Hay proyectos que se anuncian con cifras. Y hay otros —menos frecuentes— que se anuncian con una idea de futuro. El Águila pertenece a este segundo grupo. No porque ignore la escala económica, sino porque la trasciende. Lo que está en juego no es solo una inversión de largo aliento, sino la posibilidad real de redefinir cómo se vive, se trabaja y se construye ciudad en la Costa de Oro.

Desde mi mirada, este tipo de desarrollos funcionan como un espejo adelantado del tiempo. Nos obligan a preguntarnos si estamos preparados para pensar Atlántida no solo como balneario, ni siquiera como ciudad dormitorio, sino como territorio inteligente, con identidad propia, capaz de atraer talento, emprendimientos y nuevas formas de habitar. Esa es, quizás, la mayor virtud del proyecto: instalar la conversación correcta.

El futuro urbano ya no se mide únicamente por metros cuadrados construidos. Se mide por conectividad, por acceso a servicios, por cercanía entre vivienda y trabajo, por calidad del espacio público, por resiliencia ambiental y por sentido de pertenencia. Cuando un proyecto incorpora estas variables desde su concepción —y no como agregado posterior— estamos frente a una señal clara de madurez territorial.

En marketing de ciudades solemos hablar de “narrativas”. Pero ninguna narrativa se sostiene sin coherencia entre discurso y acción. Aquí la visión es clara: una nueva centralidad metropolitana, integrada, flexible, abierta, pensada para convivir con lo existente y no para reemplazarlo. Esa lógica resulta clave para evitar errores del pasado: ciudades fragmentadas, crecimientos desordenados o desarrollos que viven de espaldas a su entorno.

También hay algo que valoro especialmente: el tiempo. Pensar un desarrollo a 20 años implica asumir que la ciudad es un proceso, no un producto terminado. Permite corregir, aprender, adaptar. Y eso, en un mundo cambiante, vale tanto como el capital invertido. La ciudad del futuro no será rígida; será capaz de evolucionar con sus habitantes.

Si este proyecto logra articularse con políticas públicas, infraestructura, movilidad sostenible y formación de capital humano, el impacto puede ser profundo. Miles de empleos, múltiples emprendimientos, nuevas oportunidades para jóvenes y para quienes hoy viajan diariamente hacia Montevideo buscando lo que el territorio todavía no ofrece. El verdadero éxito no será llenar planos, sino llenar de sentido el crecimiento.

Como habitante, como comunicador y como profesional que trabaja con territorios, confieso que este tipo de iniciativas me generan entusiasmo. No ingenuo, sino crítico y atento. Porque pensar el futuro también exige responsabilidad. Pero cuando la iniciativa privada se anima a mirar lejos y a dialogar con la ciudad que ya existe, algo empieza a alinearse.

Atlántida tiene historia, tiene identidad y tiene comunidad. Si suma visión, planificación y decisión, puede convertirse en un caso de referencia en Uruguay. No como ciudad perfecta, sino como ciudad consciente de su tiempo. Y eso, hoy, es mucho decir.

Jacobo Malowany
Marketing de ciudades · Visión territorial

Nombre del proyecto
El Águila

Tipo de desarrollo
Proyecto urbanístico de usos mixtos (vivienda, comercio, servicios, espacios públicos y áreas verdes)

Ubicación
Zona de Atlántida, Costa de Oro, departamento de Canelones
Entre el Fortín de Santa Rosa y el eje de la Ruta Interbalnearia

Superficie total
238 hectáreas

  • 90 hectáreas al sur de la Ruta Interbalnearia (hacia la costa)

  • 148 hectáreas al norte del corredor vial

Plazo de ejecución
Aproximadamente 20 años

Inversión estimada
Hasta US$ 500 millones a lo largo del desarrollo

Impulsores del proyecto
Kopel Sánchez
En asociación con Estudio Luis E. Lecueder

Origen del capital
Grupo inversor mayoritariamente uruguayo (95%)

Conceptos rectores

  • Creación de una nueva centralidad metropolitana

  • Integración con la trama urbana existente

  • Fuerte énfasis en espacio público y calidad de vida

  • Sustentabilidad y planificación de largo plazo

  • Ciudad flexible, pensada para evolucionar en el tiempo

En esta segunda reflexión, el arquitecto Esteban Molet Gurrera vuelve sobre el origen de la vocación, la intuición temprana y el momento en que una imagen, un viaje o un edificio pueden marcar para siempre una decisión de vida. Con una mirada directa y sin concesiones, el autor reflexiona sobre qué significa realmente querer ser arquitecto, la importancia de la formación integral y el equilibrio indispensable entre arte, técnica y responsabilidad profesional.

