La vid y el César: volver a nacer después de una segunda oportunidad
Domingo, 25 Octubre 2026 11:09

La vid y el César: volver a nacer después de una segunda oportunidad

Después de un tratamiento exitoso y una cirugía que cambió mi manera de vivir, esta semana encontré entre viñedos, personas, arte y reflexiones una forma diferente de comprender mi propia historia. La vida es como la vid: tiene inviernos, necesita cuidados y siempre conserva la posibilidad de volver a brotar.
Hay semanas que parecen una más en el calendario, pero terminan dejándonos reflexiones que no esperábamos. Esta fue una de ellas.
Hoy, recuperado de un tratamiento exitoso y de una cirugía que me obligó a aprender nuevamente algo tan natural como comer y digerir, puedo decir que mi manera de mirar la vida cambió.
Tuve cáncer de esófago. Hoy ya no lo tengo. Es una frase que puedo escribir con alegría, aunque todavía estoy aprendiendo a convivir con las consecuencias de todo lo que atravesé.
Mi cuerpo tiene nuevas reglas. Hay alimentos que debo conocer otra vez, cantidades que debo medir y sensaciones que antes ni siquiera imaginaba. Pero también hay algo que cambió mucho más que mi aparato digestivo: el filtro con el que observo lo que sucede a mi alrededor.
Esta semana anduve por bodegas, conversé con personas maravillosas y conocí a Rosita, una mujer increíble que me hizo pensar en la relación entre la vida y el vino.
Y allí, entre viñedos, historias y copas, terminé encontrándome conmigo mismo.
La vida es como la vid
Durante muchos años me sentí como una vid en plena producción. Floreciendo, dando frutos, desarrollando proyectos, viajando, enseñando, conociendo lugares y cosechando amistades.
Me gustaba pensar que era un buen vino de origen, de esos que tienen identidad, carácter e historia propia.
Pero las vides también tienen enemigos. La filoxera, por ejemplo, fue capaz de destruir enormes extensiones de viñedos. Y están las enfermedades, las heladas y los cambios del clima, que pueden comprometer una cosecha. Aprendizajes por mi paso por la escuela de vitivinicultura de mi querida Universidad del Trabajo.
En muchas bodegas encontramos rosas plantadas al comienzo de las hileras. Tradicionalmente, se las utilizó como una señal de alerta frente a ciertas enfermedades de las plantas. Me gusta pensar en ellas como compañeras que embellecen el paisaje y nos recuerdan la importancia de cuidar aquello que queremos conservar.
En mi vida también hubo rosas. Personas que estuvieron cerca, que advirtieron, acompañaron y me ayudaron a atravesar momentos difíciles.
Yo me creía una vid fuerte, casi orgánica de origen, capaz de resistir cualquier temporada.
Hasta que llegó una enfermedad que no pidió permiso.
Entonces aparecieron los tratamientos, los medicamentos, la cirugía y esas sustancias químicas que ingresaron a mi sangre para ayudarme a seguir viviendo.
Nunca imaginé que aquello que podía hacerme sentir tan débil también estuviera trabajando para salvarme.
Y llegó el invierno.
Como las vides, me quedé sin hojas. Perdí fuerzas, certezas y parte de la seguridad con la que había transitado tantos años.
Pero las raíces seguían allí.
Hoy siento que comienzo a reverdecer.
No soy exactamente la misma planta. Tengo cicatrices, nuevas necesidades y algunos límites que antes no conocía. Pero sigo teniendo ganas de florecer y entregar frutos.
Y descubrí algo que me gusta especialmente: el buen vino necesita tiempo, cuidados y paciencia. No alcanza con tener una buena uva.
Quizás mi próxima vendimia sea diferente. Tal vez produzca menos cantidad, pero quiero que tenga más calidad, más sentido y, sobre todo, más amor.
Porque a la palabra vid solamente le falta una letra para convertirse en vida.
La A de amor.
Nacer no siempre significa haber comenzado a vivir.
En estos días leí una reflexión que me dejó pensando.
Todos nacemos, envejecemos y algún día morimos. Esa es la explicación biológica de nuestra existencia. Pero la vida no es una experiencia lineal ni se resume en cumplir años.
Los estoicos distinguían entre el hecho de haber nacido, algo que ninguno de nosotros eligió, y la posibilidad de llegar a vivir de manera verdaderamente consciente.
Hay momentos en que sentimos que estamos naciendo por primera vez, aunque llevemos décadas caminando por este mundo.
Creo que estoy atravesando uno de esos momentos.
Me dieron una nueva oportunidad. No la pedí de esta manera, ni hubiera elegido recorrer este camino, pero hoy la tengo.
Y ahora depende de mí decidir qué hago con ella.
