Electrolineras vandalizadas: un problema para usuarios y turistas en Uruguay
La vid y el César: volver a nacer después de una segunda oportunidad
Después de un tratamiento exitoso y una cirugía que cambió mi manera de vivir, esta semana encontré entre viñedos, personas, arte y reflexiones una forma diferente de comprender mi propia historia. La vida es como la vid: tiene inviernos, necesita cuidados y siempre conserva la posibilidad de volver a brotar.
Hay semanas que parecen una más en el calendario, pero terminan dejándonos reflexiones que no esperábamos. Esta fue una de ellas.
Hoy, recuperado de un tratamiento exitoso y de una cirugía que me obligó a aprender nuevamente algo tan natural como comer y digerir, puedo decir que mi manera de mirar la vida cambió.
Tuve cáncer de esófago. Hoy ya no lo tengo. Es una frase que puedo escribir con alegría, aunque todavía estoy aprendiendo a convivir con las consecuencias de todo lo que atravesé.
Mi cuerpo tiene nuevas reglas. Hay alimentos que debo conocer otra vez, cantidades que debo medir y sensaciones que antes ni siquiera imaginaba. Pero también hay algo que cambió mucho más que mi aparato digestivo: el filtro con el que observo lo que sucede a mi alrededor.
Esta semana anduve por bodegas, conversé con personas maravillosas y conocí a Rosita, una mujer increíble que me hizo pensar en la relación entre la vida y el vino.
Y allí, entre viñedos, historias y copas, terminé encontrándome conmigo mismo.
La vida es como la vid
Durante muchos años me sentí como una vid en plena producción. Floreciendo, dando frutos, desarrollando proyectos, viajando, enseñando, conociendo lugares y cosechando amistades.
Me gustaba pensar que era un buen vino de origen, de esos que tienen identidad, carácter e historia propia.
Pero las vides también tienen enemigos. La filoxera, por ejemplo, fue capaz de destruir enormes extensiones de viñedos. Y están las enfermedades, las heladas y los cambios del clima, que pueden comprometer una cosecha. Aprendizajes por mi paso por la escuela de vitivinicultura de mi querida Universidad del Trabajo.
En muchas bodegas encontramos rosas plantadas al comienzo de las hileras. Tradicionalmente, se las utilizó como una señal de alerta frente a ciertas enfermedades de las plantas. Me gusta pensar en ellas como compañeras que embellecen el paisaje y nos recuerdan la importancia de cuidar aquello que queremos conservar.
En mi vida también hubo rosas. Personas que estuvieron cerca, que advirtieron, acompañaron y me ayudaron a atravesar momentos difíciles.
Yo me creía una vid fuerte, casi orgánica de origen, capaz de resistir cualquier temporada.
Hasta que llegó una enfermedad que no pidió permiso.
Entonces aparecieron los tratamientos, los medicamentos, la cirugía y esas sustancias químicas que ingresaron a mi sangre para ayudarme a seguir viviendo.
Nunca imaginé que aquello que podía hacerme sentir tan débil también estuviera trabajando para salvarme.
Y llegó el invierno.
Como las vides, me quedé sin hojas. Perdí fuerzas, certezas y parte de la seguridad con la que había transitado tantos años.
Pero las raíces seguían allí.
Hoy siento que comienzo a reverdecer.
No soy exactamente la misma planta. Tengo cicatrices, nuevas necesidades y algunos límites que antes no conocía. Pero sigo teniendo ganas de florecer y entregar frutos.
Y descubrí algo que me gusta especialmente: el buen vino necesita tiempo, cuidados y paciencia. No alcanza con tener una buena uva.
Quizás mi próxima vendimia sea diferente. Tal vez produzca menos cantidad, pero quiero que tenga más calidad, más sentido y, sobre todo, más amor.
Porque a la palabra vid solamente le falta una letra para convertirse en vida.
La A de amor.
Nacer no siempre significa haber comenzado a vivir.
En estos días leí una reflexión que me dejó pensando.
Todos nacemos, envejecemos y algún día morimos. Esa es la explicación biológica de nuestra existencia. Pero la vida no es una experiencia lineal ni se resume en cumplir años.
Los estoicos distinguían entre el hecho de haber nacido, algo que ninguno de nosotros eligió, y la posibilidad de llegar a vivir de manera verdaderamente consciente.
Hay momentos en que sentimos que estamos naciendo por primera vez, aunque llevemos décadas caminando por este mundo.
Creo que estoy atravesando uno de esos momentos.
Me dieron una nueva oportunidad. No la pedí de esta manera, ni hubiera elegido recorrer este camino, pero hoy la tengo.
Y ahora depende de mí decidir qué hago con ella.
También siento una responsabilidad con quienes me rodean. Con mi familia, mis amigos, mis compañeros y tantas personas que me demostraron que mi existencia tiene un lugar en sus vidas.
No quiero desperdiciar esta oportunidad.
Quiero seguir aprendiendo, equivocándome, riendo, viajando, compartiendo y encontrando razones para levantarme cada mañana.
Aunque debo reconocer que no todos los días me despierto con las mismas ganas.
