La soledad de quienes crecen esperando: crisis de los cuidados en contextos turísticos
Alma I. Marín, Mildred Y. Pérez, Jimena Ramos | UQROO - ALBA SUD
El modelo turístico hegemónico profundiza la crisis de los cuidados. Las narrativas de hijas e hijos del personal hotelero de Playa del Carmen, municipio ubicado en Quintana Roo, México, revelan cómo uno de los costos más invisibilizados del sector recae sobre las infancias.

Crédito Fotografía: Infancias solitarias. Julio 2026. Imagen de Alma I. Marín.
El crecimiento turístico, que en 2026 alcazó los 12 billones de dóles, un 9,9 % de la economía mundial, ha dado lugar también a una amplia producción científica sobre los impactos sociales y ambientales que genera la actividad. Particularmente en el caso de las infancias, la atención se centra en la vulneración de sus derechos. Instituciones como ONU Turismo(antes Organización Mundial del Turismo), la Organización de las Naciones Unidas [ONU] a través de la Oficina de la Representante Especial del Secretario General sobre la Violencia contra los Niños y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia [UNICEF] han alertado sobre los riesgos que enfrentan niñas, niños y adolescentes en destinos turísticos masivos. Entre las problemáticas que más se documentan destacan la explotación laboral y el turismo sexual infantil, prácticas ilícitas que prosperan en contextos de alta marginación y desregulación.
Sin embargo, existe otra realidad que tambien afecta de manera cotidiana y persistente a las infancias, en particular a niñas y niños que crecen en hogares donde sus madres, padres o personas cuidadoras trabajan en la industria turística. Estas infancias, rara vez aparecen en los debates sobre turismo, pero sus experiencias permiten comprender uno de los costos más invisibilizados del modelo turístico: las dificultades para garantizar el derecho al cuidado cuando la organización del trabajo en el sector limita las posibilidades de cuidar y sostener la vida.
Cuando el trabajo invade el hogar
La precarización laboral en el turismo es un debate que se desarrolla desde hace ya varias décadas, en donde se evidencia que el sector que se sostiene de una fuerza de trabajo flexible, disponible y barata, lo que convierte la precarización en una condición estructural del modelo turístico. En la hotelería, esta lógica productiva exige una operatividad ininterrumpida las 24 horas del día, los siete días de la semana. Como resultado se imponen horarios nocturnos, turnos rotativos, jornadas prolongadas que sobrepasan las ocho horas diarias, contratos temporales y dependencia de las propinas, lo que configura la dinámica familiar y de cuidados en el hogar (UNICEF, 2017).
Por lo tato, las altas demandas de tiempo laboral implican que muchas infancias se críen en ausencia de referentes de cuidado. Esto significa que la organización del trabajo reduce la presencia de madres, padres o personas cuidadoras en el hogar y, cuando están presentes, el agotamiento acumulado y las labores domésticas, limitan aún más el tiempo disponible para cuidar, acompañar y convivir con sus hijas e hijos.
A estas exigencias se suma el trabajo emocional, un elemento distintivo de la hotelería, el cual se refiere a la necesidad de controlar y regular los propios sentimientos para proyectar una imagen de felicidad, amable y complaciente, negando la proyección de emociones como enojo, tristeza y frustración (Hochschild, 2003). En este sentido, la denominada “actitud de servicio” guía el día a día del personal, por lo que deja de ser una cualidad individual y se convierte en una norma que atraviesa toda la cultura hotelera. Por lo tanto, el trabajo turístico no solo depende del trabajo físico y del tiempo de las personas, sino también de su disponibilidad emocional para producir una experiencia turística.
Precisamente, Hochschild (2003) argumenta que el trabajo atraviesa una dimensión que se suele considerar privada: las emociones. La amabilidad, la sonrisa o la contención del enojo pasan a formar parte del servicio. En consecuencia, el agotamiento que se deriva de la “regulación emocional” puede alcanzar al ámbito familiar, con efectos en la paciencia, la escucha y la capacidad de responder con empatía, además de una mayor irritabilidad (Junker et al., 2026). Por lo tanto, la apropiación del tiempo y de la disponibilidad emocional adquiere especial relevancia cuando se observa desde la esfera de los cuidados, pues aquello que el trabajo turístico demanda es también parte de los recursos necesarios para sostener cotidianamente la vida.
