La credibilidad es el nuevo lujo: marketing, influencers y la economía de la confianza
La credibilidad es el nuevo lujo: por qué ya no alcanza con tener millones de seguidores
Entre los algoritmos y las personas, el verdadero diferencial vuelve a ser la confianza.
Vivimos en una época fascinante. Nunca fue tan fácil hacerse conocido y nunca fue tan difícil ser creíble.
Cada día aparecen nuevos influencers, expertos instantáneos y contenidos creados por inteligencia artificial capaces de captar millones de visualizaciones. La economía digital premia la atención. Cuanto más ruido genera una publicación, mayor alcance obtiene. Pero una pregunta empieza a ganar fuerza: ¿quién merece realmente influir en nuestras decisiones?
Dos hechos recientes ayudan a reflexionar sobre este cambio.
Por un lado, el testimonio público de un joven argentino que denunció a su madre, una reconocida influencer, por presunto maltrato psicológico durante su infancia, reabrió el debate sobre la distancia que puede existir entre la imagen que se construye en las redes sociales y la realidad.
Por otro, durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Girona, la princesa Leonor dejó una reflexión que merece detenerse a pensar. Dijo que las personas que más la inspiran no son las famosas, las exitosas ni las consideradas aspiracionales, sino aquellas que "se enamoran de los problemas con la intención de solucionarlos", que trabajan con disciplina, rigor y pensamiento crítico.
Más allá de cualquier posición sobre la monarquía o sobre las redes sociales, la frase resume una transformación que ya comenzó.
La economía de la atención está dando paso a la economía de la confianza
Durante muchos años, el marketing tuvo un objetivo claro: captar la atención.
Más seguidores.
Más clics.
Más reproducciones.
Más impacto.
Pero la atención es efímera. Hoy una publicación puede ser viral y mañana nadie la recuerda.
La confianza funciona de otra manera.
Se construye lentamente.
No depende de un algoritmo.
No se compra.
Se gana.
Las marcas más valiosas del mundo entendieron hace tiempo que la fidelidad de un cliente vale mucho más que un clic. Lo mismo ocurre con las personas.
Podemos captar la atención durante unos segundos.
La confianza puede durar toda una vida.
Famosos e influyentes no siempre significan lo mismo
Quizá llegó el momento de diferenciar dos conceptos que solemos confundir.
Existe la influencia basada en la visibilidad.
Es la que vive de los números.
De los seguidores.
De la exposición permanente.
Y existe otra influencia mucho más silenciosa.
La que transforma.
La del docente que despierta vocaciones.
La del investigador que encuentra respuestas.
La del médico que salva vidas.
La del emprendedor que genera empleo.
La del periodista que verifica antes de publicar.
La del vecino que mejora su comunidad sin esperar reconocimiento.
Esas personas casi nunca encabezan las tendencias.
Sin embargo, cambian el mundo todos los días.
El turismo también debería hacerse esta pregunta
Esta reflexión tiene una enorme importancia para el turismo.
Durante años, muchos destinos apostaron gran parte de su promoción a contratar influencers para mostrar playas, hoteles o paisajes.
Algunos lograron excelentes resultados.
Otros descubrieron que miles de "me gusta" no siempre se convierten en visitantes.
Porque un destino turístico no vende solamente imágenes.
Vende confianza.
La genera un guía que transmite pasión por su ciudad.
Construye un hotel que cumple exactamente lo que promete.
La fortalece un restaurante que mantiene la calidad durante años.
La confirma un productor local orgulloso de su historia.
La consolida un periodista que recomienda un lugar después de conocerlo y vivir la experiencia.
La mejor campaña de promoción sigue siendo una promesa cumplida.
El verdadero influencer resuelve problemas
Quizá el gran cambio de esta década no tenga que ver con la inteligencia artificial.
Tal vez el cambio sea mucho más humano.
Estamos empezando a valorar nuevamente a quienes aportan soluciones.
A quienes investigan.
A quienes crean conocimiento.
