Comedia Nacional: poesía, humor y emoción en El teatro
Domingo, 01 Noviembre 2026 08:51

Comedia Nacional: poesía, humor y emoción en El teatro

«El teatro» en el Solís: una compañía, muchas vidas y las palabras que nos reúnen

La Comedia Nacional despliega una puesta coral de Pascal Rambert donde el humor, la poesía, la música y las heridas de la convivencia transforman una celebración en un encuentro con nuestra propia vida.

Por Jacobo Malowany

Las sillas blancas de plástico podrían pertenecer a cualquier reunión de compañeros. Las conversaciones que se cruzan, los afectos y las tensiones también resultan familiares. Pero estamos en la Sala Principal del Teatro Solís, ante una compañía que convierte su propio oficio en materia de ficción y nos permite acercarnos a lo que habitualmente queda detrás de una función.

En El teatro, escrita y dirigida por el francés Pascal Rambert, el último ensayo, la frenética de un escenario multiocupado y el cumpleaños de dos de los actores reúne a toda la compañía. Los preparativos de la celebración abren paso a historias personales, encuentros y despedidas. La trayectoria de la Comedia Nacional y la memoria del país atraviesan esa convivencia, donde una alegría puede rozar una herida y una conversación cotidiana adquirir una profundidad inesperada.

La obra encuentra allí su cercanía con el público. Quienes comparten el escenario hablan desde el mundo del teatro, pero sus preocupaciones se parecen mucho a las nuestras: el trabajo, los hijos, las parejas, los padres, el paso del tiempo y la necesidad de sentir que todavía tenemos un lugar entre los demás.

Las conversaciones que también nos pertenecen

La visita de unos padres a su hija actriz por su cumpleaños y gratis, como lo destacan, lleva al escenario ese encuentro entre la vida familiar y la identidad profesional. Para una familia, ver actuar a una hija también significa encontrarse con la persona en la que se ha convertido. En esa situación caben la cercanía, las expectativas y las distintas maneras de comprender una elección de vida.

Otra conversación introduce la separación de un matrimonio que parecía feliz, con hijos maravillosos y una historia compartida. La contradicción tiene una fuerza particular: haber construido cosas valiosas juntos no resuelve todo lo que sucede entre dos personas. La escena permite reconocer la distancia que puede existir entre la imagen de una familia y las palabras que sus integrantes necesitan decirse. Propuestas de matrimonio, de vida en conjunto y hasta de rencores. 

Son diálogos que se piensan antes de pronunciarse y que, una vez dichos, cambian algo. El espectador puede reconocer una conversación pendiente, una explicación que nunca recibió o una frase que ensayó muchas veces en silencio.

En esos pasajes, la interpretación exige una cercanía difícil: dar espesor a lo cotidiano sin forzar la emoción. La puesta encuentra algunos de sus momentos más sensibles cuando deja que una situación humana ocupe el espacio y confía en nuestra capacidad de reconocerla.

Un espacio blanco que cambia con quienes lo habitan

La escenografía de Martín Siri propone una arquitectura amplia y despojada. Grandes planos blancos rodean un vano rectangular al fondo, elevado sobre el piso y conectado por pequeños escalones. Por encima, sucesivas franjas de tela y líneas de luz suspendidas prolongan la altura del escenario.

Ese espacio tiene algo de sala de ensayo, de institución y de lugar todavía por habitar. Su amplitud vuelve visibles las distancias: alguien que permanece sentado, una persona que se aparta o dos cuerpos que buscan acercarse adquieren peso dentro de la composición.

Las sillas, distribuidas a ambos lados en uno de los cuadros, dejan libre el centro. Parte del elenco observa mientras otros integrantes hablan o se desplazan. La compañía se convierte en público de sí misma. Nuestra mirada puede seguir una conversación y descubrir, al mismo tiempo, las reacciones que provoca alrededor.

La iluminación de Lucía Rubbo modifica esa arquitectura. Los rojos, los verdes agua y los azules del fondo alteran la temperatura de la escena y ofrecen distintos climas a una misma estructura. La blancura recibe el color, las sombras crecen y el espacio adquiere otra intimidad.

El diseño permite que una puesta de grandes dimensiones conserve lugar para un encuentro entre dos personas.

Compartir el protagonismo

Reunir a toda la compañía exige construir un ritmo común y preservar las diferencias de cada intérprete. La dificultad está en tomar la palabra, pero también en entregarla; en sostener una escena desde el centro o desde un lugar lateral.

El trabajo colectivo encuentra valor en esa circulación. Quien escucha también actúa. Una espera, una mirada o un cambio de postura pueden prolongar el sentido de una frase. El conjunto ofrece al público más de un punto de atención y lo invita a elegir dónde mirar.

Rambert propone vida sobre el escenario. El amor, el desaliento, la alegría, la esperanza y el trabajo comparten un mismo territorio. La obra acelera, cambia de registro y abre nuevos frentes. Por momentos resulta frenética; en otros, concede espacio a una emoción que necesita menos palabras.

Esa variedad le da vitalidad, aunque también demanda atención. La sucesión de situaciones puede reclamar una pausa mayor para que algunas resonancias encuentren su tiempo. El desafío de sus dos horas está en sostener esa intensidad y acompañar un recorrido que pasa de lo íntimo a lo colectivo, del humor al dolor y de la conversación al espectáculo.

La poesía pasa por las voces

Isidore Ducasse, Jules Supervielle, Jules Laforgue, Mario Benedetti e Ida Vitale aparecen en ese cruce entre las historias personales y la memoria cultural. Sus palabras amplían el mundo de la compañía y permiten que otras voces habiten el escenario.

