¿Por qué algunas empresas y profesionales encuentran oportunidades que otros dejan pasar?
Entre las conversaciones en la FIT y el conversatorio sobre turismo de lujo, me quedó una inquietud: ¿cuánto hay de suerte y cuánto de preparación en las oportunidades que aparecen? Esa pregunta me llevó a buscar lecturas e investigaciones para escribir esta nota y pensar cómo construimos nuevas posibilidades en el turismo.
Turismo: las oportunidades también se construyen
Participar, mostrar lo que hacemos y ampliar nuestros vínculos puede abrir nuevas posibilidades de negocio. Un manual sobre la suerte invita a revisar cuánto dejamos al azar y qué podemos hacer para encontrar oportunidades en el turismo.
Por Jacobo Malowany
En una feria de turismo, una conversación puede comenzar con un saludo y terminar en una propuesta comercial. También puede quedar en una tarjeta guardada, sin que nadie vuelva a comunicarse. Entre ambas situaciones hay decisiones: escuchar, identificar un interés común, presentar una propuesta y darle seguimiento.
Cuando un encuentro produce resultados, solemos decir que hubo suerte. Pero esa explicación deja afuera buena parte del trabajo que permitió aprovecharlo.
El documento The Luck Field Manual, difundido por PolymathInvestor.com, reúne 33 recomendaciones para aumentar el contacto con oportunidades. Propone actuar, comunicar lo que hacemos, conocer personas fuera de nuestro círculo habitual y conservar capacidad para cambiar de rumbo. Su lectura permite trasladar una pregunta al sector turístico: ¿estamos generando las condiciones para que aparezcan nuevas posibilidades?
Hacer y hacerse visible
Una de las referencias del manual es el emprendedor Jason Roberts, quien desarrolló el concepto de «superficie de la suerte». Su planteo relaciona dos acciones: trabajar en algo que sabemos hacer y comunicarlo a otras personas. Es una metáfora sobre cómo ampliar oportunidades, no una fórmula científica que permita calcular el éxito. (codusoperandi.com)
Aplicado al turismo, tiene una consecuencia concreta. Una bodega puede ofrecer una excelente visita, un alojamiento brindar atención cuidada y un guía conocer historias que enriquecen un recorrido. Para que esa calidad genere nuevas consultas, alguien debe poder descubrirla, comprenderla y encontrar cómo contratarla.
Comunicar exige más que publicar una fotografía. Supone explicar qué experiencia se ofrece, para quién resulta interesante, cómo se reserva y qué la distingue. Esa información ayuda al viajero, pero también al agente de viajes, al periodista o a otro prestador que podría recomendarla.
Ampliar la conversación
El manual también destaca los contactos que mantenemos fuera del círculo más cercano. La idea tiene antecedentes en los estudios sobre vínculos débiles: relaciones con conocidos que pueden acercarnos información distinta de la que circula entre nuestros contactos habituales.
Una investigación publicada en Science en 2022 analizó experimentos realizados en LinkedIn y encontró que los vínculos relativamente débiles favorecieron la movilidad laboral, aunque el efecto tuvo límites y varió según el sector. El resultado corresponde al empleo; trasladarlo al turismo es una interpretación, no una conclusión del estudio. (PubMed)
Sin embargo, ofrece una buena pregunta para nuestras organizaciones: ¿conversamos siempre con los mismos?
Un alojamiento que se relaciona con productores rurales, propuestas culturales o guías de naturaleza puede encontrar combinaciones que antes no había considerado. Una asociación turística puede facilitar esos encuentros y ayudar a convertir servicios separados en una experiencia compartida.
El valor de una red se aprecia cuando circula información útil, se cumplen compromisos y aparecen colaboraciones.
Probar, escuchar y corregir
Otra recomendación del documento consiste en experimentar con riesgos acotados. En turismo, podría significar probar una salida temática, organizar una jornada gastronómica o presentar una propuesta conjunta durante un fin de semana.
Estas pruebas permiten conocer la respuesta del público antes de comprometer recursos mayores. Conviene definir qué se quiere aprender: si existe demanda, si el precio resulta adecuado, si el recorrido funciona o si los participantes recomendarían la experiencia.
La cantidad de iniciativas, por sí sola, no asegura resultados. Cada intento necesita calidad, evaluación y una decisión posterior. Si una propuesta no funciona, corresponde revisar sus causas antes de repetirla.