También tengo días difíciles.
Mi salud emocional tiene altos y bajos.
Hay mañanas en las que me siento capaz de conquistar el mundo y otras en las que una preocupación pequeña parece ocupar toda mi cabeza.
Mi oncóloga me sugirió conversar con mi terapeuta. Y mientras pensaba en esa recomendación, se me ocurrió que quizás debería buscar al doctor que interpreta Ricardo Darín en su película Lo dejamos acá.
Tal vez encuentre alguna solución para este paciente que todavía está aprendiendo a ordenar sus emociones, sus miedos y sus ganas de vivir.
El humor siempre fue una buena compañía para mí.
Pero reconozco que no todo se resuelve con una sonrisa. Hay heridas que necesitan tiempo, conversaciones y ayuda profesional.
A veces me pregunto si estoy haciendo las cosas bien, si estoy aprovechando esta oportunidad o si debería detenerme un poco más.
Después recuerdo que no tengo obligación de encontrar todas las respuestas.
Estoy aprendiendo a convivir con un cuerpo diferente y también con una sensibilidad que antes quizás escondía detrás de tantas actividades y compromisos.
Y no me avergüenza reconocerlo.
Una semana buscando que mi ser se encuentre con mi alma
Quizás por eso esta semana tuvo tantos significados.
Contemplar las esculturas de Hugo Nantes me llevó a pensar en la capacidad que tiene el ser humano de transformar materiales en emociones, recuerdos y expresiones de nuestra identidad.
Acercarme a la vida judía, a sus tradiciones y a la esperanza de la fe me permitió reflexionar sobre esa necesidad que tenemos de creer, de buscar respuestas y de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Pensé también en cuánto hemos cambiado durante miles de años como especie humana.
Construimos ciudades, desarrollamos tecnologías, descubrimos nuevos materiales y transformamos nuestra manera de comunicarnos.
Pero seguimos necesitando casi las mismas cosas: amor, comprensión, compañía, respeto y esperanza.
En medio de estos encuentros también conocí a Julio, una persona que me dejó otra enseñanza.
Su historia me hizo reflexionar sobre la accesibilidad y sobre algo que muchas veces olvidamos: todos tenemos derecho a disfrutar de la vida, independientemente de nuestras limitaciones físicas, sensoriales o de cualquier otra naturaleza.
La accesibilidad no es solamente construir una rampa o adaptar una puerta. Es permitir que alguien pueda participar, descubrir, conocer, viajar y sentirse parte de la sociedad.
Después de lo que viví, comprendo mejor cuánto vale la autonomía personal y cómo algo que para unos resulta sencillo puede convertirse en un enorme desafío para otros.
Conocer a Julio fue otro de esos regalos que me dejó la semana.
Y me hizo pensar que muchas veces estamos tan ocupados contando nuestras propias historias que olvidamos detenernos a escuchar las de los demás.
¿Qué tan fuerte es la casa que construimos?
Hablando de nuestra identidad, recordé una palabra griega que aparece en la filosofía estoica: oikeiosis, relacionada con oikos, que significa casa u hogar.
Me gusta interpretarla como la posibilidad de entrar verdaderamente en nuestra propia casa. No solamente la que habitamos físicamente, sino aquella que representa quiénes somos, nuestros valores, nuestras decisiones y el sentido de nuestra existencia.
Y pensando en casas, me vino a la memoria cuánto ha cambiado nuestra manera de construirlas.
Hoy reciclamos contenedores, levantamos viviendas con isopanel, utilizamos materiales livianos y encontramos soluciones que hace algunos años parecían impensables.
Pero ¿qué hace realmente fuerte a una casa?
Me acordé del cuento de los tres cerditos.
Uno construyó con paja, otro con madera y el tercero con ladrillos. Después llegó el lobo, sopló y todos sabemos lo que sucedió.
De niños aprendimos que la casa de ladrillos era la más resistente.
Pero hoy me pregunto si nuestra fortaleza depende solamente de los materiales con los que nos construimos.
¿Y nosotros? ¿De qué estamos hechos? ¿Cuántos soplidos de la vida podemos resistir antes de sentir que todo se derrumba?
Yo creía tener una casa bastante sólida.
Había construido una vida con trabajo, proyectos, viajes, amistades, experiencias y muchos sueños.
Hasta que un día llegó un lobo que no esperaba.
Y sopló muy fuerte.
Mi casa tembló.
Algunas paredes se agrietaron. Otras hubo que reconstruirlas. Y descubrí que incluso los cimientos que consideramos más firmes necesitan cuidados.
Hoy estoy reconstruyendo mi casa interior.
Con algunos materiales nuevos, otros recuperados y muchos que me regalaron quienes estuvieron cerca.
Quizás tenga menos habitaciones para guardar preocupaciones innecesarias y ventanas más grandes para dejar entrar nuevas experiencias.
Quiero una casa con espacio para la amistad, la generosidad, la alegría y el amor.
Y, sobre todo, con las puertas abiertas.
Porque he aprendido que la verdadera fortaleza no consiste en impedir que la vida nos derribe, sino en conservar las ganas de volver a construir cuando eso sucede.
