Redes sociales, error y responsabilidad: una reflexión tras el caso Monzeglio
Martes, 17 Febrero 2026 08:09

Redes sociales, error y responsabilidad: una reflexión tras el caso Monzeglio

Fui arrobado en X por la polémica y, al conocer a Remo desde hace años, entendí que el debate va más allá de una foto. Las redes no solo muestran lo que hacemos; exigen coherencia. En una era donde cada publicación genera juicio público, reconocer un error y asumir responsabilidades construye credibilidad. También se abre otro dilema: cómo narrar visualmente un episodio así. ¿Ilustrar con la imagen del error o con una fotografía institucional? En una columna de opinión, elegir una foto neutra permite poner el foco en la reflexión y no en el impacto. Informar no implica amplificar; el equilibrio entre transparencia y proporcionalidad también forma parte de la ética de noticiasydestinos.

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Vivimos en una época en la que el límite entre lo privado y lo público se volvió poroso. Una foto, un comentario o un gesto pueden trascender en segundos el círculo íntimo y convertirse en debate nacional. Las redes sociales no son solo plataformas de expresión: funcionan como espacios de exposición permanente y, para quienes han ocupado cargos públicos o poseen notoriedad social, también como escenarios de rendición de cuentas.

El reciente episodio del exsubsecretario de Turismo, Remo Monzeglio, lo ilustra con claridad. Tras compartir en X una imagen junto a un tiburón martillo capturado en aguas de Sauce de Portezuelo, recibió cuestionamientos públicos y optó por borrar la publicación. Luego dio un paso más: se autodenunció ante la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) y la Dirección Nacional de Calidad y Evaluación Ambiental (Dinacea), al entender que podía tratarse de una especie protegida.

Más allá de la discusión técnica —si la especie Sphyrna zygaena está o no alcanzada por una prohibición expresa en pesca deportiva—, el gesto abre un debate mayor: ¿qué se espera hoy de quienes tienen visibilidad pública? ¿Dónde termina la vida personal y comienza la responsabilidad ética ampliada?

La ética en tiempos digitales

La filosofía moderna, desde Kant hasta Habermas, insistió en la idea de responsabilidad frente al otro. No se trata solo de cumplir la ley, sino de actuar de manera que nuestra conducta pueda sostenerse ante la mirada pública. En la era digital, esa “mirada” dejó de ser abstracta: es inmediata, colectiva y activa. Cuando menciono a Jürgen Habermas no lo hago como una cita distante, sino como una referencia que me acompañó en distintas lecturas sobre comunicación y vida pública. Su concepto de “espacio público” —ese ámbito donde las acciones deben poder explicarse y sostenerse ante los demás— cobra hoy una vigencia contundente. Las redes sociales son, en muchos sentidos, una extensión de ese espacio: allí no solo opinamos, también quedamos expuestos al diálogo, a la crítica y a la necesidad de justificar lo que hacemos.

Publicar no es un acto neutro. Es una declaración. Cuando alguien con trayectoria en la gestión pública comparte una imagen vinculada al ambiente, la sociedad no evalúa solo la acción puntual; interpreta el mensaje simbólico. La coherencia entre discurso y práctica se convierte en capital reputacional.

Monzeglio expresó: “Uno puede equivocarse. Lo que no debe hacer es evadir responsabilidades”. Esa frase conecta con una ética contemporánea que valora la transparencia y el reconocimiento del error por encima del silencio defensivo. Autodenunciarse no borra el hecho, pero envía una señal: asumir consecuencias forma parte del liderazgo.

¿Qué es legal y qué es legítimo?

El caso también revela una tensión frecuente: lo permitido por la norma no siempre coincide con lo socialmente aceptado. Según especialistas, el tiburón martillo —familia Sphyrnidae— está catalogado con alta prioridad de conservación. Existen resoluciones que prohíben su retención en determinados contextos, especialmente en pesquerías industriales. En pesca deportiva, el marco puede ser menos explícito.

Sin embargo, la ética pública va más allá del mínimo legal. Hoy la sociedad exige sensibilidad ambiental, incluso cuando la norma no establece una prohibición absoluta. La conversación ya no se agota en “¿es legal?”, sino que avanza hacia “¿es coherente con los valores que decimos defender?”.

Redes sociales: vitrina y tribunal

Las plataformas digitales democratizaron la opinión. Antes, el debate se limitaba a columnas periodísticas o cafés. Ahora cada publicación puede convertirse en foro abierto. Esto tiene riesgos —juicios apresurados, polarización— pero también fortalezas: promueve mayor control ciudadano y obliga a revisar prácticas naturalizadas.

Quien elige la exposición pública debe aceptar que cada contenido genera interpretación. La transparencia no es solo una estrategia comunicacional; es una forma de convivencia democrática.

¿Debemos exponer nuestra vida?

No todo debe compartirse. La cultura de la hiperexposición instala la idea de que cada experiencia necesita validación externa. Sin embargo, la prudencia sigue siendo una virtud. Antes de publicar conviene formular tres preguntas simples:

  1. ¿Respeta la ley?

  2. ¿Respeta valores colectivos como el cuidado ambiental o la dignidad de otros?

  3. ¿Estoy dispuesto a sostener públicamente esta decisión?

Si alguna respuesta genera duda, quizá el silencio sea más sabio que el clic.

Una lección más amplia

El episodio no se reduce a una fotografía en una lancha frente a la costa de Maldonado. Habla de una transformación cultural: las figuras públicas —y en parte todos nosotros— vivimos en un espacio donde ética, imagen y acción convergen.

Hoy rendir cuentas no es solo comparecer ante una oficina estatal. Es comprender que cada publicación construye identidad. La coherencia entre lo que hacemos y lo que mostramos define la credibilidad.

En tiempos digitales, la ética dejó de ser un concepto abstracto. Se juega en cada gesto cotidiano. Y actuar con responsabilidad no limita la libertad; la ennoblece.