A quienes generan oportunidades.
A quienes trabajan lejos de las cámaras.
Son personas que no necesitan exhibirse constantemente para demostrar su valor.
Su influencia nace de lo que hacen, no de lo que aparentan.
La credibilidad será el activo más valioso
En un mundo donde una fotografía puede alterarse con inteligencia artificial, una opinión puede comprarse y un video puede manipularse, la credibilidad comienza a convertirse en el recurso más escaso.
Y, precisamente por eso, en el más valioso.
Las organizaciones, los destinos turísticos, las empresas y también las personas tendrán una ventaja competitiva si logran construir algo que ningún algoritmo puede fabricar: confianza.
Porque los seguidores pueden comprarse.
Las visualizaciones pueden inflarse.
La popularidad puede desaparecer de un día para otro.
La credibilidad, en cambio, se conquista con coherencia, conocimiento y servicio.
Quizá por eso la mejor definición de influencer ya no sea quien consigue que millones de personas miren una pantalla.
Si no, quién consigue que alguien piense mejor, tome una mejor decisión o encuentre una solución donde antes solo veía un problema.
Ese tipo de influencia no siempre ocupa los titulares.
Pero es la que termina dejando huella.
La atención dura segundos. La confianza se construye con el tiempo.
Ese es el compromiso de Noticias y Destinos: hacer periodismo que informe, inspire y genere confianza.
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Ciudades vulnerables: las seis necesidades humanas que construyen confianza y futuro
¿Y si las ciudades también fueran vulnerables?
Por Jacobo Malowany
Durante una entrevista radial, la coach Cecilia Viana explicaba que toda persona vive entre dos escenarios: la situación actual, donde encuentra certezas, y la situación ideal, donde aparecen la incertidumbre, el crecimiento y, casi siempre, el miedo.
La reflexión iba dirigida al desarrollo personal, pero mientras la escuchaba pensé que quizás estábamos describiendo algo mucho más amplio: el estado emocional de nuestras ciudades.
Durante años hablamos de ciudades inteligentes. Invertimos en conectividad, inteligencia artificial, cámaras, plataformas digitales, movilidad sostenible y gestión basada en datos. Todo eso representa un avance enorme y necesario.
Sin embargo, la verdadera pregunta es otra.
¿Puede una ciudad ser realmente inteligente si sus ciudadanos han perdido la confianza en el futuro?
Cecilia recordaba que, cuando una persona enfrenta un cambio, aparecen cuatro grandes miedos: perder el control, no poder, no valer y dejar de sentirse aceptada o querida.
¿No son esos, precisamente, los temores que hoy atraviesan a muchas sociedades?
Miedo a perder el empleo.
Miedo a que los hijos tengan que emigrar.
Miedo a que el esfuerzo ya no alcance para acceder a una vivienda.
Miedo a que las instituciones dejen de responder.
Miedo a vivir en una sociedad cada vez más polarizada, donde el diálogo es sustituido por el enfrentamiento permanente.
No estamos hablando únicamente de inseguridad ni de pobreza. Existen ciudades con buenos indicadores económicos cuyos habitantes viven con ansiedad, incertidumbre y una creciente sensación de fragilidad.
La verdadera vulnerabilidad aparece cuando desaparecen los proyectos compartidos.
Quizás sea momento de dar un paso más y utilizar las seis necesidades humanas básicas —certeza, incertidumbre, importancia, amor o conexión, crecimiento y contribución— como una nueva forma de evaluar una ciudad. Tradicionalmente analizamos indicadores como el empleo, la infraestructura, la seguridad o la inversión. Todos son fundamentales. Pero una ciudad también debería preguntarse si ofrece estabilidad para planificar la vida, oportunidades para innovar, espacios donde las personas se sientan valoradas, vínculos comunitarios sólidos, posibilidades reales de desarrollo personal y profesional, y la oportunidad de contribuir al bienestar colectivo. Cuando una ciudad satisface estas necesidades, no solo mejora la calidad de vida: fortalece la confianza, atrae talento, inspira a emprender y construye un futuro compartido. Quizás la verdadera inteligencia urbana no consista únicamente en gestionar datos, sino en crear comunidades capaces de responder a las necesidades más profundas de las personas.