No necesito una casa indestructible.
Quiero una casa donde valga la pena vivir.
La mejor medicina también llega de ustedes
Durante estos meses recibí mensajes, palabras de aliento, gestos de cariño y muestras de generosidad que nunca voy a olvidar.
Algunos llegaron de amigos de toda la vida. Otros, de personas que apenas conozco. Y muchos, de lectores que se tomaron unos minutos para escribirme.
No imaginan cuánto significaron.
Cuando el cuerpo está cansado y la cabeza comienza a llenarse de preguntas, descubrir que alguien se acordó de uno puede cambiar completamente el día.
Por eso sigo escribiendo.
No para demostrar fortaleza ni para presentarme como ejemplo de nada.
Escribo porque necesito compartir lo que siento, porque todavía tengo mucho que aprender y porque cada persona que encuentro me ayuda a descubrir algo nuevo.
En breve llegará Tomás, y esa sola expectativa ya me llena de alegría.
Y seguramente alguna noche volveré a dormirme con Facu mi primer nieto que ya cumple dos meses pronto y como dice la canción de Facundo Cabral, encontrando en sus palabras esa mezcla de sabiduría, humor y amor por la existencia que tanto me acompaña, ha llegado al mundo lleno de felicidad para cambiarlo.
Agradezco a quienes estuvieron y siguen estando. A quienes preguntan cómo me encuentro, a quienes me invitan a compartir una experiencia y a quienes simplemente me regalan unos minutos de su tiempo.
Leerlos es una de las mejores medicinas que recibo.
¿Y el César del título?
Seguramente algunos llegaron hasta aquí preguntándose qué tiene que ver el César con las vides, las rosas, las casas y esta nueva etapa de mi vida.
La respuesta está en aquella filosofía que floreció en el mundo grecorromano y que también acompañó a emperadores como Marco Aurelio.
Los estoicos nos invitaron a reconocer qué depende de nosotros y qué debemos aprender a aceptar.
No elegimos nacer. Tampoco podemos controlar todo lo que nos sucede.
Pero sí podemos tomar decisiones sobre la manera en que respondemos a lo que la vida nos presenta.
Vuelvo entonces a la idea de oikeiosis, a esa casa interior que necesitamos reconocer como propia.
Todos somos nacidos, pero no todos logramos nacer de verdad y ocupar plenamente la casa de nuestra existencia, nuestra identidad y nuestro sentido.
Porque cuando nacemos nos dan un origen, pero no un destino.
Ese destino se va construyendo con nuestras decisiones.
Y hay una reflexión que me conmueve especialmente: a algunas personas habría que decirles «Tú todavía no has nacido».
Pero sin odio, sin superioridad y, sobre todo, con ternura.
Porque debe ser muy difícil vivir cuando todavía no hemos conseguido nacer verdaderamente.
Yo siento que estoy naciendo otra vez.
No quiero volver a ser exactamente el hombre que era antes. Quiero conservar lo mejor de él, reconocer sus errores y aprovechar lo que esta nueva oportunidad me permita construir.
No sé cuántas vendimias me quedan.
Nadie lo sabe.
Pero quiero estar presente en cada una de ellas. Cuidar mis raíces, compartir mis frutos y agradecer a quienes fueron mis rosas protectoras cuando más las necesité.
Y si algún día vuelve el invierno, espero recordar que una vid sin hojas no es necesariamente una vid sin vida.
Todavía tiene raíces. Todavía puede brotar.
Hoy no pretendo conquistar ningún imperio como los césares.
Me alcanza con aprender a gobernar mis decisiones, cuidar mi casa interior y disfrutar de quienes quiero.
La vida es como la vid. Y yo todavía tengo mucho amor para dar y muchas vendimias por celebrar.
Gracias por acompañarme, por leerme y por ser parte de esta nueva etapa.
Me siento bendecido.
Jacobo Malowany
Soy modelo 60: nunca es tarde para volver a empezar
Soy modelo 60, tengo 66 años y todavía me quedan muchas ganas de vivir, aprender y motivar
Después de más de 25 años dando conferencias, formando personas y enseñando a jóvenes y adultos, descubrí que la vida no se mide por los éxitos alcanzados, sino por las veces que somos capaces de comenzar nuevamente. He vivido en varios países, he formado generaciones de estudiantes y coaches, he tenido alegrías inmensas y momentos muy difíciles. Hoy, después de atravesar una enfermedad que cambió mi vida, sigo creyendo que hay luz en cada rincón de cada persona.
¿Quién soy? Un hombre que todavía está aprendiendo
Tengo 66 años. Soy modelo 60, aunque todavía no sé muy bien qué significa serlo. Lo que sí sé es que llevo más de 25 años dando conferencias, talleres y clases, tratando de motivar a jóvenes y adultos para que descubran sus capacidades.
He trabajado con personas que buscan comenzar estudios secundarios a una edad en la que otros creen que ya es tarde. También con jóvenes que sueñan con llegar a la universidad, con empresarios, gerentes y personas que necesitan encontrar una razón para seguir adelante.