Estar atentos a lo inesperado
El psicólogo Richard Wiseman estudió durante una década a personas que se consideraban afortunadas o desafortunadas. En su síntesis identifica comportamientos relacionados con crear y reconocer oportunidades, abrirse a nuevas experiencias y afrontar los contratiempos. Sus trabajos permiten pensar en el papel de la conducta y la percepción, sin afirmar que podemos controlar el azar. (PROF Richard Wiseman)
Para el turismo, esa mirada invita a escuchar con más atención. Una consulta que se repite puede revelar una necesidad desatendida. Una conversación con un visitante puede aportar información que no aparece en las estadísticas. Un encuentro entre prestadores puede mostrar que existe una propuesta posible, aunque todavía nadie la haya organizado.
Planificar sigue siendo necesario. También lo es disponer de tiempo y recursos para evaluar algo que no estaba previsto.
La oportunidad necesita continuidad
Estas ideas tienen un límite: el esfuerzo no elimina las desigualdades de acceso, los problemas de conectividad ni las condiciones económicas. Tampoco todos los emprendimientos cuentan con los mismos recursos para viajar, promocionarse o experimentar.
Por eso, la cooperación sectorial importa. Compartir información, facilitar contactos y acercar herramientas puede ampliar las posibilidades de quienes trabajan con estructuras pequeñas.
En turismo, una feria puede abrir una puerta. La continuidad depende de lo que hacemos después: responder, enviar una propuesta concreta, cumplir lo acordado y sostener la relación.
La próxima oportunidad quizá comience con una conversación inesperada. Estar preparados para darle continuidad es una tarea que podemos empezar hoy.
Fuentes para consultar
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The Luck Field Manual: 33 Rules for Engineering Serendipity, PolymathInvestor.com, documento utilizado como punto de partida.
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Jason Roberts: How to Increase Your Luck Surface Area.
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Richard Wiseman: Investigaciones sobre suerte y desarrollo personal.
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Rajkumar y colaboradores, Science (2022): A causal test of the strength of weak ties.
Queremos más turistas, pero ¿estamos preparados para recibirlos?
Turismo de masas: queremos más turistas, pero ¿dónde los vamos a poner?
“Uno de los problemas del turismo en este momento es que es lo opuesto a regenerativo. Es extractivo, y esto no puede continuar por mucho más tiempo”.
Darrell Wade, cofundador de Intrepid Travel.
Volví de la FIT con una sensación que todavía me acompaña. Prácticamente todos los destinos quieren más turistas.
Más argentinos, más brasileños, más europeos, más vuelos, más frecuencias, más cruceros. Las aerolíneas necesitan llenar sus aviones, las compañías marítimas sus barcos, los hoteles sus habitaciones y los destinos necesitan generar actividad económica.
Es lógico. El turismo vive de personas que se desplazan.
Pero hay una pregunta que aparece mucho menos en los discursos: ¿cuántos turistas puede recibir realmente un destino sin comenzar a perjudicar aquello que precisamente los atrae?
Y agregaría otra: ¿estamos preparados para alojarlos?
Uruguay todavía está lejos de Barcelona o Venecia
Uruguay todavía está lejos de sufrir el sobreturismo de grandes destinos internacionales. Pero mientras busca más visitantes, vuelos y pasajeros, aparece una pregunta necesaria: ¿crecen al mismo ritmo el alojamiento, la infraestructura y la capacidad de nuestros destinos?
Cuando hablamos de sobreturismo, podemos cometer el error de trasladar automáticamente los problemas de Barcelona, Venecia, Ámsterdam o algunas islas mediterráneas a nuestra realidad.
Uruguay no está allí.
Punta del Este puede saturarse en determinados momentos. Colonia recibe fuertes concentraciones de visitantes. Montevideo puede tener dificultades de disponibilidad cuando coinciden grandes espectáculos, congresos o acontecimientos deportivos. Pero son situaciones puntuales.
En buena parte del país sucede incluso lo contrario: necesitamos más turistas.
El verdadero problema podría estar en cómo estamos preparando el crecimiento que deseamos tener.
Porque aumentar las llegadas sin aumentar simultáneamente la capacidad del destino puede convertirse mañana en nuestro propio problema.
Queremos crecer más rápido de lo que invertimos
Uruguay viene trabajando para mejorar su conectividad aérea, captar mercados, generar eventos, desarrollar nuevos productos y distribuir visitantes por el territorio.
Todo eso es necesario.
Sin embargo, hay una variable que debería formar parte de la misma conversación: la inversión en alojamiento turístico y en infraestructura de los destinos.
No alcanza con conseguir un nuevo vuelo si después determinados lugares tienen dificultades para alojar visitantes. Tampoco alcanza con promocionar una localidad si el crecimiento termina presionando el saneamiento, el tránsito, los residuos, el agua, el estacionamiento o la vida cotidiana de quienes viven allí.
El turismo puede crecer mucho todavía. Precisamente por eso este es el momento de discutirlo.
