Mi Mundial contra el cáncer: cuando la vida también te convoca a jugar
Sábado, 13 Junio 2026 13:19

Mi Mundial contra el cáncer: cuando la vida también te convoca a jugar

El cáncer y el Mundial

El Mundial ya empezó.

Ya están rodando las primeras pelotas, aparecieron las primeras sorpresas, los primeros favoritos que no jugaron tan bien como prometían y los primeros equipos pequeños que demostraron que, a veces, el presupuesto no alcanza para explicar un partido.

Mientras medio planeta mira el Mundial, yo estoy por jugar otro encuentro.

Porque la fe humana funciona así.

Uno mira a su selección y piensa: "¿Por qué no?". Aunque sepa que hay equipos más fuertes, presupuestos más grandes y jugadores que ganan en una semana lo que una familia no ganará en toda una vida. Sin embargo, durante un mes entero, un país se convence de que puede llegar hasta el final.

Con el cáncer pasa algo parecido.

Nadie elige jugar este campeonato. Un día te llega la convocatoria sin haberla pedido. No hay conferencia de prensa, ni presentación oficial, ni camiseta nueva. Simplemente alguien te dice que estás adentro y que el torneo acaba de empezar.

También hay favoritos y desfavorecidos. Hay quienes tienen acceso a los mejores tratamientos y quienes deben pelear cada autorización, cada estudio y cada medicamento. Como en el fútbol, el presupuesto importa. Mucho más de lo que nos gustaría admitir.

Esta semana paso a una nueva fase de mi tratamiento. El miércoles me operan. Habrá CTI, habrá días de internación y habrá incertidumbre. He decidido asumir el costo de una opción que me permita una mejor calidad de atención y de recuperación. No todos pueden hacerlo. Y eso me hizo pensar en esos países pequeños que llegan al Mundial con jugadores semiprofesionales para enfrentar a potencias llenas de estrellas.

Leía que algunos futbolistas de Nueva Zelanda mantienen trabajos comunes además de jugar. No viven en una burbuja de millones. Aun así, salen a la cancha. Corren igual. Sueñan igual.

Y eso tiene algo profundamente humano.

Porque el cáncer tampoco distingue demasiado. Le puede tocar al multimillonario, al trabajador, al deportista de élite o al vecino de la esquina. Después, claro, aparecen las diferencias de recursos. Pero el miedo, la incertidumbre y la esperanza son bastante democráticos.

Hay otra similitud.

Ni el cáncer ni el Mundial vienen con resultado garantizado.

Y este Mundial me regaló además una metáfora inesperada.

Durante años discutimos si el VAR era bueno o malo para el fútbol. Algunos dicen que le quitó espontaneidad al juego. Otros sostienen que ayudó a corregir errores que podían cambiar la historia de un partido. Lo cierto es que llegó para observar mejor.

El miércoles entraré a quirófano y, curiosamente, mi operación también tendrá su propio VAR. La cirugía será asistida por video, con cámaras y tecnología que permitirán a los médicos observar detalles imposibles de apreciar de otra manera. Mientras en una cancha se revisa una jugada para decidir si hubo un fuera de juego o un penal, en un quirófano se revisan imágenes para tomar decisiones que pueden cambiar un partido mucho más importante.

Nunca imaginé que terminaría agradeciendo la existencia del VAR.

Los médicos pueden hablar de probabilidades. Los analistas deportivos también. Pero nadie sabe realmente cómo termina la historia. Si lo supiéramos, no habría emoción. Ni en el estadio ni en la sala de espera.

Por eso me gusta pensar que estoy jugando mi propio Mundial.

No porque me sienta un héroe. Los héroes son personajes de películas y normalmente terminan hablando demasiado. Yo me conformo con ser un tipo que intenta pasar de ronda.

A veces se gana jugando bien. A veces se gana jugando mal. A veces un penal cambia todo. A veces una biopsia trae una noticia inesperada. A veces la suerte ayuda. A veces no.

Y sin embargo seguimos.

Seguimos porque la fe es una de las pocas cosas que todavía no lograron reemplazar ni los algoritmos, ni la inteligencia artificial, ni los pronósticos médicos, ni las casas de apuestas.

La fe es eso que hace que un país entero crea que puede ser campeón.

Y también es eso que hace que una persona mire un diagnóstico complicado y piense, simplemente:

"¿Por qué no yo?"