Mi vida siempre ha sido motivar a mejorar, ser útil a una sociedad que necesita talento.
Muchos me odian y muchos me aclaman. Capaz que no hay un término medio. Nunca fui una persona de términos medios cuando se trata de defender aquello en lo que creo.
Para mí, solamente se puede ser el mejor si vos lo querés. Y ser el mejor no significa necesariamente superar a los demás, sino dar lo mejor de uno mismo.
Aunque tengo que reconocer algo: muchas veces lo que sucede afuera me afecta. Me enojo, me desilusiono y aparecen pensamientos negativos. No soy ese hombre permanentemente positivo que algunos creen conocer.
Pero siempre intento volver a encontrar la luz.
Esta semana me dijeron que era un ser de luz
Me quedé pensando.
¿Por qué?
No lo sé.
Quizás porque durante tantos años traté de transmitir bondad, alegría y motivación. Quizás porque algunas personas encuentran en mis palabras algo que yo mismo no alcanzo a reconocer.
No me considero un ser especial. Soy alguien que intenta hacer el bien, aunque muchas veces se equivoca.
Creo que hay luz en cada rincón de cada persona. A veces está escondida detrás de una tristeza, de una frustración, de una historia familiar o de alguien que le dijo que no servía para nada.
Y ahí aparece algo que siempre me apasionó: ayudar a que esa persona descubra lo que puede llegar a ser.
La vida me puso una prueba que no esperaba
En noviembre me diagnosticaron una enfermedad de esófago que cambiaría mi vida.
Podía tomar dos caminos: vivirlo como una tragedia o enfrentarlo con una actitud positiva.
Elegí la segunda opción.
No porque no tuviera miedo. Lo tuve. Tampoco porque no me hubiera hundido otras veces. Me hundí muchas veces a lo largo de mi vida.
Pero siempre volví a comenzar.
La internación fue casi un periplo turístico, aunque de esos viajes que uno preferiría no repetir. Pasé por el CTI, cuidados intermedios, sala y, como parece que me había gustado tanto la experiencia, hasta volví por un problema cardíaco.
Siempre traté de encontrar algún motivo para sonreír.
No escribí durante aquellos días. Fue prácticamente el único período en el que dejé de hacerlo.
La enfermedad también me obligó a mirar hacia adentro. A preguntarme qué cosas había callado, qué situaciones había soportado y por qué a veces me costaba tanto retirarme de lugares donde ya no me sentía bien.
Hoy estoy aprendiendo a decir lo que siento, a ser más compasivo y a retirarme cuando las cosas no me gustan.
También aprendí que ser positivo no significa negar lo que nos sucede. Significa reconocerlo y decidir qué hacemos con ello.
Y, por supuesto, seguir los tratamientos que necesitamos. La alegría ayuda a vivir mejor, pero no reemplaza a la medicina.
Mis padres, mis hermanos y quienes me ayudaron a ser quien soy
Tuve padres presentes. Hermanos, familiares y personas que siempre estuvieron cuando los necesité.
No llegué solo a ningún lado.
Muchas veces hablamos de nuestros logros como si fueran exclusivamente nuestros. Yo sé que detrás de cada paso que di hubo alguien que me ayudó, que me sostuvo o que simplemente confió en mí.
Estudiar nunca me resultó fácil.
Por más que algunas personas me digan que soy inteligente, yo no me sentía así. Me costaba aprobar las materias. Tenía que estudiar mucho, volver a intentarlo y aceptar que a veces no alcanzaba.
Me recibí en la Facultad de Ciencias Económicas como técnico en comercialización. Recuerdo incluso a un decano que decía que aquella carrera era capitalista.
También me formé en estrategia en el Centro de Altos Estudios Nacionales, donde realicé diferentes cursos. El último fue sobre Innovación en Políticas Públicas.
¿Por qué sigo estudiando?
Porque me apasiona aprender. Porque no quiero quedarme con lo que sabía ayer. Porque cada conocimiento nuevo puede ayudarme a comprender mejor el mundo.
Nunca pensé que a los 66 años estaría tan entusiasmado con la inteligencia artificial.
Y aquí estoy.
La inteligencia artificial y mis nuevas discusiones
Hoy me divierto creando imágenes para mis relatos, investigando, escribiendo y descubriendo herramientas que hace pocos años parecían imposibles.
Pero también discuto con la inteligencia artificial.
Le digo: «Lo podés hacer mejor». «Esto no me convence». «No son mis palabras». «Volvamos a empezar».
Y seguimos discutiendo.
Lo curioso es que esas conversaciones me hacen valorar todavía más las emociones humanas.
Durante muchos años hablé de neuromarketing, de marketing de ciudades y de cómo las emociones influyen en nuestras decisiones.
Ahora, con estas tecnologías, comprendo que tenemos una oportunidad extraordinaria para aprender, crear y comunicar. Pero también que ninguna herramienta debería hacernos perder nuestra humanidad.
Porque una sonrisa verdadera, un abrazo o un alumno que vuelve después de veinte años para agradecerte no pueden reemplazarse con una pantalla.