"En tiempos de incertidumbre, el turismo no vende destinos; vende confianza. Y las ciudades que inspiren confianza serán las que lideren el desarrollo del siglo XXI."
Durante décadas existieron relatos colectivos que, con mayor o menor éxito, orientaban la vida de las personas. Estudiar, trabajar, ahorrar, formar una familia, acceder a una vivienda y pensar en un retiro digno eran metas posibles para buena parte de la población. No todos las alcanzaban, pero había un horizonte.
Hoy ese horizonte se ha vuelto más difuso.
La velocidad del cambio tecnológico, la transformación del empleo, la sobreexposición informativa, la incertidumbre económica y la pérdida de confianza en muchas instituciones hacen que el futuro parezca cada vez más imprevisible.
Siempre fuimos vulnerables. Nuestros abuelos también enfrentaron crisis, guerras, enfermedades y enormes sacrificios. La diferencia es que convivían con una expectativa de progreso. Había confianza en que el esfuerzo podía mejorar la vida propia y la de los hijos.
La incertidumbre existía, pero estaba acompañada por la esperanza.
Hoy, en cambio, muchas veces la incertidumbre viene acompañada por el miedo.
Y cuando el miedo domina, las personas dejan de proyectar. Los jóvenes postergan decisiones, los emprendedores dudan antes de invertir, las familias retrasan proyectos y la sociedad comienza a administrar el presente en lugar de construir el futuro.
Desde el coaching, Cecilia Viana sostiene que entre la situación actual y la situación deseada existe una brecha que solo puede atravesarse aceptando la vulnerabilidad. Mostrar quiénes somos, reconocer nuestros miedos y actuar de acuerdo con nuestros valores son pasos indispensables para crecer.
Quizás las ciudades también deban recorrer ese camino.
Porque una ciudad madura no es la que oculta sus problemas, sino la que los reconoce, fortalece la confianza entre ciudadanos e instituciones y construye un proyecto común capaz de superar el miedo.
La tecnología seguirá siendo una herramienta extraordinaria. Pero ninguna aplicación puede reemplazar la confianza, ningún algoritmo puede generar sentido de pertenencia y ningún sensor puede medir la esperanza de una comunidad.
Tal vez haya llegado el momento de ampliar el concepto de ciudad inteligente.
En ese contexto también aparece un enorme desafío para quienes emprenden en turismo. Mientras el mundo parece acelerarse y la incertidumbre domina muchas decisiones, el viajero busca exactamente lo contrario: confianza, experiencias auténticas, contacto humano y lugares donde sentirse bien. El emprendedor turístico que comprenda esta transformación dejará de vender únicamente alojamiento, gastronomía o excursiones. Comenzará a ofrecer tranquilidad, hospitalidad, pertenencia y bienestar. En un mundo vulnerable, el mayor valor agregado de un destino ya no será solamente su paisaje, sino la capacidad de generar confianza. Las ciudades que logren transmitir esa sensación serán las que atraigan visitantes, inversiones y nuevos proyectos de vida, porque el turismo siempre ha sido, en el fondo, una búsqueda de esperanza y de futuros posibles.
El gran desafío del siglo XXI no consiste solo en desarrollar Smart Cities, sino en construir ciudades confiables: comunidades donde la innovación conviva con los valores, donde la incertidumbre no paralice y donde la vulnerabilidad deje de entenderse como una debilidad para convertirse en el punto de partida del aprendizaje colectivo.
Porque el mayor patrimonio de una ciudad no son sus edificios ni su tecnología.
Es la confianza de sus ciudadanos para imaginar, juntos, un futuro mejor.
Fuentes e inspiración
Bielsa analiza el fútbol desde el contrafactual; el resto del mundo lo evalúa desde los resultados.
