Uruguay acelera hacia el auto eléctrico. ¿Y ahora qué?
Las ventas de vehículos eléctricos crecen, el consumidor descubre nuevas tecnologías y el costo de circular disminuye. Pero las estaciones de carga fuera de servicio, los costos de reparación, la seguridad vial y el futuro de los impuestos a los combustibles plantean desafíos que Uruguay necesita resolver.
Uruguay está entre los países que más rápidamente incorporan automóviles eléctricos a su parque automotor. Las ventas crecen, aparecen nuevas marcas y los consumidores descubren que pueden recorrer más kilómetros gastando bastante menos dinero.
Sin embargo, mientras inauguramos nuevas estaciones de carga, algunas quedan inoperativas por el robo de sus cables, incluso poco después de haber sido instaladas. Esto genera costos de reparación y reposición, además de dejar sin servicio a quienes necesitan recargar sus vehículos.
Me resulta difícil comprender cómo podemos avanzar tanto en la incorporación de una nueva tecnología y, al mismo tiempo, tener dificultades para garantizar algo tan elemental como mantener operativa la infraestructura que necesita.
Y no es un problema menor. Una estación fuera de servicio puede comprometer un viaje, afectar una actividad laboral o generar incertidumbre en una familia que decidió recorrer el país en un automóvil eléctrico.
¿De qué sirve ampliar la red de carga si no garantizamos su funcionamiento?
El consumidor descubre que puede gastar menos y tener más
Durante años, el automóvil eléctrico fue considerado un producto costoso, casi exclusivo. Hoy la competencia, especialmente con la llegada de nuevas marcas y modelos chinos, está modificando esa percepción.
El ahorro en combustible puede representar una diferencia importante en el presupuesto mensual de una familia. Por supuesto, hay que considerar el precio de compra, el seguro, los neumáticos, el mantenimiento y la futura depreciación del vehículo. Pero para quienes recorren muchos kilómetros, el costo de la energía comienza a pesar considerablemente en la decisión.
También llama la atención el equipamiento que ofrecen algunos modelos: cámaras de visión de 360 grados, asistentes de conducción, sistemas de frenado automático, pantallas digitales y comodidades que hasta hace pocos años encontrábamos principalmente en automóviles de segmentos superiores.
No todos ofrecen las mismas prestaciones ni los mismos niveles de seguridad, pero el consumidor uruguayo está accediendo a una oferta tecnológica mucho más amplia.
Y esto abre otra interrogante: ¿seguirán bajando los precios a medida que aumente la competencia o llegaremos a un punto en el que los beneficios fiscales comiencen a desaparecer?
Noruega, China y las decisiones que Uruguay deberá tomar
Noruega ha conseguido que los vehículos eléctricos representen una proporción extraordinariamente alta de las ventas de automóviles nuevos. China lidera por volumen uno de los mayores procesos de electrificación del transporte, acompañado por una industria que compite internacionalmente en tecnología, baterías y precios.
Uruguay tiene condiciones diferentes, pero también algunas ventajas. Su matriz de generación eléctrica, con una elevada participación de energías renovables, permite pensar en una movilidad con menores emisiones asociadas al uso de energía.
Ahora bien, los países que avanzan en esta transformación también deben revisar sus políticas de incentivos.
¿Hasta cuándo conviene mantener las exoneraciones? ¿Debemos continuar estimulando la compra de vehículos eléctricos o comenzar a destinar mayores recursos a infraestructura, mantenimiento y seguridad?
No creo que exista una respuesta sencilla. Retirar los incentivos demasiado pronto puede frenar las ventas, mientras que mantenerlos sin evaluar sus resultados también tiene consecuencias fiscales.
Lo importante es que las decisiones respondan a una planificación de largo plazo y no solamente a las necesidades de recaudación de cada año.
El turismo eléctrico: viajar más y gastar menos
Aquí encuentro una oportunidad que Uruguay debería aprovechar mucho más.
Pensemos en una familia que vive en Montevideo y quiere pasar un fin de semana en Colonia, recorrer las bodegas de Canelones, visitar las sierras de Lavalleja o conocer pequeños pueblos del interior.
Si el costo del desplazamiento disminuye, ese viaje puede resultar más accesible. Incluso puede permitir destinar parte del dinero ahorrado a una comida, una visita guiada, una compra de productos regionales o una noche adicional de alojamiento.
En turismo hablamos permanentemente de generar oportunidades económicas para los destinos. La movilidad eléctrica puede contribuir a ese objetivo.
Imaginemos estaciones de carga instaladas estratégicamente cerca de restaurantes, bodegas, establecimientos rurales, centros comerciales y atractivos turísticos.
Mientras el automóvil recupera energía, sus ocupantes pueden conocer el lugar, consumir productos y descubrir experiencias que quizás no estaban previstas en el itinerario.
Una pequeña localidad podría encontrar en esa parada una nueva oportunidad comercial.
Pero para que esto funcione necesitamos información confiable sobre la ubicación, disponibilidad y funcionamiento de los cargadores. También debemos considerar la potencia de carga, los tiempos de espera y las alternativas cuando una estación no funciona.
Un destino turístico no puede promocionar la movilidad eléctrica si después no garantiza servicios adecuados para recibir a esos visitantes.
¿Tenemos que aprender nuevamente a conducir?