Siempre he pensado que, en general, es raro que un niño de siete años y medio sepa a tan temprana edad, qué es lo que quiere ser de grande; en ese caso me encuentro yo.

Yo venía de Mora de Ebro, en Tarragona, España, un pueblo modesto; solo había visto principalmente, casas unifamiliares a lo largo y ancho de mi pueblo; además había visto las escuelas, el consultorio médico, las iglesias y los cines.

Al ir por primera vez a una ciudad tan imponente como Madrid, me empezaron a gustar más los grandes edificios que había en aquel mes de febrero del año 1956.

Ahora creo que ya en ese entonces tenía cierta intuición y deseos de hacer casas o edificios grandes, pero al ver en el avión de Madrid a México esa revista maravillosa con la portada de la Sagrada Familia de Antoni Gaudí en Barcelona, me impactaron sus torres esbeltas y llamativas. Cuando la vi, inmediatamente me surgieron deseos de hacer, diseñar y construir obras grandes y hermosas.

Esto viene a cuento por lo siguiente: creo firmemente que quien de verdad quiere ser arquitecto, lo sabe, lo desea y lo anhela; quien tiene dudas desde el principio, no tiene nada que hacer estudiando y, posiblemente, ejerciendo la arquitectura con poca seguridad y con muchas dudas; así le llega el primer año de arquitectura y empiezan los pretextos, pues en el fondo, no sabe lo que quiere y no tiene una vocación verdadera; al final, unos continúan pero, en realidad, no hacen buena arquitectura, proyectan casitas mediocres o edificios comerciales en donde la arquitectura es irrelevante o de plano está ausente; esto es un claro indicador de que no tienen vocación y no saben encaminar sus oportunidades en mejorar sus proyectos, sino al contrario, cada vez se alejan más de la arquitectura y, con el respeto que me merecen todos, creo que la vocación profunda la poseen menos personas, ya que no saben de procesos de diseño, de creatividad, ni tienen idea del diseño estructural.

Ahí va mi crítica a quienes creen que la arquitectura es solo hacer obras bonitas y no toman en cuenta la estructura; las estructuras son un factor muy importante y un arquitecto debe ser un profesional integral, que maneje arte y técnica; no es un diseñador de modas, aunque lo podría ser, ya que algunos diseñadores de ropa fueron antes arquitectos.

Peleo tanto la parte artística como la técnica. La arquitectura diseña espacios funcionales y esos espacios deben estar bien estructurados, con idea de donde irán las columnas, los claros aceptables y todo lo que tiene que ver con las instalaciones hidrosanitarias, eléctricas y especiales, como aire acondicionado, calefacción, sistemas de seguridad, domótica (edificios inteligentes), y la

energía y su optimización, como la energía solar fotovoltaica y los aislamientos de los muros y vidrios contra el frío, el calor, todos factores dignos de ser tomados en cuenta, por lo que no hay que pensar que se diseña un edificio y después se equipa con todo; esto no es posible, debe preverse desde el principio con las medidas de alturas, pasos de ductos, horizontales y verticales, etc.

Todo esto y más, con la coordinación y asesoría de técnicos especializados para cada tipo de edificio, como puede ser en el diseño de un hotel, un hospital, o un teatro, por la acústica y la isóptica; afortunadamente no estamos solos, podemos solicitar la intervención de personas y/o contratistas especializados en cada campo y no hay que tener miedo a no saber de todo; lo que hay que tener en cuenta es que somos arquitectos coordinadores y acomodadores de todo lo que conlleva un edificio inteligente y más.

Pantallas, urgencia y escuela: cuando educar se vuelve contracultural

Mientras Francia discute limitar el acceso de niños y adolescentes a las redes sociales, en las aulas el debate dejó de ser abstracto. Cada día, docentes y estudiantes conviven con una tensión silenciosa: la escuela intenta enseñar procesos largos en un mundo entrenado para la respuesta inmediata. La atención fragmentada, la ansiedad por el estímulo constante y la dificultad para sostener el esfuerzo ya no son excepciones; se volvieron paisaje.

En este contexto, resulta pertinente la advertencia de Bill Gates, fundador de Microsoft, publicada en su blog Gates Notes. Gates retoma los argumentos del psicólogo Jonathan Haidt y su libro The Anxious Generation, para poner una alerta clara: la exposición temprana y constante a los teléfonos inteligentes está debilitando habilidades clave como la creatividad, el pensamiento crítico y la autonomía emocional.