Uruguay, el Mundial y esa costumbre de vivir del "¿y si...?"
Uruguay quedó eliminado del Mundial. Dos puntos. Ningún partido ganado. Tres años de trabajo del cuerpo técnico para terminar exactamente donde uno no quiere terminar: haciendo cuentas que ya no sirven para nada.
Lo curioso no es la eliminación. Eso forma parte del deporte. Lo interesante es lo que viene después. En pocas horas el país se llena de directores técnicos, analistas tácticos, dirigentes honorarios y expertos en preparación física que descubren, con una precisión admirable, todo lo que había que hacer... cuando ya no se puede hacer.
Existe un concepto muy interesante en psicología y en la toma de decisiones: el pensamiento contrafactual.
El pensamiento contrafactual sirve para explicar derrotas. La gestión sirve para reducir la probabilidad de que ocurran.
Es esa maravillosa capacidad del ser humano para imaginar un pasado mejor que el que realmente ocurrió.
"Si aquel gol entraba..."
"Si el técnico hacía los cambios antes..."
"Si convocaban a otro jugador..."
"Si la pelota pegaba cinco centímetros más a la derecha..."
Es un ejercicio mental fascinante. Lástima que no suma puntos.
La historia también utiliza el pensamiento contrafactual. Se pregunta qué habría pasado si Napoleón ganaba Waterloo o si la Segunda Guerra Mundial terminaba de otra manera. Nosotros, más modestos, discutimos qué habría pasado si Uruguay hacía un gol más contra cualquiera.
El problema es que el contrafactual sirve para aprender, no para reescribir la realidad.
Porque los números son bastante tercos.
En Qatar 2022 Uruguay hizo cuatro puntos. Ganó un partido.
En este Mundial hizo dos puntos.
La evolución fue hacia atrás.
Y eso también debería formar parte del análisis.
Lo preocupante es que muchas veces confundimos estabilidad con progreso. Permanecer tres años en un proyecto no garantiza que ese proyecto avance. Un reloj detenido también permanece exactamente en el mismo lugar durante años.
En ciencia, el razonamiento contrafactual se utiliza para medir el impacto real de una política pública. Básicamente pregunta: ¿qué habría ocurrido si no hacíamos esto?
Quizás esa sea la pregunta que debería hacerse el fútbol uruguayo.
No para buscar culpables.
Sino para entender resultados.
Porque el deporte de alto rendimiento no premia las buenas intenciones. Premia los resultados.
Y mientras nosotros seguimos imaginando el Mundial que podríamos haber jugado, otros países, con menos historia y menos camisetas vendidas, siguen avanzando.
Tal vez el verdadero rival de Uruguay no sea otra selección.
Tal vez sea nuestra permanente necesidad de explicar el pasado en lugar de diseñar el futuro.
Pensar contrafactualmente es saludable cuando ayuda a aprender.
Se vuelve peligroso cuando reemplaza la autocrítica.
Porque existe una diferencia enorme entre decir "¿qué habría pasado si...?" y preguntarse "¿qué debemos hacer para que no vuelva a pasar?".
El fútbol es así.
Pero entonces aparece la gran contradicción.
Si el fútbol es solamente "así", si todo depende de una pelota que entra o sale por centímetros, ¿para qué Uruguay invirtió aproximadamente 13,6 millones de dólares en un entrenador durante más de tres años?
¿Para escuchar que el fútbol es así?
Marcelo Bielsa suele repetir que el objetivo era conseguir siete puntos.
Terminamos con dos.
Cinco menos.
Y ahí el debate deja de ser futbolístico para convertirse en una discusión sobre creación de valor.
En cualquier empresa, cuando se contrata al gerente mejor pago, nadie espera que explique las pérdidas diciendo que "los mercados son así".
Cuando un hospital incorpora al mejor cirujano, nadie acepta que diga: "las operaciones son así".
Cuando una empresa paga millones por un CEO, espera algo muy concreto: que agregue valor.