Descubrí otra manera de enseñar: escribir
Hace unos diez meses que no puedo desarrollar muchas de mis actividades habituales.
Sin embargo, descubrí algo que hoy me produce una enorme alegría: escribir notas periodísticas.
Escribo prácticamente tres o cuatro por día.
Me gusta contar qué tiene una ciudad, qué significa para un turista, qué puede mejorar, cómo puede desarrollarse y qué oportunidades están esperando que alguien las descubra.
No quiero limitarme a informar que hubo un evento o que se inauguró un lugar.
Quiero aportar la mirada del docente, del hombre que ha trabajado en marketing, del viajero que conoce ciudades y del ciudadano que cree que siempre se puede hacer algo mejor.
A veces escribo sobre turismo. Otras veces sobre tecnología, empresas, cultura o desarrollo territorial.
Y en cada nota dejo algo de mí.
Escribir me permite seguir dando conferencias de otra manera. Ya no tengo necesariamente un auditorio frente a mí, pero puedo llegar a personas que nunca conoceré.
Quizás alguna encuentre en mis palabras una idea, una motivación o una oportunidad.
Eso ya me hace feliz.
Tres hijas, Facundo y la llegada de Tomás
Si me preguntan cuál es mi mayor alegría, no tengo ninguna duda.
Mis tres hijas: Tamara, Tatiana y Catalina.
Y ahora Facundo, mientras esperamos que dentro de unos días llegue Tomás.
La familia me ha enseñado cosas que ningún curso de liderazgo podría enseñarme.
Recuerdo cuando me enteré de que venían gemelas. Recuerdo también el nacimiento de Catalina, cuando pude estar presente en el parto.
Y recuerdo una situación que hoy miro con una mezcla de emoción y sorpresa: mientras yo mantenía mi optimismo, Tamara y Tatiana estaban en cuidados intensivos neonatales y yo todavía no me había enterado.
Ser padre me enseñó que la vida no siempre sucede como uno la imagina.
Tuve una esposa excepcional, madre de mis tres hijas. Por esas cosas de la vida, por diferencias y circunstancias, nos separamos.
Pero logramos construir una armonía muy linda.
Hoy miro a nuestras hijas y siento orgullo por las mujeres en las que se han convertido.
También tuve otras parejas que dejaron aprendizajes profundos. Una de ellas me enseñó a acercarme a personas que viven en la calle y a llevarles comida. Aprendí que ayudar no siempre significa hacer grandes cosas.
A veces alcanza con mirar a alguien a los ojos y reconocer que existe.
De cada relación aprendí algo. Algunas me dieron felicidad, otras me hicieron pensar y otras me enseñaron que también hay que saber irse.
Hoy sigo aprendiendo sobre el amor.
Porque, aunque parezca extraño decirlo a los 66 años, todavía estoy aprendiendo qué significa amar y cómo repartir mejor ese amor.
Los alumnos que me enseñaron a mí
He tenido miles de alumnos.
Jóvenes, adultos, personas vulnerables, estudiantes que llegaban sin ganas de estudiar y otros que tenían un sueño enorme, pero no sabían cómo alcanzarlo.
Muchas veces fui exigente.
Les decía que tenían que venir a clase, que tenían que terminar sus estudios y que no podían abandonar ante la primera dificultad.
A veces mis palabras eran fuertes.
Recuerdo especialmente a un alumno con TEA que un día me dijo:
«Usted me tiene que entender a mí».
Nunca olvidé esa frase.
Aquel joven tenía enormes dificultades para leer y escribir. Podía copiar del pizarrón, pero poseía otras habilidades que me sorprendían.
Él me enseñó muchísimo.
Me hizo comprender que la inteligencia no siempre aparece donde el sistema educativo espera encontrarla.
También recuerdo a un gerente de hotel que años después me dijo que mis palabras lo habían motivado a llegar donde estaba.
Esos encuentros valen más que muchos reconocimientos.
Ahora camino por Atlántida y alguien me detiene:
«¿Usted se acuerda de mí? Fue mi profesor».
A veces no recuerdo inmediatamente el nombre, pero siento una alegría enorme.
Porque descubrís que algo de lo que hiciste quedó en otra persona.
Viví en varios países, pero sigo descubriendo mi lugar
Viví en Israel, en Holanda, en Inglaterra, más precisamente en Londres, y en Sabadell, cerca de Barcelona, España.
Mi vida ha sido un paseo por muchos lugares.
Cada país me dejó una experiencia, una manera diferente de comprender a las personas y de mirar el mundo.
En España formé generaciones de coaches. También lo hice en Uruguay.
En México viví momentos extraordinarios dando conferencias. Recuerdo a las personas que se acercaban después para conversar, sacarse una fotografía o contarme algo de sus vidas.
También recuerdo los encuentros de alta gerencia en Villa Gesell y Pinamar, aquellos jóvenes que se acercaban con entusiasmo y con muchos de los cuales todavía mantengo contacto a través de las redes sociales.
Hoy vivo en Atlántida.