No cuando tengamos el problema encima.
El apartamento que fue mi hotel en Buenos Aires
Durante mi estadía por la FIT tuve una experiencia que también forma parte de esta discusión.
Me alojé en un apartamento a corta distancia de La Rural de Palermo. Estaba muy bien equipado, tenía comodidades superiores a las que necesitaba y su precio era sensiblemente menor al de muchas alternativas hoteleras.
Como turista, la propuesta era difícil de rechazar.
Y ahí aparece otra cara del turismo contemporáneo.
Una vivienda puede convertirse rápidamente en alojamiento turístico. Para el propietario puede representar una oportunidad económica y para el visitante una alternativa excelente. Pero cuando miles de viviendas recorren ese mismo camino, comienzan a competir con quienes necesitan alquilar para vivir.
Entonces el turismo deja de ser solamente una actividad entre visitantes y empresas turísticas. Entra directamente al mercado de la vivienda.
Ese fenómeno ya obligó a muchas ciudades del mundo a discutir regulaciones para los alquileres turísticos de corta duración.
No se trata simplemente de prohibirlos. Se trata de entender qué efectos producen y encontrar un equilibrio entre el propietario, el turista, la hotelería y, fundamentalmente, el residente.
Quizás estamos midiendo mal

El trabajo de Rotem Mashkov y Noam Shoval que acompaña esta reflexión plantea algo interesante: utilizar datos GPS de alta resolución para medir no solamente cuántos turistas llegan, sino dónde están, durante cuánto tiempo y con qué intensidad utilizan determinados espacios.
Ahí cambia la conversación.
Un destino puede recibir muchos visitantes sin estar saturado y otro puede tener muchos menos, pero concentrados durante pocas horas en apenas unas calles.
Por eso contar llegadas ya no alcanza.
Necesitamos conocer la densidad turística, la distribución territorial, las horas de mayor presión, las pernoctaciones, el gasto, la movilidad y la relación entre visitantes y residentes.
La tecnología hoy permite saber mucho más que cuántas personas cruzaron una frontera.
La contradicción que dejó la FIT
Después de caminar la FIT me quedó una contradicción.
Todos queremos turistas.
Queremos nuevas rutas aéreas. Queremos barcos más grandes. Queremos aumentar las frecuencias. Queremos eventos internacionales. Queremos hoteles llenos. Queremos romper récords.
Y seguramente Uruguay todavía tiene muchísimo margen para crecer.
Pero precisamente porque queremos crecer deberíamos empezar a preguntarnos qué turismo queremos recibir, dónde queremos que se aloje, cuánto queremos que permanezca y cuánto valor queremos que deje en el territorio.
El objetivo no debería ser frenar el turismo.
Debería ser evitar que el éxito de mañana se transforme en el problema de pasado mañana.
Porque tal vez el verdadero récord turístico no sea alcanzar determinado número de visitantes.
Sea lograr que lleguen más, permanezcan más tiempo, gasten mejor, recorran más territorio y que quienes viven en esos destinos sigan queriendo vivir allí.
El turismo ya no puede evitar la incertidumbre, pero puede aprender a gestionarla
Turismo: cuando saber más cambia la decisión de viajar
El otro día me invitaron a un conversatorio sobre inteligencia artificial, sostenibilidad y resiliencia en turismo. Se habló de destinos inteligentes, datos, modelos, anticipación y de cuánto está cambiando la inteligencia artificial nuestra actividad.
Me dejó muchas cosas. Pero sobre todo una pregunta.
¿Qué hacemos los turistas cuando sabemos cada vez más sobre lo que puede ocurrir antes de viajar?
Hace algunos años reservábamos un hotel, mirábamos más o menos el pronóstico y salíamos. Hoy el sistema de decisión es mucho más complejo.
Si tengo reservado un fin de semana y me dicen que existe un 89% de probabilidad de lluvia, tengo dos opciones básicas: voy igual o cambio mis planes.
Si aparece un estudio que advierte sobre la calidad del agua de una playa, puedo decidir si me baño, busco otra playa o directamente cambio mi paseo.
Si voy al Caribe y puedo saber cuánto sargazo probablemente encontraré, esa información también pesa en mi decisión.
Y mañana habrá todavía más datos disponibles.
Ese es, para mí, uno de los cambios importantes que trae la inteligencia artificial al turismo. No porque pueda decirnos exactamente qué va a pasar, sino porque puede ayudarnos a ordenar información, reconocer patrones, anticipar escenarios y decidir mejor.

Saber más no significa conocer el futuro
El encuentro Turismo 2035: Inteligencia Artificial, sostenibilidad y resiliencia, organizado por UTEC, puso precisamente estos temas sobre la mesa.