Gates no demoniza la tecnología. Reconoce su utilidad en momentos puntuales de concentración o entretenimiento. El problema aparece cuando ese “momento” se transforma en una forma de estar en el mundo: largos períodos de ocio improductivo, interacción pasiva y dependencia de estímulos diseñados para no soltarnos. Para las nuevas generaciones, la pantalla no es una herramienta más; es el centro de la experiencia cotidiana.

Desde la escuela, esta realidad se traduce en una batalla diaria contra la urgencia. Enseñar a leer en profundidad, a argumentar, a equivocarse y volver a intentar exige un tiempo que compite con un sistema de recompensas inmediatas. Salvo que exista conciencia —y la voluntad explícita de “poner el celular en la caja”— la pedagogía queda en desventaja.

Las propuestas que Gates destaca no son simples, pero sí orientadoras: postergar el acceso a celulares hasta edades más maduras; establecer verificaciones de edad efectivas en redes sociales; y, sobre todo, reconstruir la infraestructura de la infancia. Espacios físicos seguros y estimulantes donde el juego, el encuentro y la exploración vuelvan a ser centrales. Lugares donde se aprenda a convivir sin mediación permanente de una pantalla.

La pregunta de fondo no es si se acerca el fin de los celulares. La pregunta es si estamos dispuestos a redefinir su lugar. Regular no es prohibir; es decidir colectivamente qué valoramos. En tiempos donde todo apura, educar —paradójicamente— implica frenar. Crear condiciones para que pensar, imaginar y conversar vuelvan a tener tiempo. Y sentido.

 
 
 

Los tres niveles de gobierno y la lógica de los eventos territoriales

Uruguay organiza su gestión pública en tres niveles de gobierno, cada uno con competencias claras y complementarias.
El primer nivel, el nacional, define políticas de alcance país, marcos normativos y grandes lineamientos presupuestales.
El segundo nivel, departamental, a cargo de las intendencias, gestiona el territorio, diseña políticas culturales y turísticas propias y cuenta con autonomía para asignar recursos, articular actores y ejecutar proyectos.
El tercer nivel, el municipal, actúa en escala local: barrios y ciudades. Su rol se centra en la cercanía con la comunidad, la logística, el uso del espacio público y la articulación cotidiana con vecinos y comercios.

En este esquema, Canelones Suena Bien depende del segundo nivel de gobierno, mientras que la ciudad de Atlántida se gestiona desde su municipio, el tercer nivel. Esta distinción no es menor cuando se analizan resultados, impactos y retornos.

Un evento masivo no es casualidad

La generación de un evento que convoca multitudes responde a una decisión estratégica. El segundo nivel de gobierno dispone de la autonomía necesaria para asignar un presupuesto, generalmente compartido con otros actores públicos y privados, y para diseñar un modelo de gestión que combine cultura, turismo y economía local.
A esto se suma la venta de espacios como formato de ingresos y, en contextos actuales, la posibilidad de monetizar contenidos digitales, como transmisiones por plataformas de video, ampliando el alcance y el retorno.

Desde esta mirada, resulta clave diferenciar inversión de gasto. El posicionamiento de Atlántida durante la semana del evento, medido en minutos de exposición mediática en formatos tradicionales y digitales, superó ampliamente la inversión realizada. No se trató de un gasto: se disfrutaron cuatro shows de primer nivel, se brindó escenario a dos bandas locales y se activó una cadena de valor que excede la noche del concierto.

Públicos, microsegmentación y derrama

Los datos de asistencia muestran diferencias claras según día y propuesta. El sábado, miles de personas participaron con segmentaciones diversas: en Canelones Suena Bien, el promedio superó los 30 años, mientras que el primer día la franja fue más amplia, entre 15 y 50 años. La microsegmentación explica estos resultados: propuestas, horarios y artistas convocan públicos distintos y generan impactos distintos.

En paralelo, otros espacios de la ciudad ofrecían alternativas simultáneas. La LIFA, el fútbol con presencia de un equipo europeo y actividades recreativas atrajeron principalmente a jóvenes y familias. Todos los sábados la dinámica se repite: el baile convoca a los jóvenes; el 31 de enero, con DJ y Luana, volvio a suceder. La piscina recibe excursiones a diario y completa un ecosistema activo. El Camping Ancap, alquileres por el fin de semana y el tiempo acompaño por supuesto. 