Al respecto, es posible hablar de una contradicción socioproductiva del capitalismo.Fraser (2016), plantea que para continuar con el ciclo de acumulación es necesaria la reproducción social, es decir el sostenimiento cotidiano de la vida (crianza, cuidados, alimentación, etc.), pero al mismo tiempo el sistema organiza el trabajo de manera que imposibilita las condiciones que hacen posible el cuidado, por lo que, la crisis de los cuidados es una expresión de esta contradicción. En este sentido, el modelo turístico hegemónico requiere del trabajo de cuidados para reproducir su fuerza laboral, pero simultaneamiente debilita la condiciones que hacen posible esos cuidados
Ecos de la infancia
Ante este panorama, vale la pena detenerse a mirar ¿qué ocurre con las hijas e hijos de quienes hacen posible que la industria hotelera funcione todos los días? ¿Qué significa crecer cuando las jornadas laborales de madres y padres están marcadas por turnos rotativos, largas horas, cansancio acumulado y trabajo emocional? ¿Cómo recuerdan hoy esas experiencias quienes pasaron su infancia en hogares donde el trabajo hotelero organizaba la vida cotidiana?
Con el propósito de comprender esta realidad se desarrolló una investigación cualitativa de carácter exploratorio, y se tomó como caso de estudio la ciudad de Playa del Carmen [PDC], que se ubica en Quintana Roo, México, la cual en pocas décadas pasó de ser una pequeña localidad costera a convertirse en uno de los principales destinos turísticos del Caribe. Este crecimiento desencadenó la expansión de la infraestructura hotelera y, por ende, una demanda importante de mano de obra que se inserta bajo los esquemas de precarización propios del trabajo turístico. En este contexto, interesó comprender cómo estas condiciones laborales han moldeado las experiencias de quienes crecieron en hogares donde sus madres, padres o personas cuidadoras trabajan o trabajaron en la hotelería.
El estudio recuperó las narrativas de 28 personas de entre 18 y 29 años que, durante su infancia, tuvieron como principales personas cuidadoras a madres, padres o tutores que trabajaron en hoteles de cinco estrellas o más en PDC [1]. La investigación se sustentó en la memoria autobiográfica (Conway y Pleydell-Pearce, 2000) como herramienta para reconstruir recuerdos, emociones y significados asociados a una infancia marcada por las dinámicas laborales del sector turístico. Para ello se empleó una metodología participativa que permitió reconocer a las y los participantes como protagonistas de sus propias historias.
En este sentido, se construyó el taller “Ecos de la infancia: taller para explorar la infancia desde las emociones y la memoria”. Este se diseñó como un espacio seguro y de confianza para que las juventudes participantes tuvieran la oportunidad de volver a momentos significativos de su niñez. Se realizaron 5 sesiones en junio del 2025 con una duración de entre 90 y 120 minutos, en los cuales las personas participantes identificaron las emociones que marcaron esos años, reconstruyeron recuerdos mediante ejercicios de memoria autobiográfica (periodo de vida, eventos generales, eventos específicos y etrategias de afrontamiento) y compartieron las estrategias que desarrollaron para afrontar la ausencia de sus principlaes cuidadores y cudadoras.

Foto 3. Emociones de la infancia. Junio 2025. Imagen de Jimena Ramos.
Detrás de la actitud de servicio y sonrisas estandarizadas en los hoteles de Playa del Carmen, se gesta un vacío que las estadísticas de ocupación no alcanzan a medir: la soledad de quienes crecen esperando. Las narrativas de las juventudes revelan una infancia marcada por el silencio, la soledad y la resignación, situación que se termina por normalizar. En este sentido, para algunos participantes ser hijos o hijas de personal hotelero significó “no poder ser niña, por siempre estar en silencio en casa, porque mis padres debían descansar después del trabajo” (mujer, 20 años); debido a los horarios “mis padres no asistian a mis eventos escolares” (mujer, 21 años; hombre 19 años).; o bien, “mis padres no fueron por mi a la escuela, casi me llevan al DIF [2]” (hombre, 19 años).