Marcelo Mautone habló del pasaje del turismo digital hacia un turismo inteligente, sostenible y regenerativo. Lydia Garrido planteó una pregunta provocadora: ¿puede un destino turístico aprender? Luego llegaron el uso de datos y la modelación para comprender impactos complejos y una pregunta todavía más directa: ¿qué está cambiando realmente la IA en turismo?
No salí pensando en robots.
Salí pensando en decisiones.
Porque existe una diferencia enorme entre anticipar y adivinar. Un pronóstico meteorológico, una proyección climática o un modelo generado a partir de miles de datos trabajan con probabilidades. No ofrecen certezas.
Y aprender a convivir con esa diferencia será también parte del turismo que viene.
El Niño nos pone el problema delante
Uruguay tiene ahora un ejemplo concreto.
El Sistema Nacional de Emergencias viene trabajando ante el posible desarrollo de un episodio fuerte de El Niño 2026-2027. La información oficial difundida en agosto señalaba una probabilidad superior al 80% de una fase muy fuerte durante octubre, noviembre y diciembre, aunque también advertía algo fundamental: los impactos concretos dependerán de múltiples factores. (SINAE)
Es decir: sabemos más, podemos prepararnos mejor, pero seguimos hablando de escenarios.
Para un país turístico esto importa mucho.
El ministro de Turismo, Pablo Menoni, ha planteado la posibilidad de establecer diferentes niveles de emergencia turística según el grado de afectación de los destinos y también ha puesto sobre la mesa la necesidad de mayor flexibilidad ante cancelaciones provocadas por situaciones climáticas excepcionales.
Y aquí la discusión se vuelve mucho más interesante.
Si sabemos que determinadas situaciones pueden ocurrir, ¿podemos seguir manejando las reservas exactamente igual que antes?
Un turista que conoce un riesgo importante quizás no reserve si sabe que perderá todo su dinero ante una cancelación. Pero tampoco parece razonable pedirle a un pequeño hotel, restaurante o emprendimiento turístico que cargue solo con las consecuencias.
Habrá que construir nuevas respuestas: reprogramaciones, seguros, políticas de cancelación diferentes o mecanismos de apoyo cuando un destino resulte realmente afectado.
Uruguay ya dio un paso al incorporar legalmente la posibilidad de declarar una Emergencia Turística Nacional frente a acontecimientos extraordinarios que afecten significativamente al sector. (IMPO)
Tal vez no tenga que cancelar
Pero hay otra parte que me interesa todavía más.
Supongamos que reservé una semana en Canelones y el pronóstico indica que mañana será un pésimo día para la playa.
La tecnología podría limitarse a decirme: mañana llueve.
O podría decirme algo mucho más útil.
Mañana no parece un buen día de playa, pero a pocos kilómetros tengo una bodega, un restaurante, un museo, una propuesta cultural, turismo rural o alguna experiencia que ni siquiera conocía.
Entonces la información no cancela el viaje: cambia el viaje.
Ahí aparece para mí el verdadero destino inteligente.
No es solamente acumular datos ni colocar códigos QR. Es utilizar la información para reaccionar, ofrecer alternativas y distribuir mejor al visitante por el territorio.
Y quizás también allí esté una oportunidad para Uruguay. Tenemos playa, pero no somos solamente playa. Tenemos gastronomía, vino, cultura, patrimonio, naturaleza, turismo rural, eventos y pequeñas experiencias que muchas veces el visitante descubre recién cuando alguien se las muestra.
La decisión seguirá siendo humana
Durante mucho tiempo el turismo vendió certezas: cielo azul, agua transparente y vacaciones perfectas.
Hoy el turista lleva en el bolsillo un dispositivo que le permite comprobar casi todo.
Puede mirar el tiempo, comparar precios, conocer la calidad del agua, leer cientos de opiniones, observar una playa en tiempo real y preguntarle a una inteligencia artificial qué alternativas tiene.
Ocultar información ya no parece una estrategia posible. El desafío será utilizarla mejor.
Por eso aquel conversatorio me dejó pensando mucho más allá de la tecnología.
La inteligencia artificial podrá anticipar escenarios, cruzar miles de datos y mostrarnos alternativas que quizás nosotros no habíamos considerado.
Pero finalmente, frente a una pantalla, seguirá estando una persona tomando una decisión:
¿voy igual, cambio mis planes o elijo otro destino?
Quizás el turismo inteligente empiece justamente ahí: no en saber exactamente qué va a pasar, sino en estar mejor preparados para decidir cuando las cosas cambian.
¿Es posible traer muchos más pasajeros a Uruguay y qué tenemos que hacer para conseguirlo?