Me gusta caminar por la rambla, mirar el mar y disfrutar de los atardeceres.
Un atardecer puede hacerme feliz.
Parece algo sencillo, pero después de ciertas experiencias uno aprende que esas pequeñas cosas son enormes.
La alegría de trabajar por mi ciudad
Participar en instituciones también ha sido una forma de devolver algo de lo que recibí.
Trabajé en la Liga de Fomento de Atlántida, una experiencia que me permitió conocer de cerca los desafíos de mi ciudad.
Hoy participo en la Asociación Turística de Canelones, con la misma motivación de siempre.
Creo que Canelones tiene oportunidades extraordinarias. Que sus ciudades, su gente, sus emprendedores, sus paisajes y su cultura merecen ser conocidos.
Y que el desarrollo no sucede solamente porque alguien tenga una buena idea.
Hay que trabajar, reunirse, discutir, convencer, equivocarse y volver a empezar.
A veces esa pasión me lleva a involucrarme demasiado. A querer resolver problemas que quizás no me corresponden.
Y ahí vuelvo a descubrir que todavía tengo mucho que aprender.
Los libros, la música y las pequeñas cosas
Siempre encontré motivación en los libros.
Me marcaron autores muy diferentes. Recuerdo los libros de Donald Trump sobre pensar en grande, las experiencias empresariales de Lee Iacocca y las lecturas sobre Abraham que me acercaron a mi identidad judía.
Soy judío de madre judía y esa historia forma parte de quien soy.
También me acompaña la música.
Me encanta la música de los años ochenta.
Tuve un tío DJ, con un programa de radio, que me transmitió esa pasión. Comencé a trabajar con él a los trece años.
Le debo muchas gracias y también algunas disculpas por no haber comprendido mejor su forma de ser.
La música me acompaña cuando escribo, cuando pienso y cuando necesito recuperar la alegría.
Y también el fútbol tiene su lugar.
Me hice hincha de Liverpool porque había salido segundo en un campeonato uruguayo.
Siempre me gustó que alguien diferente pudiera ser protagonista. Que un equipo inesperado demostrara que también podía competir y marcar diferencias.
Quizás eso explique algo de mi personalidad.
Me gusta ver cómo alguien que parecía no tener oportunidades termina encontrando su camino.
No todo es alegría, pero sigo eligiendo la actitud
Nunca fumé. Nunca tomé alcohol. Nunca fui un jugador de casino, más allá de alguna ficha por curiosidad.
Y, sin embargo, tuve una enfermedad que jamás imaginé.
Eso también me hizo comprender que no todo depende de nuestras decisiones.
Durante años creí que con actitud y esfuerzo casi todo podía conseguirse. Hoy sigo creyendo en la importancia de la actitud, pero también entiendo que hay circunstancias que no elegimos.
Lo que sí podemos intentar elegir es cómo enfrentarlas.
Me preocupa la droga. Me preocupa la violencia. Me preocupa una sociedad donde muchas veces las malas noticias parecen ocuparlo todo.
Pero también conozco gente buena.
Mucha gente buena.
Personas que ayudan sin pedir nada, docentes que acompañan a sus alumnos, empresarios que generan oportunidades, vecinos que se preocupan por su comunidad y jóvenes que quieren construir un futuro diferente.
Esas historias también merecen ser contadas.
¿Qué quiero hacer con los años que vienen?
Quiero seguir enseñando.
Quiero volver a dar conferencias, talleres de motivación, liderazgo e inteligencia artificial.
Quiero seguir escribiendo sobre turismo, ciudades, empresas y personas.
Quiero disfrutar de mis hijas, de mi familia y de los nuevos integrantes que llegan.
Quiero caminar por la rambla, escuchar música, viajar, conocer gente y continuar aprendiendo.
Quiero enojarme menos.
Quiero comprender mejor a quienes piensan diferente.
Quiero aprender a retirarme de los lugares donde no puedo aportar y dedicar mi energía a aquellos donde todavía puedo ser útil.
Y quiero seguir haciéndome una pregunta que me acompaña desde hace muchos años:
¿Cómo puedo mejorar la vida de los demás?
No tengo una respuesta definitiva.
A veces será una conferencia. Otras, una clase, una nota periodística, una conversación o simplemente escuchar a alguien que necesita hablar.
Durante mucho tiempo pensé que la felicidad estaba relacionada con alcanzar objetivos.
Hoy la encuentro también en algo mucho más sencillo: una persona que me sonríe, me mira a la cara y me dice gracias.
Tengo 66 años. Soy modelo 60.
He comenzado muchas veces, he perdido, he ganado, me he equivocado y he tenido que pedir disculpas.
No soy perfecto. Tampoco quiero serlo.
Quiero seguir siendo una persona capaz de aprender, de cambiar y de encontrar motivos para levantarse cada mañana.
Porque todavía tengo historias para contar, personas por conocer, lugares por descubrir y muchas cosas por mejorar.
Y porque, después de todo lo vivido, sigo convencido de algo:
La vida no siempre nos da lo que queremos, pero mientras tengamos ganas de aprender, de amar y de ayudar, siempre tendremos algo importante para ofrecer.