Hay otro aspecto que merece una discusión más profunda: la seguridad vial.
He observado cómo algunos vehículos eléctricos sorprenden por su capacidad de aceleración. La respuesta del motor puede ser prácticamente inmediata y ciertos modelos alcanzan velocidades importantes en muy pocos segundos.
Para quienes hemos conducido durante décadas automóviles de combustión, existen diferencias que conviene conocer.
El frenado regenerativo, la conducción con un solo pedal en determinados vehículos, la respuesta del acelerador y los sistemas electrónicos de asistencia requieren familiarización.
No estoy proponiendo necesariamente una nueva libreta de conducir, pero sí una formación adecuada.
¿Los concesionarios explican suficientemente estas características cuando entregan un automóvil? ¿Las academias de conducción están incorporando vehículos eléctricos? ¿Deberíamos promover cursos breves para quienes realizan esta transición?
Tener más tecnología de seguridad no significa que podamos conducir con menos responsabilidad.
El problema que ningún gobierno podrá evitar: la recaudación
Esta es, posiblemente, una de las cuestiones económicas más importantes del futuro de la movilidad.
El Estado uruguayo obtiene ingresos significativos mediante los impuestos aplicados a los combustibles. Durante décadas, cada litro de nafta vendido ha contribuido a la recaudación pública.
Pero ¿qué sucederá cuando una proporción cada vez mayor de los automóviles deje de consumir nafta?
No ocurrirá de un día para otro. El parque automotor convencional seguirá circulando durante muchos años y el transporte de cargas continuará dependiendo en buena medida del gasoil.
Sin embargo, el cambio ya obliga a pensar en alternativas.
¿Se gravará la electricidad destinada a los automóviles? ¿Se establecerán impuestos vinculados a los kilómetros recorridos? ¿Se revisarán los tributos sobre la propiedad de los vehículos? ¿Cómo se financiará el mantenimiento de las rutas?
Y aquí aparece una contradicción: si aumentamos demasiado los impuestos a los eléctricos, podríamos perder parte del incentivo económico que hoy impulsa su compra.
El asunto debería discutirse como una política de Estado, independientemente del partido que gobierne.
Porque los cambios tecnológicos no esperan a que resolvamos nuestras necesidades fiscales.
El gasoil, las crisis internacionales y nuestra dependencia energética
La incertidumbre sobre el precio y el abastecimiento de combustibles vuelve a poner sobre la mesa la importancia de diversificar las fuentes de energía.
Uruguay importa petróleo y, por lo tanto, está expuesto a las variaciones de los mercados internacionales, los conflictos geopolíticos y los costos logísticos.
La electrificación del transporte puede reducir parte de esa dependencia, aunque no elimina los desafíos energéticos.
Una mayor cantidad de vehículos eléctricos también exigirá inversiones en distribución, potencia disponible, sistemas de carga y gestión de la demanda.
Además, debemos pensar qué ocurrirá con las baterías cuando finalice su vida útil, cómo se repararán, qué posibilidades de reutilización tendrán y cómo se organizará su reciclaje.
La transición requiere considerar todo el ciclo de vida de los vehículos, no solamente el ahorro que vemos al cargarlos.
Los cargadores fuera de servicio son una advertencia
Quiero volver al problema inicial porque me parece representativo de lo que debemos mejorar.
Cada estación de carga requiere una inversión. Cuando queda inoperativa por un robo, no solamente hay que reemplazar el cable o reparar los componentes dañados. También se pierde disponibilidad de servicio, se generan costos operativos y se perjudica a los usuarios.
Si estos hechos se repiten, los costos pueden terminar trasladándose al sistema o a quienes utilizan el servicio.
¿Estamos evaluando sistemas de vigilancia, cables protegidos, mecanismos de detección de daños o soluciones que dificulten los robos?
¿Existe un seguimiento público de cuántas estaciones están disponibles, cuánto tiempo permanecen fuera de servicio y cuánto cuesta repararlas?
No basta con anunciar nuevas instalaciones. También deberíamos conocer cómo se conserva y administra lo que ya tenemos.
El futuro de la movilidad necesita más que automóviles nuevos
Me entusiasma que Uruguay pueda destacarse internacionalmente por la incorporación de vehículos eléctricos. También me interesa que las familias puedan reducir sus gastos, que accedan a mayor tecnología y que el turismo encuentre nuevas oportunidades de desarrollo.
Pero sería un error medir el éxito únicamente por la cantidad de unidades vendidas.
Necesitamos una red de carga confiable, formación para los conductores, planificación energética, políticas fiscales sostenibles y una visión turística que aproveche las posibilidades de esta transformación.
Y tampoco deberíamos olvidar el transporte colectivo, la movilidad compartida y las necesidades de quienes no pueden comprar un automóvil, eléctrico o convencional.
Uruguay está comprando vehículos para una nueva etapa de la movilidad. ¿Estamos preparando también las rutas, los servicios, las normas y las decisiones económicas que esa etapa necesita?
Me gustaría conocer qué están haciendo otros países para resolver estos problemas y, especialmente, qué respuestas están preparando nuestras autoridades.
Porque las ventas ya nos muestran hacia dónde se dirige el mercado. Lo que todavía necesitamos discutir es cómo queremos organizar ese futuro.