Más visitantes para Uruguay y que lleguen en avión
Con motivo del desayuno de trabajo que Aeropuertos Uruguay ofreció a la delegación de periodistas y comunicadores de la Federación de Periodistas de Turismo de Brasil, en el marco del encuentro organizado por la Asociación Turística de Canelones, tuve la oportunidad de conocer un poco más sobre la estrategia de conectividad aérea que está impulsando Uruguay. La presencia de comunicadores brasileños también daba sentido a la conversación: conseguir más vuelos importa, pero conseguir que más extranjeros quieran ocupar esos asientos es el verdadero desafío.
A partir de ese encuentro me interesó profundizar en una herramienta que acaba de entrar en escena: el Decreto 219/026, del 9 de septiembre de 2026, que aprobó el Reglamento del Régimen de Incentivo a la Conectividad Aérea Internacional.
No se trata solamente de conseguir nuevas rutas. El Ministerio de Turismo y Aeropuertos Uruguay crearon un fondo conjunto de hasta US$ 2,5 millones anuales para incentivar a las compañías que aumenten la cantidad de turistas extranjeros transportados hacia Uruguay y apoyar nuevas conexiones internacionales.
Y allí aparece la pregunta que vale la pena analizar: ¿es posible traer muchos más pasajeros a Uruguay y qué tenemos que hacer para conseguirlo?
Uruguay acaba de poner en marcha un régimen que premia a las aerolíneas que aumenten la llegada de turistas extranjeros y desarrollen nuevas conexiones internacionales. El fondo podrá alcanzar los US$ 2,5 millones anuales. La medida abre una oportunidad, pero también una pregunta: conseguir más vuelos, ¿alcanza para conseguir más turistas?
Uruguay quiere más pasajeros internacionales y decidió poner dinero detrás de ese objetivo.
El Decreto 219/026, aprobado el 9 de septiembre de 2026, reglamentó el Régimen de Incentivo a la Conectividad Aérea Internacional, previsto originalmente en el artículo 308 de la Ley 20.446 de Presupuesto Nacional. La norma había encomendado al Ministerio de Turismo instrumentar incentivos para empresas nacionales o extranjeras que operaran servicios internacionales regulares y contribuyeran, mediante la venta de pasajes, al aumento del turismo receptivo.
La implementación incorpora además a Aeropuertos Uruguay. El Ministerio de Turismo y el concesionario aeroportuario conformaron un esquema de cofinanciación de hasta US$ 2,5 millones anuales para estimular tanto el crecimiento de pasajeros extranjeros como la incorporación de nuevas rutas internacionales.
La lógica parece sencilla: premiar el crecimiento.
Pero detrás aparece una discusión turística bastante más importante.
Primero: ¿es posible traer más pasajeros?
Sí, aunque disponer del incentivo no significa automáticamente que aparezcan nuevas rutas.
Una compañía aérea decide abrir o aumentar una conexión cuando estima que podrá sostener suficientes pasajeros durante un período razonable. El incentivo puede ayudar a disminuir el riesgo inicial, especialmente durante los primeros meses de una nueva operación, pero no sustituye la demanda.
La propia reglamentación apunta en esa dirección: además de premiar el crecimiento de turistas transportados, contempla apoyos para conexiones internacionales que no hayan tenido operación regular durante los doce meses anteriores. Esas nuevas rutas deberán disponer de frecuencias establecidas y publicadas y mantenerse al menos seis meses consecutivos durante el año.
Esto importa.
Una ruta aérea no se consolida el día en que aterriza el primer avión. Se consolida cuando, meses después, continúa existiendo.
Uruguay tiene además una ventaja regulatoria. Desde 2025 mantiene abiertos los derechos de tráfico —las llamadas libertades del aire— para servicios regulares y no regulares que operen en los aeropuertos integrantes del Sistema Nacional de Aeropuertos Internacionales, respetando los acuerdos internacionales vigentes. Es una señal favorable para facilitar operaciones y atraer compañías.
Por lo tanto, existe infraestructura, existe un régimen más abierto y ahora existe un incentivo económico.
Falta lo más difícil: generar pasajeros.

¿Qué significa realmente traer un pasajero más?
Para el turismo, un pasajero internacional adicional puede significar mucho más que un asiento ocupado.
Si viene por vacaciones y permanece varios días, necesitará alojamiento, alimentación, transporte, actividades, compras y entretenimiento. Su gasto comienza en el aeropuerto pero se distribuye potencialmente entre hoteles, restaurantes, comercios, bodegas, guías, transportistas y atractivos turísticos.
Por eso sería un error medir el éxito de esta política solamente contando vuelos.
Hay que mirar cuántos extranjeros adicionales llegaron, cuánto permanecieron, cuánto gastaron y hacia qué lugares del país se desplazaron.