Y eso, para mí, ya es bastante.
Mujeres rurales y turismo: saberes que construyen futuro
El futuro del turismo también se construye desde sus saberes
En el marco del Día Internacional de las Mujeres Rurales, una reflexión sobre el valor del patrimonio vivo y las condiciones necesarias para que el turismo genere oportunidades para quienes lo sostienen.
Cada 15 de octubre, el Día Internacional de las Mujeres Rurales invita a reconocer un trabajo que atraviesa la producción de alimentos, las economías familiares y la vida comunitaria. Para el turismo, la fecha también abre una pregunta: ¿qué lugar ocupan las mujeres rurales en las decisiones y en los beneficios de una actividad que encuentra en sus saberes parte de su identidad?
En una mesa regional, un queso artesanal, un tejido o una técnica de cultivo hay mucho más que un producto para ofrecer al visitante. Hay conocimientos transmitidos entre generaciones, horas de trabajo y formas de relacionarse con el territorio. Ese patrimonio está vivo porque hay personas que lo practican, lo enseñan y lo transforman.
Las mujeres rurales sostienen una parte fundamental de esa continuidad. Sin embargo, su presencia en una experiencia turística no garantiza que su aporte reciba una remuneración justa ni que puedan decidir cómo se presenta. Una cocinera puede ser protagonista del relato de un destino y tener escasa participación en el precio de la experiencia. Una artesana puede aparecer en la promoción turística sin intervenir en las condiciones de comercialización de su trabajo.
Por eso, poner en valor el patrimonio exige preguntarse quién recibe ese valor.
El turismo tiene posibilidades concretas de contribuir: una visita a un establecimiento productivo, un taller de oficios o un recorrido gastronómico pueden generar ingresos por la venta de productos, la atención al visitante y la transmisión de conocimientos. Para que esas oportunidades sean significativas, hace falta reconocer cada tarea, acordar su remuneración y dar lugar a quienes reciben visitantes en el diseño de la propuesta.
También es necesario mirar el tiempo. Cuando el turismo se suma a las responsabilidades productivas, domésticas y de cuidado, puede ampliar la jornada de las mujeres sin mejorar suficientemente sus ingresos. Evaluar un emprendimiento requiere observar tanto lo que factura como el trabajo que demanda y la manera en que se distribuye.
De cara al futuro, otro desafío es la continuidad generacional. Los saberes necesitan espacios de aprendizaje, pero también condiciones para que las jóvenes puedan elegir desarrollarlos como una actividad con perspectivas. La conectividad, la formación, el acceso al financiamiento y los servicios de cuidado forman parte de esa posibilidad.
El patrimonio vivo, además, tiene derecho a cambiar. Las nuevas generaciones pueden incorporar diseños, herramientas y formas de comercialización propias. Esperar que una comunidad permanezca inmóvil para satisfacer la imagen que busca el visitante limita su capacidad de construir futuro.
Hay, por último, una decisión que debe permanecer en el territorio: qué se comparte y bajo qué condiciones. Las comunidades deben poder establecer límites, cuidar sus espacios y participar de la forma en que se cuenta su historia. La hospitalidad tiene sentido cuando nace de una elección y se desarrolla en términos acordados.
En este Día Internacional de las Mujeres Rurales, el turismo tiene la oportunidad de revisar sus prácticas. Escuchar a las productoras, contratar sus servicios, comprar a precios justos e incorporarlas a los espacios de decisión son pasos concretos que pueden dar contenido al reconocimiento.
El futuro del turismo rural se juega también allí: en que una mujer pueda vivir mejor de lo que sabe, decidir sobre su trabajo y encontrar condiciones para transmitirlo. Ese es un horizonte de desarrollo que merece convertirse en parte de la agenda de los destinos.
¿Por qué algunas empresas y profesionales encuentran oportunidades que otros dejan pasar?
Entre las conversaciones en la FIT y el conversatorio sobre turismo de lujo, me quedó una inquietud: ¿cuánto hay de suerte y cuánto de preparación en las oportunidades que aparecen? Esa pregunta me llevó a buscar lecturas e investigaciones para escribir esta nota y pensar cómo construimos nuevas posibilidades en el turismo.
Turismo: las oportunidades también se construyen
Participar, mostrar lo que hacemos y ampliar nuestros vínculos puede abrir nuevas posibilidades de negocio. Un manual sobre la suerte invita a revisar cuánto dejamos al azar y qué podemos hacer para encontrar oportunidades en el turismo.
Por Jacobo Malowany
En una feria de turismo, una conversación puede comenzar con un saludo y terminar en una propuesta comercial. También puede quedar en una tarjeta guardada, sin que nadie vuelva a comunicarse. Entre ambas situaciones hay decisiones: escuchar, identificar un interés común, presentar una propuesta y darle seguimiento.
Cuando un encuentro produce resultados, solemos decir que hubo suerte. Pero esa explicación deja afuera buena parte del trabajo que permitió aprovecharlo.
