La encíclica de León XIV frente a la IA: ética, poder y el futuro del trabajo
Martes, 26 Mayo 2026 19:47

La encíclica de León XIV frente a la IA: ética, poder y el futuro del trabajo
 La fumata blanca todavía flotaba sobre Roma cuando comenzó una de las primeras señales de esta nueva etapa. El nuevo Papa elegía llamarse León XIV. Para muchos fue apenas una continuidad histórica. Para otros, una decisión cargada de mensaje. En aquel momento, desde Noticias y Destinos ya marcábamos en una columna publicada en ShopNews que ese nombre no parecía casual. León XIII había sido el pontífice que enfrentó intelectualmente el impacto humano de la Revolución Industrial con la encíclica Rerum Novarum. Ahora, en medio de la revolución tecnológica y de la inteligencia artificial, otro León aparecía mirando un nuevo cambio civilizatorio.

Nada es casual cuando se mira estratégicamente.

La historia enseña que cada revolución trae fascinación y temor. Pasó con las máquinas, con la electricidad, con Internet y ahora con la inteligencia artificial. Siempre aparece la misma sensación: “todo ya pasó”, “el futuro llegó”, “los viejos modelos murieron”. Los dinosaurios se extinguieron por no adaptarse, repiten muchos empresarios y tecnólogos. Y en esa frase también se esconde una advertencia brutal para trabajadores, docentes, periodistas, empresas y gobiernos.

Porque el gran debate ya comenzó: ¿desaparece el trabajo o desaparece una forma de empleo? ¿La inteligencia artificial reemplazará personas o transformará radicalmente lo que entendemos por productividad y conocimiento?

La IA se transformó para muchos en la nueva espada de Damocles suspendida sobre la sociedad moderna. Promete eficiencia, automatización y crecimiento económico, pero también despierta miedo sobre concentración de poder, pérdida de empleos y manipulación de la verdad. Mientras algunos la observan con desconfianza, otros avanzan a velocidad de tsunami.

Y quizás allí aparece el punto más interesante de León XIV: no hablar desde el rechazo a la tecnología, sino desde la necesidad urgente de discutir ética, poder y humanidad antes de que la ola termine definiendo sola el destino de todos.

León XIV, la inteligencia artificial y la ola que ya llegó

Cuando el papa León XIII publicó en 1891 la encíclica Rerum Novarum, el mundo atravesaba una transformación que parecía imparable. La Revolución Industrial cambiaba la manera de producir, trabajar y vivir. Las máquinas despertaban fascinación y miedo. Muchos creían que el hombre quedaría desplazado y que el poder económico terminaría concentrado en pocas manos.

Más de un siglo después, otro León vuelve a mirar una revolución que redefine el futuro. Esta vez no son las fábricas ni las locomotoras. Es la inteligencia artificial.

La coincidencia histórica no parece casual. León XIV recoge parte de aquella preocupación social y la traslada a una nueva época: la revolución tecnológica.

El futurista Alvin Toffler hablaba de las “olas” que transforman la civilización. La primera fue agrícola. La segunda industrial. La tercera digital. Pero algunos autores contemporáneos ya no hablan de una simple ola. Hablan de “la ola del tsunami”. Una fuerza tan grande que puede reorganizar economías, profesiones, gobiernos y hasta la manera en que pensamos.

Y lo cierto es que la sensación empieza a ser esa.

La inteligencia artificial ya no es una curiosidad tecnológica. Está entrando en las aulas, las empresas, los medios de comunicación, la medicina, la guerra, la publicidad y la vida cotidiana. Cada día entiende mejor cómo piensa quien la utiliza. Aprende contextos, hábitos, estilos y necesidades. Responde con una naturalidad que hace apenas dos años parecía ciencia ficción.

Yo llevo cuatro años utilizándola, enseñándola y observando cómo evoluciona. Lo que hoy hacemos en un curso, dentro de tres meses ya cambió. Nuevas herramientas aparecen permanentemente. Lo que ayer sorprendía, hoy quedó viejo. Es imposible enseñar inteligencia artificial sin seguir aprendiendo.

También veo algo muy concreto: automatiza procesos rutinarios, acelera tareas, mejora productividad y abre oportunidades reales para estudiantes, emprendedores y empresas. Negar eso sería tan absurdo como negar Internet en los años noventa.

Pero junto al entusiasmo aparecen riesgos evidentes.

La inteligencia artificial puede equivocarse. Puede “inventar” información. Puede ser autocomplaciente y responder lo que el usuario quiere escuchar. Y el mayor problema es que muchas personas creen automáticamente en lo que escribe porque desconoce cómo funciona. La IA no “piensa” como un ser humano. Predice respuestas. Y cuando esa predicción parece convincente, el peligro es confundir fluidez con verdad.

A eso se suma otro escenario mucho más complejo: la lucha por el poder tecnológico global.

Hoy el debate ya no es solamente técnico. También es económico, geopolítico y militar. Empresas como OpenAI y Anthropic compiten por liderazgo, influencia y desarrollo ético. Detrás aparecen gobiernos, inversiones multimillonarias y disputas entre Estados Unidos y China por dominar la próxima gran revolución tecnológica.

Por eso resulta tan simbólico que León XIV haya puesto sobre la mesa la cuestión ética acompañado justamente por referentes de una empresa de inteligencia artificial. El mensaje parece claro: la Iglesia no plantea rechazar la tecnología. Plantea discutir quién la controla, cómo se utiliza y qué modelo de humanidad queremos construir alrededor de ella.

La encíclica deja una idea central: el ser humano debe seguir estando en el centro.

Y allí aparece quizás la mayor advertencia del documento. No se trata solamente de si la IA será útil o peligrosa. Se trata de evitar que el conocimiento, la verdad y el poder económico queden concentrados en muy pocas manos. La preocupación ya no es solo tecnológica. Es profundamente humana.

La revolución industrial generó décadas de sufrimiento antes de crear derechos laborales, regulaciones y protección social. La pregunta es si esta nueva revolución aprenderá de aquella experiencia o repetirá los mismos errores a una velocidad mucho mayor.

Porque la ola ya llegó.

Podemos ignorarla o intentar comprenderla. Podemos usarla para ampliar capacidades humanas o dejar que profundice desigualdades. Podemos convertirla en una herramienta de desarrollo o en un mecanismo de control.

La inteligencia artificial no parece detenerse. Lo que todavía está abierto es quién escribirá las reglas de esta nueva era.