Eso mismo debería ocurrir en el fútbol.
Nadie puede garantizar un campeonato.
Nadie puede prometer que una pelota entrará.
Pero sí puede construir un equipo que tome mejores decisiones, reduzca errores, potencie talentos y aumente las probabilidades de ganar.
Eso es crear valor.
Porque, si al final todo se resume en que "el fútbol es así", entonces cualquier entrenador vale lo mismo.
Y sabemos que no.
Precisamente por eso algunos cobran millones.
No porque controlen el azar.
Sino porque deberían reducirlo.
El verdadero problema de Uruguay no es haber quedado eliminado.
Eso sucede.
Lo preocupante es conformarnos con explicaciones que sirven para cualquier resultado.
El pensamiento contrafactual pregunta qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Yo prefiero otra pregunta.
¿Qué debemos hacer para que dentro de cuatro años no estemos escribiendo exactamente el mismo artículo?
Turismo e Inteligencia Artificial: el cambio de mentalidad que necesitan los emprendedores
El verdadero viaje comienza cuando cambia tu forma de pensar.
"No es la Inteligencia Artificial la que cambia tu negocio. Es la mentalidad con la que decides utilizarla."
Hay personas que llevan meses preguntándole a la Inteligencia Artificial cómo ganar más dinero. Otras le preguntan cómo escribir un correo, diseñar un folleto o responder un cliente. Y unas pocas le hacen una pregunta muy diferente: ¿cómo puedo crear más valor para quienes confían en mí?
Esa diferencia parece pequeña, pero cambia completamente el destino.
En turismo solemos creer que la competencia está en tener el mejor hotel, el restaurante más lindo o el paisaje más espectacular. Sin embargo, quienes recorremos destinos sabemos que los viajeros recuerdan mucho más cómo los hicieron sentir que la cantidad de estrellas de un alojamiento.
Con la Inteligencia Artificial ocurre exactamente lo mismo.
La tecnología no reemplaza la hospitalidad, la creatividad ni el compromiso. Tampoco sustituye la sonrisa de quien recibe a un visitante o la experiencia de un guía que conoce cada historia de su ciudad. Lo que hace es liberar tiempo para que las personas puedan dedicarse justamente a aquello que ninguna máquina puede ofrecer: empatía, criterio y relaciones humanas.
El problema nunca fue la tecnología.
Muchos pequeños emprendedores creen que necesitan más seguidores.
Otros piensan que necesitan un mejor celular, una cámara más cara o publicar todos los días.
En realidad, la mayoría necesita algo mucho más simple: detenerse a pensar.
Pensar quién es su cliente.
¿Qué problema resuelve?
Qué emoción deja después de cada venta.
Por qué alguien debería volver.
La Inteligencia Artificial responde mejor cuando nosotros hacemos mejores preguntas.
El nuevo turista también cambió.
Hoy un viajero compara precios en segundos, lee opiniones, consulta videos, pide recomendaciones y conversa con asistentes de IA antes de tomar una decisión.
Ya no alcanza con estar presente en internet.
Hay que ser relevante.
Y eso depende mucho más de la estrategia que de la tecnología.
El verdadero cambio es el "mindset"
Durante años se decía que quien no tuviera una página web desaparecería.
Después ocurrió lo mismo con las redes sociales.
Ahora sucede con la Inteligencia Artificial.
Pero quizá la pregunta correcta no sea si utilizamos IA.
La verdadera pregunta es si seguimos aprendiendo.
Porque la historia demuestra que las herramientas cambian una y otra vez. Lo que permanece es la capacidad de adaptarse.
Una decisión cotidiana
Cada mañana un emprendedor tiene dos opciones.
Puede abrir su negocio esperando que entren clientes.
O puede preguntarse qué puede hacer hoy para que más personas descubran el valor de lo que ofrece.
La Inteligencia Artificial no toma esa decisión.
La toma cada uno de nosotros.
