Bad Bunny en el Super Bowl: identidad latina, cotidianidad y un show que dividió opiniones
El show de medio tiempo del Super Bowl LX tuvo a Bad Bunny como protagonista de una puesta en escena distinta, atravesada por símbolos de la vida cotidiana latina. Una propuesta cultural que generó críticas, debate y, para muchos, orgullo.
El espectáculo se convirtió oficialmente en el halftime show más visto en la historia del evento, con 135,4 millones de espectadores, superando todos los récords anteriores de audiencia y marcando un nuevo hito en alcance global
El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX volvió a confirmar que no todos los shows buscan consenso. La presentación de Bad Bunny marcó un hito al ser una de las pocas actuaciones en ese escenario global interpretadas casi en su totalidad en español, con canciones como Tití Me Preguntó y Café con ron. Pero el verdadero eje del debate no estuvo solo en el idioma, sino en el relato cultural que el artista eligió llevar al centro del entretenimiento mundial.
Lejos del despliegue espectacular clásico del halftime show, Bad Bunny optó por una narrativa construida desde lo cotidiano: mujeres haciéndose las uñas, el barbero de barrio como espacio social, la compra y venta de joyas, una boda popular, niños aprendiendo a bailar y, en una escena que conmovió a muchos, un niño dormido en las sillas. Para buena parte del público latinoamericano, esas imágenes no resultaron provocadoras, sino profundamente reconocibles.
Un espejo de la vida diaria latina
El show no buscó explicar ni traducir esos símbolos. Simplemente los expuso. Y allí se produjo la fractura de miradas. Mientras algunos sectores del público estadounidense manifestaron desconcierto y cuestionaron la propuesta por considerarla ajena a los códigos tradicionales del Super Bowl, desde América Latina la lectura fue otra: verse representados sin filtros.
La crítica más recurrente apuntó a la falta de espectacularidad y a una narrativa “difícil de entender”. Sin embargo, para muchos latinos, el valor estuvo precisamente en eso: mostrar la vida real, sin artificios ni solemnidad, en un escenario donde históricamente predominan relatos universales diseñados para agradar a todos.
Moda sobria, mensaje claro
La estética acompañó esa decisión. El outfit elegido por Bad Bunny, diseñado por Zara y estilizado por Storm Pablo y Marvin Douglas Linares, apostó por un minimalismo poco habitual en este tipo de espectáculos. Camisa con cuello, corbata, jersey deportivo con el apellido “Ocasio” y el número 64 en la espalda, pantalones chinos y zapatillas completaron una imagen sobria y cargada de significado.
Ese número fue interpretado por muchos como un guiño íntimo a su historia familiar y a sus raíces boricuas. En un evento donde la moda suele convertirse en competencia de brillo y exceso, la elección resultó coherente con el mensaje general del show: identidad antes que ostentación.
Un cierre simbólico y un debate abierto
La aparición final junto a Lady Gaga y Ricky Martin reforzó la idea de cruce cultural y diálogo entre estilos, generaciones y lenguajes, sin diluir el eje central de la propuesta.
El show de Bad Bunny no buscó agradar a todos. Y eso explica tanto las críticas como el orgullo que despertó. En el escenario más visto del mundo, eligió mostrar la cotidianidad latina tal como es: imperfecta, simple, viva. Para algunos, incomprensible. Para otros, imposible de no sentirla propia.
