Soy modelo 60, tengo 66 años y todavía me quedan muchas ganas de vivir, aprender y motivar
Después de más de 25 años dando conferencias, formando personas y enseñando a jóvenes y adultos, descubrí que la vida no se mide por los éxitos alcanzados, sino por las veces que somos capaces de comenzar nuevamente. He vivido en varios países, he formado generaciones de estudiantes y coaches, he tenido alegrías inmensas y momentos muy difíciles. Hoy, después de atravesar una enfermedad que cambió mi vida, sigo creyendo que hay luz en cada rincón de cada persona.
¿Quién soy? Un hombre que todavía está aprendiendo
Tengo 66 años. Soy modelo 60, aunque todavía no sé muy bien qué significa serlo. Lo que sí sé es que llevo más de 25 años dando conferencias, talleres y clases, tratando de motivar a jóvenes y adultos para que descubran sus capacidades.
He trabajado con personas que buscan comenzar estudios secundarios a una edad en la que otros creen que ya es tarde. También con jóvenes que sueñan con llegar a la universidad, con empresarios, gerentes y personas que necesitan encontrar una razón para seguir adelante.
Mi vida siempre ha sido motivar a mejorar, ser útil a una sociedad que necesita talento.
Muchos me odian y muchos me aclaman. Capaz que no hay un término medio. Nunca fui una persona de términos medios cuando se trata de defender aquello en lo que creo.
Para mí, solamente se puede ser el mejor si vos lo querés. Y ser el mejor no significa necesariamente superar a los demás, sino dar lo mejor de uno mismo.
Aunque tengo que reconocer algo: muchas veces lo que sucede afuera me afecta. Me enojo, me desilusiono y aparecen pensamientos negativos. No soy ese hombre permanentemente positivo que algunos creen conocer.
Pero siempre intento volver a encontrar la luz.
Esta semana me dijeron que era un ser de luz
Me quedé pensando.
¿Por qué?
No lo sé.
Quizás porque durante tantos años traté de transmitir bondad, alegría y motivación. Quizás porque algunas personas encuentran en mis palabras algo que yo mismo no alcanzo a reconocer.
No me considero un ser especial. Soy alguien que intenta hacer el bien, aunque muchas veces se equivoca.
Creo que hay luz en cada rincón de cada persona. A veces está escondida detrás de una tristeza, de una frustración, de una historia familiar o de alguien que le dijo que no servía para nada.
Y ahí aparece algo que siempre me apasionó: ayudar a que esa persona descubra lo que puede llegar a ser.
La vida me puso una prueba que no esperaba
En noviembre me diagnosticaron una enfermedad de esófago que cambiaría mi vida.
Podía tomar dos caminos: vivirlo como una tragedia o enfrentarlo con una actitud positiva.
Elegí la segunda opción.
No porque no tuviera miedo. Lo tuve. Tampoco porque no me hubiera hundido otras veces. Me hundí muchas veces a lo largo de mi vida.
Pero siempre volví a comenzar.
La internación fue casi un periplo turístico, aunque de esos viajes que uno preferiría no repetir. Pasé por el CTI, cuidados intermedios, sala y, como parece que me había gustado tanto la experiencia, hasta volví por un problema cardíaco.
Siempre traté de encontrar algún motivo para sonreír.
No escribí durante aquellos días. Fue prácticamente el único período en el que dejé de hacerlo.
La enfermedad también me obligó a mirar hacia adentro. A preguntarme qué cosas había callado, qué situaciones había soportado y por qué a veces me costaba tanto retirarme de lugares donde ya no me sentía bien.
Hoy estoy aprendiendo a decir lo que siento, a ser más compasivo y a retirarme cuando las cosas no me gustan.
También aprendí que ser positivo no significa negar lo que nos sucede. Significa reconocerlo y decidir qué hacemos con ello.
Y, por supuesto, seguir los tratamientos que necesitamos. La alegría ayuda a vivir mejor, pero no reemplaza a la medicina.
Mis padres, mis hermanos y quienes me ayudaron a ser quien soy
Tuve padres presentes. Hermanos, familiares y personas que siempre estuvieron cuando los necesité.
