¿Y Uruguay?
El impacto más inmediato ya se ve en los combustibles. El gobierno anunció el 27 de marzo un ajuste de 7% en naftas, gasoil y supergás a partir de abril, explicitando que responde al encarecimiento del petróleo por la guerra en Medio Oriente. A la vez, informó créditos blandos para sectores productivos más afectados y resolvió no trasladar esa suba al boleto de ómnibus. Eso muestra dos cosas: el shock ya llegó, y el gobierno intenta amortiguarlo antes de que se expanda a toda la economía.
Sobre el empleo, se está complicando, pero todavía más por fragilidad que por derrumbe. El INE informó una tasa de desempleo de 7,4% en febrero de 2026, con empleo en 59,8% y actividad en 64,6%. No es una cifra de crisis aguda, pero tampoco de mercado laboral holgado. Si a eso se le suma energía más cara, fletes más caros y menor dinamismo global, el riesgo es que las empresas frenen contrataciones antes de despedir masivamente. El empleo suele deteriorarse con rezago.
En turismo, el problema no es solo el combustible en sí, sino el efecto cadena. Uruguay recibió 3,6 millones de visitantes en 2025 y el turismo generó US$ 2.040 millones, por lo que sigue siendo una fuente grande de divisas. Pero un petróleo caro presiona sobre pasajes aéreos, paquetes, cruceros, transporte interno y consumo turístico. En otras palabras, el turismo no desaparece, pero puede volverse más caro y más selectivo: viajes más cortos, más cercanos, más compra de último momento y mayor sensibilidad al precio. Eso suele favorecer el turismo regional y castigar más al largo radio. Esta última parte es una inferencia económica a partir del peso del combustible y de la importancia del sector en la balanza de divisas uruguaya.
En ganadería y agricultura, el impacto puede ser incluso más directo. No porque el ganado “use petróleo”, sino porque todo el sistema agroexportador consume gasoil, fertilizantes, transporte y financiamiento. Uruguay importa fertilizantes desde varios orígenes relevantes, entre ellos Argelia, China, Rusia, Estados Unidos y Marruecos. Si se encarece la energía global, también suben costos fabriles, fletes marítimos, seguros y muchas veces fertilizantes. El FMI ya advirtió que el conflicto en Medio Oriente puede elevar los precios de fertilizantes entre 15% y 20% además de frenar el crecimiento global. Para un país exportador de carne, soja y lácteos, la tensión es doble: vender al mundo puede seguir siendo posible, pero producir y embarcar cuesta más.
Esto importa mucho porque en 2025 las exportaciones uruguayas de bienes llegaron a US$ 13.493 millones, el mayor registro de la última década, y el crecimiento estuvo liderado por carne bovina, soja y lácteos. Si el shock se prolonga, Uruguay puede mantener demanda por alimentos, pero con márgenes más apretados por costos logísticos y de insumos. En una crisis global, los alimentos suelen resistir mejor que otros rubros, aunque no quedan inmunes.
En la industria del papel y la celulosa, el frente sensible es logístico-industrial. La celulosa llegó a desplazar a la carne bovina como principal producto de exportación en algunos tramos recientes, y sigue entre los grandes motores del comercio exterior uruguayo. UPM, por ejemplo, ha explicitado que su operativa en Paso de los Toros depende del ingreso de insumos químicos, fuel oil, terminal portuaria y transporte por rutas nacionales. En una crisis de energía y fletes, una planta no deja de operar de un día para otro, pero sí enfrenta mayores costos de abastecimiento, seguros y movimiento exportador.
La buena noticia para Uruguay es que no entra a esta fase tan desnudo como en otras épocas. ANCAP subraya que la electricidad uruguaya se genera casi en su totalidad con fuentes renovables, y esa diferencia importa mucho frente a Europa. Uruguay no depende del gas ruso ni del carbón importado para prender su sistema eléctrico. Eso no evita el golpe del petróleo en transporte y producción, pero sí reduce el riesgo de una crisis energética integral como la que vivieron otros países.
Entonces, ¿qué debemos esperar?
Primero, más inflación importada por combustibles, fletes e insumos, aunque con amortiguadores locales.
Segundo, crecimiento más lento y decisiones empresariales más cautelosas, sobre todo en sectores intensivos en transporte.
Tercero, un mercado laboral que probablemente se enfríe antes de romperse: menos contrataciones, más prudencia inversora y más presión en jóvenes y sectores de menor productividad. Lo de jóvenes ya es visible en la propia foto del INE: 23,7% de desempleo entre 14 y 24 años en febrero.
Cuarto, un agro que puede seguir vendiendo, pero con costos más altos y necesidad de financiamiento más fino.
Quinto, un turismo que no cae necesariamente, pero sí se vuelve más sensible al precio y al contexto regional.
Uruguay no está ante una catástrofe inevitable, pero sí ante un semestre en el que la eficiencia, la cobertura de costos y la lectura geopolítica van a pesar más que nunca. El país tiene mejores defensas que otros en energía eléctrica y estabilidad macro, pero sigue atado al mundo en petróleo, fertilizantes, fletes, tasas y demanda externa. La pregunta no es solo si estamos preparados, sino si reaccionamos a tiempo en tres frentes: financiamiento productivo, logística y protección del empleo.
Fuentes
- Banco Central Europeo – Discursos oficiales de Christine Lagarde (2026)
- Reuters – Proyecciones del petróleo y conflicto en Medio Oriente
- Presidencia de la República Oriental del Uruguay – Ajuste de combustibles (marzo 2026)
- Instituto Nacional de Estadística – Mercado laboral (2026)
- Uruguay XXI – Exportaciones y comercio exterior
- Observatory of Economic Complexity – Importación de fertilizantes
- Fondo Monetario Internacional – Perspectivas globales y energía
- Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland – Consumo energético y matriz
Sobre el autor: Jacobo Malowany es egresado en Estrategia Nacional del Centro de Altos Estudios Nacionales y diplomado por la Universidad de Montevideo en Innovación de Políticas Públicas.