El documento The Luck Field Manual, difundido por PolymathInvestor.com, reúne 33 recomendaciones para aumentar el contacto con oportunidades. Propone actuar, comunicar lo que hacemos, conocer personas fuera de nuestro círculo habitual y conservar capacidad para cambiar de rumbo. Su lectura permite trasladar una pregunta al sector turístico: ¿estamos generando las condiciones para que aparezcan nuevas posibilidades?
Hacer y hacerse visible
Una de las referencias del manual es el emprendedor Jason Roberts, quien desarrolló el concepto de «superficie de la suerte». Su planteo relaciona dos acciones: trabajar en algo que sabemos hacer y comunicarlo a otras personas. Es una metáfora sobre cómo ampliar oportunidades, no una fórmula científica que permita calcular el éxito. (codusoperandi.com)
Aplicado al turismo, tiene una consecuencia concreta. Una bodega puede ofrecer una excelente visita, un alojamiento brindar atención cuidada y un guía conocer historias que enriquecen un recorrido. Para que esa calidad genere nuevas consultas, alguien debe poder descubrirla, comprenderla y encontrar cómo contratarla.
Comunicar exige más que publicar una fotografía. Supone explicar qué experiencia se ofrece, para quién resulta interesante, cómo se reserva y qué la distingue. Esa información ayuda al viajero, pero también al agente de viajes, al periodista o a otro prestador que podría recomendarla.
Ampliar la conversación
El manual también destaca los contactos que mantenemos fuera del círculo más cercano. La idea tiene antecedentes en los estudios sobre vínculos débiles: relaciones con conocidos que pueden acercarnos información distinta de la que circula entre nuestros contactos habituales.
Una investigación publicada en Science en 2022 analizó experimentos realizados en LinkedIn y encontró que los vínculos relativamente débiles favorecieron la movilidad laboral, aunque el efecto tuvo límites y varió según el sector. El resultado corresponde al empleo; trasladarlo al turismo es una interpretación, no una conclusión del estudio. (PubMed)
Sin embargo, ofrece una buena pregunta para nuestras organizaciones: ¿conversamos siempre con los mismos?
Un alojamiento que se relaciona con productores rurales, propuestas culturales o guías de naturaleza puede encontrar combinaciones que antes no había considerado. Una asociación turística puede facilitar esos encuentros y ayudar a convertir servicios separados en una experiencia compartida.
El valor de una red se aprecia cuando circula información útil, se cumplen compromisos y aparecen colaboraciones.
Probar, escuchar y corregir
Otra recomendación del documento consiste en experimentar con riesgos acotados. En turismo, podría significar probar una salida temática, organizar una jornada gastronómica o presentar una propuesta conjunta durante un fin de semana.
Estas pruebas permiten conocer la respuesta del público antes de comprometer recursos mayores. Conviene definir qué se quiere aprender: si existe demanda, si el precio resulta adecuado, si el recorrido funciona o si los participantes recomendarían la experiencia.
La cantidad de iniciativas, por sí sola, no asegura resultados. Cada intento necesita calidad, evaluación y una decisión posterior. Si una propuesta no funciona, corresponde revisar sus causas antes de repetirla.
Estar atentos a lo inesperado
El psicólogo Richard Wiseman estudió durante una década a personas que se consideraban afortunadas o desafortunadas. En su síntesis identifica comportamientos relacionados con crear y reconocer oportunidades, abrirse a nuevas experiencias y afrontar los contratiempos. Sus trabajos permiten pensar en el papel de la conducta y la percepción, sin afirmar que podemos controlar el azar. (PROF Richard Wiseman)
Para el turismo, esa mirada invita a escuchar con más atención. Una consulta que se repite puede revelar una necesidad desatendida. Una conversación con un visitante puede aportar información que no aparece en las estadísticas. Un encuentro entre prestadores puede mostrar que existe una propuesta posible, aunque todavía nadie la haya organizado.
Planificar sigue siendo necesario. También lo es disponer de tiempo y recursos para evaluar algo que no estaba previsto.
La oportunidad necesita continuidad
Estas ideas tienen un límite: el esfuerzo no elimina las desigualdades de acceso, los problemas de conectividad ni las condiciones económicas. Tampoco todos los emprendimientos cuentan con los mismos recursos para viajar, promocionarse o experimentar.
Por eso, la cooperación sectorial importa. Compartir información, facilitar contactos y acercar herramientas puede ampliar las posibilidades de quienes trabajan con estructuras pequeñas.
En turismo, una feria puede abrir una puerta. La continuidad depende de lo que hacemos después: responder, enviar una propuesta concreta, cumplir lo acordado y sostener la relación.
La próxima oportunidad quizá comience con una conversación inesperada. Estar preparados para darle continuidad es una tarea que podemos empezar hoy.
Fuentes para consultar
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The Luck Field Manual: 33 Rules for Engineering Serendipity, PolymathInvestor.com, documento utilizado como punto de partida.
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Jason Roberts: How to Increase Your Luck Surface Area.
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Richard Wiseman: Investigaciones sobre suerte y desarrollo personal.
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Rajkumar y colaboradores, Science (2022): A causal test of the strength of weak ties.
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