No llegué solo a ningún lado.
Muchas veces hablamos de nuestros logros como si fueran exclusivamente nuestros. Yo sé que detrás de cada paso que di hubo alguien que me ayudó, que me sostuvo o que simplemente confió en mí.
Estudiar nunca me resultó fácil.
Por más que algunas personas me digan que soy inteligente, yo no me sentía así. Me costaba aprobar las materias. Tenía que estudiar mucho, volver a intentarlo y aceptar que a veces no alcanzaba.
Me recibí en la Facultad de Ciencias Económicas como técnico en comercialización. Recuerdo incluso a un decano que decía que aquella carrera era capitalista.
También me formé en estrategia en el Centro de Altos Estudios Nacionales, donde realicé diferentes cursos. El último fue sobre Innovación en Políticas Públicas.
¿Por qué sigo estudiando?
Porque me apasiona aprender. Porque no quiero quedarme con lo que sabía ayer. Porque cada conocimiento nuevo puede ayudarme a comprender mejor el mundo.
Nunca pensé que a los 66 años estaría tan entusiasmado con la inteligencia artificial.
Y aquí estoy.
La inteligencia artificial y mis nuevas discusiones
Hoy me divierto creando imágenes para mis relatos, investigando, escribiendo y descubriendo herramientas que hace pocos años parecían imposibles.
Pero también discuto con la inteligencia artificial.
Le digo: «Lo podés hacer mejor». «Esto no me convence». «No son mis palabras». «Volvamos a empezar».
Y seguimos discutiendo.
Lo curioso es que esas conversaciones me hacen valorar todavía más las emociones humanas.
Durante muchos años hablé de neuromarketing, de marketing de ciudades y de cómo las emociones influyen en nuestras decisiones.
Ahora, con estas tecnologías, comprendo que tenemos una oportunidad extraordinaria para aprender, crear y comunicar. Pero también que ninguna herramienta debería hacernos perder nuestra humanidad.
Porque una sonrisa verdadera, un abrazo o un alumno que vuelve después de veinte años para agradecerte no pueden reemplazarse con una pantalla.
Descubrí otra manera de enseñar: escribir
Hace unos diez meses que no puedo desarrollar muchas de mis actividades habituales.
Sin embargo, descubrí algo que hoy me produce una enorme alegría: escribir notas periodísticas.
Escribo prácticamente tres o cuatro por día.
Me gusta contar qué tiene una ciudad, qué significa para un turista, qué puede mejorar, cómo puede desarrollarse y qué oportunidades están esperando que alguien las descubra.
No quiero limitarme a informar que hubo un evento o que se inauguró un lugar.
Quiero aportar la mirada del docente, del hombre que ha trabajado en marketing, del viajero que conoce ciudades y del ciudadano que cree que siempre se puede hacer algo mejor.
A veces escribo sobre turismo. Otras veces sobre tecnología, empresas, cultura o desarrollo territorial.
Y en cada nota dejo algo de mí.
Escribir me permite seguir dando conferencias de otra manera. Ya no tengo necesariamente un auditorio frente a mí, pero puedo llegar a personas que nunca conoceré.
Quizás alguna encuentre en mis palabras una idea, una motivación o una oportunidad.
Eso ya me hace feliz.
Tres hijas, Facundo y la llegada de Tomás
Si me preguntan cuál es mi mayor alegría, no tengo ninguna duda.
Mis tres hijas: Tamara, Tatiana y Catalina.
Y ahora Facundo, mientras esperamos que dentro de unos días llegue Tomás.
La familia me ha enseñado cosas que ningún curso de liderazgo podría enseñarme.
Recuerdo cuando me enteré de que venían gemelas. Recuerdo también el nacimiento de Catalina, cuando pude estar presente en el parto.
Y recuerdo una situación que hoy miro con una mezcla de emoción y sorpresa: mientras yo mantenía mi optimismo, Tamara y Tatiana estaban en cuidados intensivos neonatales y yo todavía no me había enterado.
Ser padre me enseñó que la vida no siempre sucede como uno la imagina.