Un avión lleno de uruguayos viajando al exterior mejora conectividad y tiene otros efectos económicos, pero no produce el mismo resultado para el turismo receptivo que un avión que trae visitantes extranjeros. Y precisamente por eso el régimen fue diseñado alrededor del incremento del turismo extranjero transportado hacia Uruguay.
El problema del asiento vacío
Aquí aparece una realidad que muchas veces queda escondida detrás de los anuncios de nuevas rutas.
Podemos conseguir que una aerolínea vuele a Uruguay.
Otra cosa es conseguir que el extranjero quiera venir.
Una compañía puede recibir un estímulo para comenzar una ruta, pero si seis meses después los aviones no alcanzan una ocupación económicamente sostenible, difícilmente esa conexión tenga futuro.
Por eso, conectividad y promoción turística no deberían caminar por carriles separados.
No alcanza con negociar la ruta. Hay que trabajar el mercado que está en el otro extremo de esa ruta.
Si queremos una conexión con determinada ciudad brasileña, hay que promocionar Uruguay allí.
Si buscamos crecer desde Estados Unidos, debemos identificar qué producto uruguayo puede movilizar a ese consumidor.
Si queremos más europeos, necesitamos entender por qué alguien que dispone de múltiples alternativas para sus vacaciones elegiría cruzar el Atlántico para venir a Uruguay.
El avión resuelve cómo llegar.
El turismo tiene que resolver por qué venir.
Segundo: ¿Cómo conseguirlo?
Ahí comienza la parte más compleja de esta política.
Uruguay debería relacionar cada nueva ruta o frecuencia con una estrategia específica sobre el mercado de origen.
No promocionamos lo mismo a un brasileño de Porto Alegre que puede llegar rápidamente, a un estadounidense que busca Sudamérica o a un europeo que dispone de dos semanas para recorrer la región.
Brasil ofrece posibilidades enormes por cercanía, tamaño y conectividad. Argentina seguirá siendo esencial. Pero crecer significativamente en turismo aéreo exige también ampliar mercados.
La estrategia oficial ya identifica, además de los mercados regionales —especialmente sur de Brasil y oeste argentino—, ciudades y mercados extrarregionales como Miami, Nueva York, Barcelona y Madrid, junto con otros puntos de Europa y Asia.
Eso permite empezar a trabajar con una lógica diferente: ruta + mercado + producto + promoción.
No simplemente ruta.
El aeropuerto puede ser la puerta de todo Uruguay
Existe además una oportunidad territorial.
Un turista que aterriza en Carrasco no necesariamente tiene que quedarse en Montevideo o Punta del Este.
A menos de una hora puede encontrar bodegas, costa, gastronomía, patrimonio y establecimientos rurales de Canelones. En pocas horas puede estar en Colonia, Rocha o Maldonado. Y mediante conexiones terrestres o aéreas puede continuar hacia otros departamentos.
La conectividad aérea debería pensarse entonces como una herramienta nacional y no exclusivamente aeroportuaria.
Cada pasajero nuevo plantea una pregunta: ¿cómo hacemos para que conozca más Uruguay?
Porque distribuir visitantes también significa distribuir gasto.
No todos los pasajeros valen lo mismo para una estrategia turística
Esto tampoco debería interpretarse literalmente en términos económicos individuales.
Para una política turística importa conocer el comportamiento de los diferentes mercados.
Un visitante que permanece diez noches produce un impacto distinto al de quien permanece dos. Uno que recorre tres departamentos distribuye su gasto de manera diferente al que permanece en una sola ciudad. Un turista que visita bodegas, restaurantes, museos o espacios naturales activa cadenas económicas diferentes.
Por eso el objetivo final no debería ser solamente superar un determinado número de llegadas.
Deberíamos preguntarnos qué visitantes queremos captar, en qué épocas del año, cuánto tiempo permanecen y qué partes del territorio pueden beneficiarse.
Más turistas durante febrero pueden ser importantes.
Más turistas durante mayo, junio, agosto u octubre pueden ser estratégicos.
Ahí la conectividad también puede ayudar a combatir uno de los problemas históricos del turismo: la estacionalidad.
US$ 2,5 millones: gasto o inversión
El fondo conjunto podrá alcanzar los US$ 2,5 millones anuales y el régimen tendrá inicialmente un año de vigencia, con posibilidad de prórroga automática hasta un máximo de cuatro años.
La discusión interesante no debería reducirse a si es mucho o poco dinero.
La pregunta debería ser qué retorno produce.