Público y privado: dos lógicas, un territorio

La diferencia entre un emprendimiento público y uno privado no es ideológica, es funcional. El primero prioriza el impacto territorial y favorece a las mypes mediante espacios de venta y circulación de personas. El segundo persigue fines empresariales y mide su éxito en rentabilidad directa.
Desde la experiencia local, los jóvenes dejan menos consumo inmediato en los comercios, mientras que eventos como Canelones Suena Bien redistribuyen ingresos en momentos de baja estacional y, como suele decirse, traen gente al pueblo.

Esta primera parte propone una lectura técnica y neutra: los eventos bien diseñados son herramientas de marketing de ciudades, capaces de posicionar, activar economías locales y construir identidad, siempre que se los analice como inversión estratégica y no como gasto aislado.

Desde la Dirección de MIPYMES, de la Intendencia de Canelones, se instrumentó un proceso ordenado y transparente: se realizó un llamado abierto, se convocó, se recibieron más de 100 postulaciones y se seleccionaron 60 emprendimientos, todos formalizados. Muchos de ellos ya contaban con comercios en la zona, por lo que el beneficio no se limitó a la venta puntual, sino también a ganar visibilidad, ampliar públicos y reforzar marca. Cuando estos eventos se trabajan con método, los resultados se proyectan durante el resto del año: se fijan objetivos, se mide impacto y se construye continuidad. No se trata de un hecho aislado ni de un gesto ocasional, sino de gestión aplicada, lejos de la lógica del “baño del Papa”.

Desde la Asociación Turística de Canelones, integrante de la Cámara Uruguaya de Turismo, se entendió que lo gestionado respondió a una estrategia clara. Los vouchers de $500 por pernoctar dos noches activaron consumo en toda la franja costera y también beneficiaron a comercios fuera del microcentro, que sumaron movimiento en un período de alta demanda. Si se aplica el principio de Pareto, ese 20 % de los cerca de 100.000 asistentes generó una derrama relevante, siempre condicionada a la existencia de una oferta atractiva. Durante las aproximadamente cuatro horas del evento, la multitud no consume en el microcentro: la gente está concentrada en el predio y se produce una pausa comercial inevitable. La derrama real ocurre antes y después, y ahí aparecen las decisiones de gestión. Atlántida, aun sin el evento, ya estaba desbordada; el CSB ordenó tiempos, concentró públicos y extendió la permanencia en destino. Las recorridas por la ciudad mostraron entusiasmo genuino, incluso de personas que salieron a disfrutar la noche sin participar del concierto. De cara al próximo año, la ATC buscará potenciar este fenómeno con nuevas ideas y estrategias; quienes cuestionan la sede olvidan que el único que pierde es quien renuncia a un momento de visibilidad que no resulta efímero: el próximo año puede ser mejor.

La Asociación Turística de Canelones, además del esquema general de vouchers, subió la promoción con un 10 % adicional dirigido a asociados del corredor gastronómico, reforzando el vínculo entre evento, operadores y territorio. La ATC entiende estas acciones como herramientas de mediano plazo y no como estímulos aislados. En ese sentido, su presidente remarcó que “estos eventos no tienen un objetivo de fin de semana: el verdadero cometido es publicitar y posicionar el destino; quien no consumió anoche, vuelve en la brevedad”, y confirmó el compromiso de la asociación para potenciar el próximo año, reafirmar alianzas y generar nuevos incentivos que permitan mayor captación de consumo durante el evento. Desde otros ámbitos de la Intendencia de Canelones también se expresó que el impacto trasciende lo económico inmediato: Atlántida y Canelones ganan agenda nacional y regional. La llegada de ómnibus desde Treinta y Tres y visitantes de Rivera —no habituales del verano— confirma ese posicionamiento. A la derrama económica para operadores se suma una derrama publicitaria sostenida en el tiempo. En palabras del presidente de la ATC, el balance resulta claro: apoyo pleno a Canelones Suena Bien, por su valor cultural, turístico y estratégico, y por un estándar organizativo profesional en producción, audio y seguridad que deja una señal inequívoca del rumbo elegido.

Jacobo Malowany 

 


El video de Telemundo me obligó a detenerme, repensar el debate y poner en palabras una opinión que suele quedar atrapada en consignas simplificadas. La inflación no es buena ni mala por sí misma: depende del contexto, del crecimiento y de cómo se la usa —o se la disimula— en la economía. Por eso sentí la necesidad de escribir y aportar una mirada más amplia, con experiencia internacional y sin dogmas, a una discusión que merece algo más que titulares rápidos.

Cuando la inflación baja también incomoda

Durante años, el problema de Uruguay fue claro: inflación alta, pérdida de poder adquisitivo y salarios que corrían detrás de los precios. En ese contexto, bajar la inflación no solo era deseable, era una prioridad. Por eso sorprende —y genera confusión— que hoy el Banco Central busque evitar que la inflación siga cayendo.