La poesía encuentra allí una condición natural: alguien presta su cuerpo y su voz para que unas palabras alcancen a otra persona. Importan el sentido, el ritmo, la respiración y el silencio que queda después.

El teatro puede leerse también como un poema escénico compuesto por distintas formas de comunicar. Hablan los intérpretes, pero también la música, el movimiento, las marionetas, la luz y la disposición de los cuerpos. Cada lenguaje aporta una posibilidad de encuentro.

Hay pasajes que permiten seguir una historia y otros que invitan a quedarse con una imagen o con una frase. Esa convivencia de formas constituye parte del atractivo y del riesgo de la propuesta.

La canción, las marionetas y los que vuelven

La música incorpora uno de los momentos que conviene descubrir en la sala: una canción popular interpretada de una manera especial, en formato bilingüe. Preservamos su nombre porque reconocerla forma parte del placer de la escena.

El pasaje de marionetas introduce otra escala y otra sensibilidad. En un escenario de grandes dimensiones, la atención encuentra un foco diferente. El diseño de Martín Siri y la realización de Eugenia Ciomei suman a la puesta una forma de expresión que dialoga con los cuerpos de los intérpretes.

Las referencias a Margarita Xirgu,Juana de Ibarbourou y Federico García Lorca abren, además, una dimensión donde la historia del teatro se cruza con la libertad, la pérdida y la memoria.

Nombrar a quienes ya no están les devuelve un lugar entre los presentes. La palabra adquiere entonces una capacidad de convocatoria: acerca a los artistas que dejaron su huella, a las personas amadas y a quienes fueron desaparecidos.

La emoción de esos pasajes nace de una experiencia reconocible. Todos conservamos nombres que modifican una conversación cuando los pronunciamos. El escenario les ofrece un espacio compartido.

La despedida de Alejandra Wolff del elenco estable, después de casi tres décadas, añade una resonancia real a la ficción. La compañía atraviesa una partida mientras representa los afectos, las tensiones y las transformaciones de una comunidad.

El oficio y las condiciones que lo hacen posible

En la obra también se permite hablar de la realidad cotidiana de mantener un elenco estable. Detrás de cada función existen recursos, decisiones, responsabilidades y condiciones de trabajo.

La referencia al alquiler del Solís para empresas lleva esa conversación al funcionamiento de las instituciones culturales. El teatro ofrece efectivamente espacios para eventos empresariales y galas privadas. La alusión incorpora una tensión concreta entre las distintas actividades de una casa de cultura y su misión artística.

Ese roce con lo administrativo devuelve materialidad al oficio. Antes de que una función pudiera emocionarnos, muchas personas tuvieron que hacer posible el encuentro.

Una compañía que forma parte de la ciudad

Para quienes viven en Montevideo y para quienes la visitan, asistir a esta puesta permite acercarse a una parte viva de su identidad cultural. El Solís ofrece su arquitectura y su historia; la Comedia Nacional pone en circulación las voces, las preguntas y las sensibilidades del presente.

La imagen del saludo, con los intérpretes de la mano, reúne lo que durante la obra estuvo atravesado por diferencias, afectos y conflictos. Cada presencia conserva su singularidad y forma parte de un trabajo común.

El teatro merece atención por esa entrega colectiva, por la variedad de sus recursos y por su capacidad de acercar el oficio teatral a experiencias que reconocemos como propias. Su intensidad exige al espectador; sus momentos más sensibles le ofrecen razones para permanecer atento.

Al salir quedan los padres que visitan a su hija, la pareja que necesita hablar, los poetas que encuentran nuevas voces y las personas a las que todavía queremos nombrar. La compañía se despide del público. Algunas de sus conversaciones vuelven con nosotros a casa.

Ficha artística y técnica

Texto y dirección: Pascal Rambert.
Traducción: Laura Pouso.
Compañía: Comedia Nacional.
Sala: Principal del Teatro Solís.

Elenco: Diego Arbelo, Roxana Blanco, Natalia Chiarelli, Mauricio Chiessa, Fernando Dianesi, Joel Fazzi, Mario Ferreira, Soledad Gilmet, Mauricio González, Gabriel Hermano, Sofía Lara, Dulce Elina Marighetti, Luis Martínez, Rosario Martínez, Pablo Musetti, Stefanie Neukirch, Leandro Ibero Núñez, Andrés Papaleo, Jimena Pérez, Mané Pérez, Gustavo Saffores, Juan Antonio Saraví, Lucía Sommer, Fernando Vannet, Pablo Varrailhón, Elizabeth Vignoli, Alejandra Wolff y Florencia Zabaleta. Participan también Tomás Fleitas, Milagros Nova, Sofía Silberberg y Octavio Tellechea, becarios de la EMAD.

Equipo: diseño de escenografía y marionetas, Martín Siri; diseño de vestuario y caracterización, Virginia Sosa y Jimena Ríos; diseño de iluminación, Lucía Rubbo; diseño de espacio sonoro, Francesca Crossa; preparación vocal, Analía Ruíz; realización de escenografía, Ezo Scasso y Andrés Caballero; realización de marionetas, Eugenia Ciomei; realización de estructura led, Pablo García; realización de varales de iluminación y piso, Matías Dopasso; coreografía, Sofía Silberberg; vestidoras, Patricia Olivera, Laura Rodríguez Bertoche y Adriana Tagliana.

Fuentes: observaciones de la función y fotografías aportadas por el autor; información institucional de la Comedia Nacional, la Intendencia de Montevideo y el Teatro Solís.