“Virus uruguayo”: mi respuesta a Alberto Samid tras sus críticas al sistema de salud
Viernes, 20 Febrero 2026 11:57

“Virus uruguayo”: mi respuesta a Alberto Samid tras sus críticas al sistema de salud

El virus uruguayo: ese mal que atiende bien y no hace conferencia

No sé si esta nota suma a la promoción país. Tal vez debería consultarlo con Pablo Menoni nuestro ministro de Turismo. Y como comunicador responsable, lo haré. Porque cuando alguien con cámara acusa al sistema de salud de un país, no está opinando sobre una sombrilla en la playa.

Ahora bien.

Cuando escuché hablar del “virus uruguayo”, no miré un termo. Miré una copa de Tannat. Porque si este país contagia algo, suele ser carácter, previsibilidad y una calma institucional que incomoda a quienes viven del sobresalto.

Estoy en tratamiento médico complejo en Uruguay. Urgente. Tecnológicamente exigente. Y recibo atención de excelencia. No hablo desde un eslogan turístico; hablo desde la experiencia personal. Equipamiento de última generación, protocolos modernos, médicos que trabajan más de lo que declaran.

Si este es el virus, que no inventen la vacuna.

Alberto Samid reapareció agradeciendo estar vivo y, en el mismo suspiro, explicó que sobrevivió a pesar de Uruguay. Un milagro geopolítico: te atienden, te estabilizan, te trasladan… pero el héroe lo logra solo cruzando el charco.

El relato incluyó avión sanitario, dramatismo épico y una advertencia turística inversa: si algo te pasa en Uruguay, corré. Curiosa recomendación viniendo de alguien que necesitó permiso judicial para salir de su país y que alguna vez fue detenido en Belice mientras intentaba esquivar una condena.

La pirueta retórica es interesante: te atienden, te estabilizan, gestionan tu traslado… pero el problema era el país.

El mismo país al que llegan miles de argentinos cada año. No solo a mirar el mar en Punta del Este, sino a vivir. Maldonado y Colonia no cambiaron su mapa demográfico por accidente. Cambiaron porque hubo decisión de residencia. Y nadie se muda donde desconfía de la salud, la educación o la estabilidad.

El “virus uruguayo”, entonces, ¿qué sería?
¿Institucionalidad que funciona sin épica?
¿Clínicas que reciben figuras argentinas desde hace décadas, incluyendo a Diego Maradona en momentos críticos?
¿Profesionales que no convierten cada guardia en un monólogo televisivo?

Que en ese sanatorio de Uruguay, el mismo donde se atienden empresarios, artistas y figuras políticas argentinas desde hace años, funcionan equipos de alta complejidad, protocolos internacionales y profesionales formados al más alto nivel. Allí no se improvisa ni se actúa para la cámara; se trabaja con tecnología actualizada y criterio médico. No es un decorado turístico frente al mar: es una institución elegida por quienes, cuando la salud está en juego, buscan certeza y no relato.

Y, sin embargo, se fue rápido porque —según contó— un conocido le dijo que “la semana pasada murieron dos personas”. Como si la existencia de fallecimientos fuera una anomalía exótica y no la realidad inevitable de cualquier centro de alta complejidad del mundo. Si un hospital pudiera exhibir el cartel de “cero muertes”, no sería un hospital: sería una leyenda urbana. Ni siquiera en The Pitt —donde todo está guionado— la medicina funciona sin riesgo. Convertir la tragedia puntual en argumento estructural no es análisis; es superstición con micrófono.

Quizás el virus sea la previsibilidad. Y eso suele provocar irritación en quienes necesitan antagonistas permanentes.

Por último, busqué tu X de referencia para mi mensaje.

Peronista de toda la vida.
Hincha de Boca, de Gardel y de Ford.
Combatiente histórico de gorilas.

Una biografía intensa.

Ahora bien, ser peronista no otorga título en epidemiología. Ser hincha de Boca no habilita auditorías sanitarias internacionales. Y admirar a Gardel no convierte cada declaración en tango dramático.

Combatir “gorilas” durante décadas puede ser una vocación política. Combatir hospitales, en cambio, es una disciplina nueva.

La identidad partidaria es respetable. El folclore futbolero también. Pero cuando la salud entra en escena, la épica ideológica debería tomarse un descanso. Porque los quirófanos no preguntan filiación, y los tomógrafos no funcionan mejor según la camiseta.

Decir que todo es viejo, que no hay nada moderno, que el sistema no sirve, puede rendir en redes. No necesariamente resiste contraste.

El verdadero coraje no está en pelear con fantasmas ideológicos. Está en hablar con responsabilidad cuando miles de personas depositan su confianza en instituciones reales.

Y si la vida te dio una segunda oportunidad, quizás el mejor combate no sea contra “gorilas”, sino contra la exageración.

A veces, el silencio también es revolucionario.

Resulta curioso que quien protagonizó una pelea televisiva histórica con Mauro Viale hoy adopte tono de inspector sanitario internacional. La televisión argentina produjo personajes memorables. Uruguay, en cambio, suele producir silencio operativo.

El capítulo del avión sanitario merece párrafo aparte. Porque cuando existen recursos, la logística privada en el Río de la Plata no es una hazaña técnica. Pero el dramatismo tiene mejor rating que la gestión discreta.

No voy a discutir diagnósticos clínicos. Sí puedo cuestionar la liviandad. Hablar de salud pública no es comentar un restaurante o una bodega. Es tocar la confianza colectiva.

Hoy miles de argentinos viven, invierten y se atienden en Uruguay. No parecen estar huyendo de ningún virus.

Tal vez el verdadero contagio sea otro: convertir cada experiencia personal en un acto de propaganda donde siempre hay un culpable externo.

Mientras tanto, el supuesto virus uruguayo sigue haciendo lo suyo:
Trabaja, atiende, cura, mira el mar sin conferencia de prensa.

Yo, por ahora, sigo “infectado”.
Y francamente, no suena tan grave.

Las identidades son legítimas. Lo que no siempre es legítimo es transformar una experiencia médica en discurso épico. Los quirófanos no preguntan afiliación y los equipos no funcionan por consigna.

Y ahora entiendo lo de Ford. Claro, el de los autos. Para escapar rápido, siempre conviene un buen motor.  Jacobo Malowany. Por si lo lees, te doy derecho a replica.