La pregunta es legítima: ¿por qué una inflación baja puede ser un problema si durante décadas fue el enemigo a derrotar?
La respuesta corta es esta: porque una inflación demasiado baja no es lo mismo que estabilidad, y porque las economías modernas funcionan sobre equilibrios más frágiles de lo que suele creerse.

El objetivo no es “baja inflación”, es inflación estable

Uruguay, como la mayoría de las economías que utilizan metas de inflación, no apunta a cero. El objetivo del Banco Central del Uruguay es 4,5%, con un rango de tolerancia entre 3% y 6%. Estar fuera de ese rango —por arriba o por abajo— implica desvíos que requieren corrección.

Con una inflación en 3,6% y riesgo de perforar el piso, la preocupación no es ideológica ni técnica: es macroeconómica.

Lo que el razonamiento acierta

El planteo tiene tres puntos correctos:

  1. Inflación baja + crecimiento débil es una mala combinación
    La experiencia internacional es clara. Cuando la inflación cae por debajo de lo esperado y la economía no acelera, se enfrían decisiones de consumo e inversión. No porque la gente “quiera ahorrar más”, sino porque se posterga: si los precios no suben, no hay apuro. Japón convivió décadas con ese problema.

  2. El salario real sube… y eso no siempre es neutro
    Con salarios pactados sobre una inflación mayor, una inflación efectiva más baja eleva el salario real. Para los trabajadores, es una mejora. Para las empresas, puede ser un aumento de costos no previsto, especialmente en sectores con márgenes ajustados. En economías con baja productividad, eso sí puede tensionar empleo.

  3. La inflación también es una variable fiscal
    Muchos impuestos están indexados o crecen en términos nominales con la inflación. Con inflación baja, la recaudación crece menos, mientras varios gastos permanecen rígidos. En países con cuentas fiscales ajustadas, eso importa.

Hasta acá, el razonamiento no es absurdo. Es incompleto, pero no falso.

Donde el argumento se vuelve débil

El problema aparece cuando se sugiere que la inflación baja “es mala en sí misma”. No lo es.
Es un problema solo si no está acompañada por crecimiento, productividad y políticas adecuadas.

Ahí es donde entra la comparación internacional.

¿Cómo viven los países de baja inflación?

Antes de 2020, Europa y el Reino Unido convivían con inflaciones cercanas a cero sin colapso económico. ¿Por qué? Porque compensaban con:

  • políticas fiscales activas,

  • mercados financieros profundos,

  • crédito barato,

  • productividad creciente.

La pandemia rompió ese equilibrio. El shock de oferta, el gasto público masivo y la guerra en Ucrania llevaron la inflación europea a niveles no vistos en 40 años. El Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo endurecieron política monetaria con fuerza, aun sabiendo que provocarían desaceleración.

¿La lección?
No que la inflación baja sea peligrosa, sino que la inflación desanclada —alta o baja— es el verdadero problema.

El punto clave que falta en el debate uruguayo

El verdadero riesgo para Uruguay no es que la inflación esté en 3% o 4%.
El riesgo es usar la inflación como variable de ajuste encubierto: para salarios, para empresas deficitarias o para cuentas fiscales.

Una economía sana no necesita inflación para funcionar.
Necesita productividad, inversión, competencia y reglas claras.

En definitiva, es un problema desde distintas perspectivas

La inflación baja no es una mala noticia por definición. Es incómoda solo cuando deja al descubierto problemas que estaban escondidos: baja productividad, márgenes frágiles, rigideces fiscales.

Subir la inflación no soluciona esos problemas. Solo los disimula.

La estabilidad no debería preocupar.
Lo que debería preocupar es qué tan dependientes somos de la inflación para que el sistema cierre.

Fuentes y referencias

  • Banco Central del Uruguay (BCU) – Metas de inflación y política monetaria
    Comunicaciones oficiales y Reportes de Política Monetaria.

  • Fondo Monetario Internacional (FMI) – Inflación baja y riesgos macroeconómicos
    Low Inflation: What Should Policymakers Do?

  • Banco Central Europeo (BCE) – Inflación, crecimiento y política monetaria
    Informes sobre inflación en la zona euro (pre y post pandemia).

  • Banco de Inglaterra – Impacto de inflación baja y alta en salarios y actividad
    Monetary Policy Reports (2021–2023).

  • OECD / World Bank – Inflación, cuentas fiscales y crecimiento
    Estudios sobre política fiscal en contextos de baja inflación.

 

 


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