Si el incentivo consigue pasajeros que no hubieran venido, nuevas rutas sostenibles, mayor gasto turístico, más noches de hotel y actividad fuera de temporada, puede convertirse en una inversión con efectos que superen ampliamente su costo.
Pero debería poder medirse.
¿Cuántos pasajeros adicionales?
¿De qué países?
¿En qué meses?
¿Cuántas nuevas rutas sobrevivieron después del período inicial?
Cuánto gastaron esos visitantes y cuánto permanecieron.
Ese seguimiento permitirá saber si estamos pagando simplemente por asientos o construyendo conectividad.
Uruguay ya abrió la puerta. Ahora tiene que generar el viaje
El Decreto 219/026 agrega una herramienta que Uruguay necesitaba: permite intervenir sobre uno de los principales obstáculos que enfrenta un destino pequeño y distante de los grandes mercados emisores.
Pero ninguna norma puede crear por sí sola el deseo de viajar.
La aerolínea necesita razones económicas para volar.
El turista necesita razones para venir.
Y el destino necesita productos para conseguir que permanezca, gaste, recorra y quiera regresar.
Ahí está probablemente el verdadero desafío de esta nueva política.
Conseguir el vuelo es el comienzo. Conseguir que se llene, que permanezca y que después de los incentivos siga volando será la verdadera medida del éxito.
Fuentes:
Ley 20.446 — artículo 308 en IMPO
Ministerio de Turismo — anuncio oficial del régimen
Uruguay XXI — funcionamiento y nuevas rutas
Cambio climático en Uruguay: qué revela la encuesta 2026
Cambio climático en Uruguay: preocupa, se siente, pero no está entre las prioridades
Una encuesta nacional muestra que el 61% está muy o bastante preocupado por el cambio climático. Sin embargo, cuando se pregunta espontáneamente por los principales problemas del país, ambiente y eventos climáticos apenas alcanzan el 2%. El estudio aporta datos importantes, pero también presenta aspectos metodológicos que deben considerarse al interpretar sus resultados.
Por Jacobo Malowany
El cambio climático ya no es un asunto ajeno al turismo: está modificando temporadas, destinos, paisajes y decisiones de viaje en todo el mundo, obligando al sector a repensar cómo crecer, adaptarse y proteger aquello que precisamente invita a conocer.
Hay un dato que resume buena parte de la nueva Encuesta de percepción social del impacto y las respuestas al cambio climático en Uruguay: nos preocupa el cambio climático, sentimos algunos de sus efectos, pero cuando aparecen los problemas cotidianos, deja de estar entre nuestras primeras prioridades.
El estudio, coordinado por el Ministerio de Ambiente y realizado por Equipos Consultores, entrevistó telefónicamente a 1.500 personas mayores de 18 años entre el 14 de enero y el 14 de febrero de 2026. Declara un margen máximo de error de ±2,5%, con un nivel de confianza del 95%.
El 61% está preocupado, pero solo el 2% lo menciona como prioridad.
El 61% de los consultados se declara muy o bastante preocupado por el cambio climático. Además, el 71% identifica la actividad humana como su principal causa y casi la mitad considera que afecta mucho o bastante su vida cotidiana.
Sin embargo, cuando la pregunta es espontánea y se consulta cuáles son los principales problemas de Uruguay, solamente 2% menciona ambiente o eventos climáticos entre los dos primeros lugares. Inseguridad y problemas económicos ocupan posiciones mucho más relevantes.
No necesariamente existe una contradicción. Una cosa es reconocer la importancia de un problema cuando nos preguntan específicamente por él y otra es recordarlo cuando debemos elegir qué nos preocupa primero.
Esa diferencia es, a mi entender, uno de los resultados más interesantes del estudio.
Del cambio climático a las guerras
También cambió la percepción de las amenazas mundiales.
En 2021, el cambio climático era considerado la principal amenaza para las próximas décadas por el 36%. En 2026 cae al 23%. En sentido contrario, las guerras pasan del 7% al 31%.
Esto no significa necesariamente que el cambio climático haya dejado de preocupar. Puede indicar que otras amenazas entraron con mucha más fuerza en la agenda de las personas.
Y el propio informe pide cautela: la encuesta de 2021 se realizó durante la pandemia, mientras la de 2026 se desarrolló en un contexto de fuerte inestabilidad geopolítica. También hubo modificaciones metodológicas y cambios en algunas preguntas.
Lo vivimos aunque no lo pongamos primero.
Los acontecimientos climáticos aparecen, en cambio, muy cerca de la experiencia de los uruguayos.
El 70% declara haber experimentado olas de calor en los últimos cuatro años; 53%, sequías; 43%, olas de frío; 41%, vientos fuertes o tornados; 24%, incendios forestales, y 21%, inundaciones o crecidas.