La industria absorbe incluso los momentos de celebración, dejando huellas de celos y enojo: “las festividades de navidad o año nuevo mis padres no llegaban y cuando llegaban compraban comida de alguna tienda que este abierta” (mujer, 18 años). Así mismo, hay quienes manifiestan que el trabajo “absorbía tanto tiempo que mi padre que no celebraba cumpleaños ni festividades” (mujer, 20 años). Esta situación generó sentimientos de soledad y de una rúptura en el vínculo emocional que permanece hasta su juventud. “En la actualidad mis padres no saben nada cerca de mi” (mujer, 21 años). Además, la ingesta de alcohol por parte de las personas cuidadoras, principalmente hombres, fue un común en los testimonios.
Por lo tanto, la precariedad laboral también se manifiesta en la fragmentación de los vínculos afectivos. El intento por “suplir el tiempo con regalos” (mujer, 21 años), se convirtió para muchas familias en una forma de compensar las ausencias. Esto evidencia una de las expresiones de la crisis de los cuidados: cuando las condiciones de trabajo impiden estar presentes, el consumo termina ocupando un lugar central para intentar reemplazar el acompañamiento y el tiempo que se comparte. Además, las hijas e hijos debieron asumir tempranamente tareas de cuidado y de gestión del hogar como: preparación de alimentos, realización de tareas escolares sin asistencia o supervisión adulta, cuidar de hermanas o hermanos menores (redistribución de los cuidados).
En este sentido, se retoma la idea de niños y niñas llave, un término que hace referencia a menores a quienes literalmente se les entrega la llave de la vivienda para que ingresen y permanezcan en solitario en casa durante la jornada laboral de las personas a cargo de su cuidado. Lo anterior trae como consecuencia sentimientos de abandono, soledad, enojo, vulnerabilidad; así como accidentes y posible consumo de alcohol y sustancias ilícitas (Leung et al., 1996; Sevilla, 2025). Esto, se asentua en un contexto de migración, de maternidades autónomas y de la falta de redes de apoyo, lo que muestra como el modelo turístico profundiza la crisis de los cuidados. A pesar de lo anterior, en las narrativas también emergieron formas de resistir o estrartegias de afrontamiento, a partir de actividades como pintar, dibujar, jugar videojuegos o buscar refugio en mundos imaginario o en familiares cercanos.
Crisis de los cuidados en el turismo
Lo que sucede en PDC en torno a las infancias no es un problema individual y aislado, por el contrario, es la manifestación de la contradicción estructural entre el capital y la vida. Es decir, el modelo turístico que opera bajo la lógica de acumulación de capital, desplaza la sostenibilidad de la vida a los márgenes invisibles y lo negado (Pérez, 2006). Retomando la analogía del iceberg económico de Amaia Pérez, la industria hotelera muestra la punta brillante de la hospitalidad, mientras que el trabajo de cuidados que la sostiene se mantiene en la oscuridad. En particular, en casas donde las infancias asumen el costo de un sistema que niega sistemáticamente estas problemáticas.

Foto 3. Taller 3. Ecos de la infancia. Junio 2025. Imagen de Mildred Pérez.
Las narrativas muestran que la precarización laboral trasciende el espacio de trabajo y alcanza la vida cotidiana de quienes crecen en estos hogares. La “actitud de servicio” vacía de energía emocional a madres y padres y deja a las infancias en una situación de independencia forzada. La ausencia de políticas de conciliación y de infraestructura de cuidados que respondan a la naturaleza 24/7 del turismo, refleja un cierre reaccionario de la crisis (Pérez, 2006). En otras palabras, en lugar de redistribuir y socializar la responsabilidad del cuidado, el sistema propicia que recaiga exclusivamente en las redes familiares ya precarizadas, por lo que el turismo sigue sin asumir plenamente la corresponsabilidad en los cuidados.
Entender el turismo desde este lugar, obliga a trabajar en políticas de conciliación entre la vida personal y laboral, con la finalidad de romper con las estructuras que evitan el sostemiento de la vida y que, además, permitan que las infancias crezcan en entornos seguros, libres de violencia y en acompañamiento cotidiano para su desarrollo integral. Ningún destino puede llamarse paraíso si su rentabilidad depende de que los hijos e hijas de las personas trabajadoras crezcan en el silencio y el olvido.