Tuve una esposa excepcional, madre de mis tres hijas. Por esas cosas de la vida, por diferencias y circunstancias, nos separamos.
Pero logramos construir una armonía muy linda.
Hoy miro a nuestras hijas y siento orgullo por las mujeres en las que se han convertido.
También tuve otras parejas que dejaron aprendizajes profundos. Una de ellas me enseñó a acercarme a personas que viven en la calle y a llevarles comida. Aprendí que ayudar no siempre significa hacer grandes cosas.
A veces alcanza con mirar a alguien a los ojos y reconocer que existe.
De cada relación aprendí algo. Algunas me dieron felicidad, otras me hicieron pensar y otras me enseñaron que también hay que saber irse.
Hoy sigo aprendiendo sobre el amor.
Porque, aunque parezca extraño decirlo a los 66 años, todavía estoy aprendiendo qué significa amar y cómo repartir mejor ese amor.
Los alumnos que me enseñaron a mí
He tenido miles de alumnos.
Jóvenes, adultos, personas vulnerables, estudiantes que llegaban sin ganas de estudiar y otros que tenían un sueño enorme, pero no sabían cómo alcanzarlo.
Muchas veces fui exigente.
Les decía que tenían que venir a clase, que tenían que terminar sus estudios y que no podían abandonar ante la primera dificultad.
A veces mis palabras eran fuertes.
Recuerdo especialmente a un alumno con TEA que un día me dijo:
«Usted me tiene que entender a mí».
Nunca olvidé esa frase.
Aquel joven tenía enormes dificultades para leer y escribir. Podía copiar del pizarrón, pero poseía otras habilidades que me sorprendían.
Él me enseñó muchísimo.
Me hizo comprender que la inteligencia no siempre aparece donde el sistema educativo espera encontrarla.
También recuerdo a un gerente de hotel que años después me dijo que mis palabras lo habían motivado a llegar donde estaba.
Esos encuentros valen más que muchos reconocimientos.
Ahora camino por Atlántida y alguien me detiene:
«¿Usted se acuerda de mí? Fue mi profesor».
A veces no recuerdo inmediatamente el nombre, pero siento una alegría enorme.
Porque descubrís que algo de lo que hiciste quedó en otra persona.
Viví en varios países, pero sigo descubriendo mi lugar
Viví en Israel, en Holanda, en Inglaterra, más precisamente en Londres, y en Sabadell, cerca de Barcelona, España.
Mi vida ha sido un paseo por muchos lugares.
Cada país me dejó una experiencia, una manera diferente de comprender a las personas y de mirar el mundo.
En España formé generaciones de coaches. También lo hice en Uruguay.
En México viví momentos extraordinarios dando conferencias. Recuerdo a las personas que se acercaban después para conversar, sacarse una fotografía o contarme algo de sus vidas.
También recuerdo los encuentros de alta gerencia en Villa Gesell y Pinamar, aquellos jóvenes que se acercaban con entusiasmo y con muchos de los cuales todavía mantengo contacto a través de las redes sociales.
Hoy vivo en Atlántida.
Me gusta caminar por la rambla, mirar el mar y disfrutar de los atardeceres.
Un atardecer puede hacerme feliz.
Parece algo sencillo, pero después de ciertas experiencias uno aprende que esas pequeñas cosas son enormes.
La alegría de trabajar por mi ciudad
Participar en instituciones también ha sido una forma de devolver algo de lo que recibí.
Trabajé en la Liga de Fomento de Atlántida, una experiencia que me permitió conocer de cerca los desafíos de mi ciudad.
Hoy participo en la Asociación Turística de Canelones, con la misma motivación de siempre.
Creo que Canelones tiene oportunidades extraordinarias. Que sus ciudades, su gente, sus emprendedores, sus paisajes y su cultura merecen ser conocidos.
Y que el desarrollo no sucede solamente porque alguien tenga una buena idea.
Hay que trabajar, reunirse, discutir, convencer, equivocarse y volver a empezar.
A veces esa pasión me lleva a involucrarme demasiado. A querer resolver problemas que quizás no me corresponden.
Y ahí vuelvo a descubrir que todavía tengo mucho que aprender.