Y tal vez ese sea el mayor aprendizaje de esta nueva etapa: el futuro no pertenece a quienes tienen la mejor tecnología, sino a quienes desarrollan la mejor actitud para aprender, cambiar y crear valor.
Porque, al final, el viaje más importante no es hacia otro destino.
Es hacia una nueva forma de pensar.
Recuerdemos que:
La Inteligencia Artificial no viene a reemplazar al turismo, a los emprendedores ni a las personas. Viene a desafiar nuestra forma de trabajar. En un sector donde las experiencias son el principal activo, el mayor diferencial seguirá siendo humano. La tecnología puede abrir puertas, pero son las personas quienes convierten un servicio en un recuerdo inolvidable.
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Jacobo Malowany
Seguime en las redes sociales: @jacobomalowany
Mis nietos no vivirán el mismo mundo que yo conocí
Mientras espero una cirugía que me recuerda que el tiempo no es infinito, observo el Mundial y me sucede algo extraño: cada vez me interesa menos el resultado de los partidos y más el destino de los países que representan.
Detrás de cada camiseta veo décadas de decisiones económicas, educativas y tecnológicas. Veo naciones que avanzan y otras que se estancan. Veo sociedades que generan prosperidad y otras donde la incertidumbre se ha vuelto una forma de vida.
Y no puedo evitar preguntarme qué lugar ocupará Uruguay en ese nuevo mapa del mundo que se está dibujando delante de nuestros ojos.
Hace cincuenta años, el sueño parecía sencillo. Estudiar, trabajar, formar una familia, comprar una casa, tener un automóvil y aspirar a una jubilación razonable. No era fácil, pero parecía posible.
Hoy no estoy seguro de que mis nietos puedan hacer el mismo recorrido.
Vivimos el final de una época.
La globalización nos trajo productos más baratos, más tecnología y una conexión inédita entre los pueblos. También permitió que millones de personas salieran de la pobreza. Pero al mismo tiempo generó una competencia feroz que puso en jaque empleos, industrias y certezas que parecían inamovibles.
Ahora llega una segunda ola todavía más poderosa: la inteligencia artificial.
Y por primera vez no amenaza solamente a quienes realizan tareas manuales. Amenaza a periodistas, diseñadores, administrativos, abogados, programadores, consultores y profesionales que durante años creyeron haber encontrado refugio en el conocimiento.
Lo más curioso es que la inteligencia artificial está produciendo una nueva uniformidad global.
Las imágenes se parecen.
Los textos se parecen.
Las campañas se parecen.
Las ideas se parecen.
A veces tengo la sensación de que conversamos cada vez más y pensamos cada vez menos.
Nos prometen prosperidad instantánea. Nos venden fórmulas mágicas para ganar dinero. Nos ofrecen éxito en treinta días, libertad financiera en noventa y riqueza sin esfuerzo. Nunca hubo tantos vendedores de sueños y, paradójicamente, nunca escuché tanta incertidumbre sobre el futuro.
En Uruguay seguimos discutiendo sobre competitividad, impuestos, Temu, salarios y costos de producción. Son debates necesarios. Pero sospecho que la verdadera discusión es otra.
¿Cómo vamos a construir una sociedad donde el trabajo cambia más rápido que la educación?
¿Cómo sostendremos los sistemas de seguridad social si cada vez menos personas tienen trayectorias laborales previsibles?
¿Cómo accederán los jóvenes a una vivienda cuando la estabilidad laboral deja de ser una garantía?
No tengo todas las respuestas.
Pero sí tengo una preocupación.
Quizás seamos la última generación que creció creyendo que viviría mejor que sus padres y la primera que duda seriamente de que sus hijos y nietos puedan decir lo mismo.
Por eso quiero preguntarles a los lectores:
¿Creen que los jóvenes de hoy vivirán mejor que nosotros?
¿Podrán comprar una casa?
¿Tendrán jubilación?
¿O estamos entrando en una nueva era donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para construir certezas?
Me interesa leerlos.
Porque tal vez el futuro ya llegó y todavía no terminamos de entenderlo.
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