También siento una responsabilidad con quienes me rodean. Con mi familia, mis amigos, mis compañeros y tantas personas que me demostraron que mi existencia tiene un lugar en sus vidas.
No quiero desperdiciar esta oportunidad.
Quiero seguir aprendiendo, equivocándome, riendo, viajando, compartiendo y encontrando razones para levantarme cada mañana.
Aunque debo reconocer que no todos los días me despierto con las mismas ganas.
También tengo días difíciles.
Mi salud emocional tiene altos y bajos.
Hay mañanas en las que me siento capaz de conquistar el mundo y otras en las que una preocupación pequeña parece ocupar toda mi cabeza.
Mi oncóloga me sugirió conversar con mi terapeuta. Y mientras pensaba en esa recomendación, se me ocurrió que quizás debería buscar al doctor que interpreta Ricardo Darín en su película Lo dejamos acá.
Tal vez encuentre alguna solución para este paciente que todavía está aprendiendo a ordenar sus emociones, sus miedos y sus ganas de vivir.
El humor siempre fue una buena compañía para mí.
Pero reconozco que no todo se resuelve con una sonrisa. Hay heridas que necesitan tiempo, conversaciones y ayuda profesional.
A veces me pregunto si estoy haciendo las cosas bien, si estoy aprovechando esta oportunidad o si debería detenerme un poco más.
Después recuerdo que no tengo obligación de encontrar todas las respuestas.
Estoy aprendiendo a convivir con un cuerpo diferente y también con una sensibilidad que antes quizás escondía detrás de tantas actividades y compromisos.
Y no me avergüenza reconocerlo.
Una semana buscando que mi ser se encuentre con mi alma
Quizás por eso esta semana tuvo tantos significados.
Contemplar las esculturas de Hugo Nantes me llevó a pensar en la capacidad que tiene el ser humano de transformar materiales en emociones, recuerdos y expresiones de nuestra identidad.
Acercarme a la vida judía, a sus tradiciones y a la esperanza de la fe me permitió reflexionar sobre esa necesidad que tenemos de creer, de buscar respuestas y de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Pensé también en cuánto hemos cambiado durante miles de años como especie humana.
Construimos ciudades, desarrollamos tecnologías, descubrimos nuevos materiales y transformamos nuestra manera de comunicarnos.
Pero seguimos necesitando casi las mismas cosas: amor, comprensión, compañía, respeto y esperanza.
En medio de estos encuentros también conocí a Julio, una persona que me dejó otra enseñanza.
Su historia me hizo reflexionar sobre la accesibilidad y sobre algo que muchas veces olvidamos: todos tenemos derecho a disfrutar de la vida, independientemente de nuestras limitaciones físicas, sensoriales o de cualquier otra naturaleza.
La accesibilidad no es solamente construir una rampa o adaptar una puerta. Es permitir que alguien pueda participar, descubrir, conocer, viajar y sentirse parte de la sociedad.
Después de lo que viví, comprendo mejor cuánto vale la autonomía personal y cómo algo que para unos resulta sencillo puede convertirse en un enorme desafío para otros.
Conocer a Julio fue otro de esos regalos que me dejó la semana.
Y me hizo pensar que muchas veces estamos tan ocupados contando nuestras propias historias que olvidamos detenernos a escuchar las de los demás.
¿Qué tan fuerte es la casa que construimos?
Hablando de nuestra identidad, recordé una palabra griega que aparece en la filosofía estoica: oikeiosis, relacionada con oikos, que significa casa u hogar.
Me gusta interpretarla como la posibilidad de entrar verdaderamente en nuestra propia casa. No solamente la que habitamos físicamente, sino aquella que representa quiénes somos, nuestros valores, nuestras decisiones y el sentido de nuestra existencia.
Y pensando en casas, me vino a la memoria cuánto ha cambiado nuestra manera de construirlas.
Hoy reciclamos contenedores, levantamos viviendas con isopanel, utilizamos materiales livianos y encontramos soluciones que hace algunos años parecían impensables.
Pero ¿qué hace realmente fuerte a una casa?
Me acordé del cuento de los tres cerditos.
Uno construyó con paja, otro con madera y el tercero con ladrillos. Después llegó el lobo, sopló y todos sabemos lo que sucedió.
De niños aprendimos que la casa de ladrillos era la más resistente.
Pero hoy me pregunto si nuestra fortaleza depende solamente de los materiales con los que nos construimos.
¿Y nosotros? ¿De qué estamos hechos? ¿Cuántos soplidos de la vida podemos resistir antes de sentir que todo se derrumba?
Yo creía tener una casa bastante sólida.
Había construido una vida con trabajo, proyectos, viajes, amistades, experiencias y muchos sueños.