Para el turismo este capítulo resulta particularmente relevante. Clima y turismo ya no pueden analizarse por separado.
Una sequía afecta el agua y la producción; las temperaturas extremas modifican actividades; los incendios comprometen territorios naturales y las inundaciones afectan infraestructura, accesibilidad y destinos.
Un dato metodológico que merece explicación
La encuesta trabajó con 1.500 personas mayores de 18 años, mediante una muestra probabilística y posteriormente ponderada por sexo, edad, región y nivel educativo de acuerdo con el Censo 2023. El informe señala una tasa mínima de respuesta del 8,7%, calculada según el criterio más conservador de AAPOR.
Sobre este punto, María Fernanda Souza, directora nacional de Cambio Climático, precisó en la red social X y toma Noticias y Destinos que esa tasa debe interpretarse dentro de la metodología utilizada y que precisamente la ponderación busca ajustar la muestra a las características de la población.
Por tanto, el 8,7% no debería presentarse como una debilidad que por sí misma cuestione los resultados, sino como un elemento metodológico que corresponde conocer para interpretar correctamente el alcance de la encuesta.
También es importante corregir otra posible lectura: el 61% de preocupación y el 48% de afectación en la vida cotidiana no se contradicen. Son indicadores diferentes. Uno mide cuánto preocupa el cambio climático y el otro cuánto considera cada persona que afecta concretamente su vida.
La cuestión que sí resulta interesante para nuestro análisis permanece: mientras el 61% expresa preocupación, apenas el 2% menciona espontáneamente el ambiente o los eventos climáticos entre los principales problemas del Uruguay. No es una contradicción estadística, pero sí revela la distancia existente entre reconocer un problema y colocarlo entre las prioridades cotidianas.
Otra mirada sobre los resultados
Según su análisis, mujeres y hombres reportan una exposición similar a eventos climáticos, pero las mujeres atribuyen mayores consecuencias personales, especialmente sobre salud y bienestar. Ventura sostiene que para interpretar esas diferencias deben distinguirse peligro, exposición y vulnerabilidad, y considera que los resultados de la encuesta no permiten concluir por sí solos que las mujeres uruguayas sean objetivamente más afectadas por el cambio climático.
Queda una pregunta periodísticamente válida: ¿las personas que aceptaron responder una encuesta sobre cambio climático piensan igual que la enorme mayoría que no respondió?
El informe proporciona la tasa de respuesta, pero no permite responder esa pregunta.
También hay que tener cuidado con la comparación 2021-2026. Los propios autores reconocen diferencias metodológicas, modificaciones en preguntas y escalas e incluso la incorporación en 2026 de una categoría específica para quienes no creen en el cambio climático.
Por eso los porcentajes deben servir para observar tendencias, no para construir certezas que la propia investigación no pretende ofrecer.
Saber no siempre significa actuar.
Hay otra aparente contradicción.
La ciudadanía aparece como la principal responsable de enfrentar el cambio climático, con 32% de primeras menciones, por delante incluso del Gobierno nacional, con 22%.
Al mismo tiempo, el informe señala que ha crecido la sensación de impotencia y la percepción de que el problema está fuera del control individual.
Ahí encuentro una de las preguntas centrales que deja el estudio: si creemos que somos responsables, pero sentimos que poco podemos hacer, ¿cómo transformamos preocupación en acción?
Mi lectura
Uruguay parece conocer el problema. Lo reconoce, experimenta sus consecuencias y mayoritariamente acepta su origen humano.
Pero conocer, preocuparse y actuar son tres cosas diferentes.
La encuesta tiene valor precisamente porque también deja esas contradicciones a la vista. Y hay una que debería interesarnos especialmente desde los territorios y el turismo: el cambio climático puede no estar entre nuestras primeras preocupaciones, pero sus consecuencias no necesitan nuestra opinión para llegar a nuestras playas, ciudades, campos y destinos.
Fuentes
- Ministerio de Ambiente – Dirección Nacional de Cambio Climático (DINACC). Encuesta de percepción social del impacto y las respuestas al cambio climático en Uruguay, 2026. Informe Final Cuantitativo y Síntesis Ejecutiva.
- Equipos Consultores. Estudio nacional realizado entre el 14 de enero y el 14 de febrero de 2026, sobre 1.500 personas mayores de 18 años.
- Ministerio de Ambiente. Publicación oficial de la encuesta y documentos completos, 14 de septiembre de 2026.
- Ministerio de Ambiente. Presentación de resultados: El 61% de la población uruguaya manifiesta preocupación por el cambio climático, 17 de septiembre de 2026.
- Ministerio de Ambiente. Estudio de percepción social de 2021, utilizado como antecedente para la comparación.
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