Los libros, la música y las pequeñas cosas
Siempre encontré motivación en los libros.
Me marcaron autores muy diferentes. Recuerdo los libros de Donald Trump sobre pensar en grande, las experiencias empresariales de Lee Iacocca y las lecturas sobre Abraham que me acercaron a mi identidad judía.
Soy judío de madre judía y esa historia forma parte de quien soy.
También me acompaña la música.
Me encanta la música de los años ochenta.
Tuve un tío DJ, con un programa de radio, que me transmitió esa pasión. Comencé a trabajar con él a los trece años.
Le debo muchas gracias y también algunas disculpas por no haber comprendido mejor su forma de ser.
La música me acompaña cuando escribo, cuando pienso y cuando necesito recuperar la alegría.
Y también el fútbol tiene su lugar.
Me hice hincha de Liverpool porque había salido segundo en un campeonato uruguayo.
Siempre me gustó que alguien diferente pudiera ser protagonista. Que un equipo inesperado demostrara que también podía competir y marcar diferencias.
Quizás eso explique algo de mi personalidad.
Me gusta ver cómo alguien que parecía no tener oportunidades termina encontrando su camino.
No todo es alegría, pero sigo eligiendo la actitud
Nunca fumé. Nunca tomé alcohol. Nunca fui un jugador de casino, más allá de alguna ficha por curiosidad.
Y, sin embargo, tuve una enfermedad que jamás imaginé.
Eso también me hizo comprender que no todo depende de nuestras decisiones.
Durante años creí que con actitud y esfuerzo casi todo podía conseguirse. Hoy sigo creyendo en la importancia de la actitud, pero también entiendo que hay circunstancias que no elegimos.
Lo que sí podemos intentar elegir es cómo enfrentarlas.
Me preocupa la droga. Me preocupa la violencia. Me preocupa una sociedad donde muchas veces las malas noticias parecen ocuparlo todo.
Pero también conozco gente buena.
Mucha gente buena.
Personas que ayudan sin pedir nada, docentes que acompañan a sus alumnos, empresarios que generan oportunidades, vecinos que se preocupan por su comunidad y jóvenes que quieren construir un futuro diferente.
Esas historias también merecen ser contadas.
¿Qué quiero hacer con los años que vienen?
Quiero seguir enseñando.
Quiero volver a dar conferencias, talleres de motivación, liderazgo e inteligencia artificial.
Quiero seguir escribiendo sobre turismo, ciudades, empresas y personas.
Quiero disfrutar de mis hijas, de mi familia y de los nuevos integrantes que llegan.
Quiero caminar por la rambla, escuchar música, viajar, conocer gente y continuar aprendiendo.
Quiero enojarme menos.
Quiero comprender mejor a quienes piensan diferente.
Quiero aprender a retirarme de los lugares donde no puedo aportar y dedicar mi energía a aquellos donde todavía puedo ser útil.
Y quiero seguir haciéndome una pregunta que me acompaña desde hace muchos años:
¿Cómo puedo mejorar la vida de los demás?
No tengo una respuesta definitiva.
A veces será una conferencia. Otras, una clase, una nota periodística, una conversación o simplemente escuchar a alguien que necesita hablar.
Durante mucho tiempo pensé que la felicidad estaba relacionada con alcanzar objetivos.
Hoy la encuentro también en algo mucho más sencillo: una persona que me sonríe, me mira a la cara y me dice gracias.
Tengo 66 años. Soy modelo 60.
He comenzado muchas veces, he perdido, he ganado, me he equivocado y he tenido que pedir disculpas.
No soy perfecto. Tampoco quiero serlo.
Quiero seguir siendo una persona capaz de aprender, de cambiar y de encontrar motivos para levantarse cada mañana.
Porque todavía tengo historias para contar, personas por conocer, lugares por descubrir y muchas cosas por mejorar.
Y porque, después de todo lo vivido, sigo convencido de algo:
La vida no siempre nos da lo que queremos, pero mientras tengamos ganas de aprender, de amar y de ayudar, siempre tendremos algo importante para ofrecer.
Y eso, para mí, ya es bastante.