Hasta que un día llegó un lobo que no esperaba.
Y sopló muy fuerte.
Mi casa tembló.
Algunas paredes se agrietaron. Otras hubo que reconstruirlas. Y descubrí que incluso los cimientos que consideramos más firmes necesitan cuidados.
Hoy estoy reconstruyendo mi casa interior.
Con algunos materiales nuevos, otros recuperados y muchos que me regalaron quienes estuvieron cerca.
Quizás tenga menos habitaciones para guardar preocupaciones innecesarias y ventanas más grandes para dejar entrar nuevas experiencias.
Quiero una casa con espacio para la amistad, la generosidad, la alegría y el amor.
Y, sobre todo, con las puertas abiertas.
Porque he aprendido que la verdadera fortaleza no consiste en impedir que la vida nos derribe, sino en conservar las ganas de volver a construir cuando eso sucede.
No necesito una casa indestructible.
Quiero una casa donde valga la pena vivir.
La mejor medicina también llega de ustedes
Durante estos meses recibí mensajes, palabras de aliento, gestos de cariño y muestras de generosidad que nunca voy a olvidar.
Algunos llegaron de amigos de toda la vida. Otros, de personas que apenas conozco. Y muchos, de lectores que se tomaron unos minutos para escribirme.
No imaginan cuánto significaron.
Cuando el cuerpo está cansado y la cabeza comienza a llenarse de preguntas, descubrir que alguien se acordó de uno puede cambiar completamente el día.
Por eso sigo escribiendo.
No para demostrar fortaleza ni para presentarme como ejemplo de nada.
Escribo porque necesito compartir lo que siento, porque todavía tengo mucho que aprender y porque cada persona que encuentro me ayuda a descubrir algo nuevo.
En breve llegará Tomás, y esa sola expectativa ya me llena de alegría.
Y seguramente alguna noche volveré a dormirme con Facu mi primer nieto que ya cumple dos meses pronto y como dice la canción de Facundo Cabral, encontrando en sus palabras esa mezcla de sabiduría, humor y amor por la existencia que tanto me acompaña, ha llegado al mundo lleno de felicidad para cambiarlo.
Agradezco a quienes estuvieron y siguen estando. A quienes preguntan cómo me encuentro, a quienes me invitan a compartir una experiencia y a quienes simplemente me regalan unos minutos de su tiempo.
Leerlos es una de las mejores medicinas que recibo.
¿Y el César del título?
Seguramente algunos llegaron hasta aquí preguntándose qué tiene que ver el César con las vides, las rosas, las casas y esta nueva etapa de mi vida.
La respuesta está en aquella filosofía que floreció en el mundo grecorromano y que también acompañó a emperadores como Marco Aurelio.
Los estoicos nos invitaron a reconocer qué depende de nosotros y qué debemos aprender a aceptar.
No elegimos nacer. Tampoco podemos controlar todo lo que nos sucede.
Pero sí podemos tomar decisiones sobre la manera en que respondemos a lo que la vida nos presenta.
Vuelvo entonces a la idea de oikeiosis, a esa casa interior que necesitamos reconocer como propia.
Todos somos nacidos, pero no todos logramos nacer de verdad y ocupar plenamente la casa de nuestra existencia, nuestra identidad y nuestro sentido.
Porque cuando nacemos nos dan un origen, pero no un destino.
Ese destino se va construyendo con nuestras decisiones.
Y hay una reflexión que me conmueve especialmente: a algunas personas habría que decirles «Tú todavía no has nacido».
Pero sin odio, sin superioridad y, sobre todo, con ternura.
Porque debe ser muy difícil vivir cuando todavía no hemos conseguido nacer verdaderamente.
Yo siento que estoy naciendo otra vez.
No quiero volver a ser exactamente el hombre que era antes. Quiero conservar lo mejor de él, reconocer sus errores y aprovechar lo que esta nueva oportunidad me permita construir.
No sé cuántas vendimias me quedan.
Nadie lo sabe.
Pero quiero estar presente en cada una de ellas. Cuidar mis raíces, compartir mis frutos y agradecer a quienes fueron mis rosas protectoras cuando más las necesité.
Y si algún día vuelve el invierno, espero recordar que una vid sin hojas no es necesariamente una vid sin vida.
Todavía tiene raíces. Todavía puede brotar.
Hoy no pretendo conquistar ningún imperio como los césares.
Me alcanza con aprender a gobernar mis decisiones, cuidar mi casa interior y disfrutar de quienes quiero.
La vida es como la vid. Y yo todavía tengo mucho amor para dar y muchas vendimias por celebrar.
Gracias por acompañarme, por leerme y por ser parte de esta nueva etapa.
Me siento bendecido.
Jacobo Malowany