

Para muchísimas personas, la noche del 24 se vive hoy con mayor intensidad que buena parte de la jornada del 25.

La celebración popular terminó construyendo su propio ritual.

Nos vestimos para ella. Organizamos encuentros. Elegimos música. Viajamos. Reservamos mesas y hoteles. Nos reencontramos.

Tal vez esto también diga algo sobre nuestra época.

Los acontecimientos históricos construyen identidad colectiva, pero las experiencias personales construyen vínculos emocionales.

Y los seres humanos necesitamos ambos.

Necesitamos conocer la historia que explica de dónde venimos, pero también necesitamos esas pequeñas historias que explican quiénes somos.

Esta noche vamos a crear nuevos recuerdos

Hay además una paradoja maravillosa.

Esta noche saldremos a buscar canciones y recuerdos del pasado, pero mientras lo hacemos estaremos creando recuerdos nuevos.

Una conversación.

Un abrazo.

Una fotografía.

Un baile que no estaba previsto.

Un viaje.

Un encuentro.

Quizás dentro de diez o veinte años alguna canción que escuchemos hoy vuelva a sonar y nos transporte exactamente a esta noche.

Eso es la nostalgia.

No vivir permanentemente mirando hacia atrás, sino descubrir que algunos momentos fueron suficientemente importantes como para permanecer con nosotros.

Y allí el turismo tiene una enorme oportunidad: ayudarnos a descubrir lugares, personas y experiencias capaces de convertirse en recuerdos.

Mañana recordaremos una parte fundamental de la historia de Uruguay.

Esta noche recordaremos fragmentos de nuestras propias historias.

Y mientras bailemos aquellas canciones que alguna vez nos emocionaron, estaremos haciendo algo inevitablemente humano:

crear los recuerdos que algún día volveremos a buscar.


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