República Dominicana: las claves de su éxito turístico
Lunes, 21 Septiembre 2026 23:07

República Dominicana: las claves de su éxito turístico

 

En 2025 recibió 11,7 millones de visitantes. El crecimiento dominicano confirma que el sol y playa mantiene una enorme capacidad de atracción, pero también muestra algo más profundo: conectividad, hotelería, previsibilidad y facilidad de compra pueden pesar tanto como disponer de atractivos excepcionales. Uruguay tiene mucho que ofrecer. El desafío es transformar esa diversidad en productos que el mundo pueda reconocer y comprar.

Todavía no conozco República Dominicana, aunque espero hacerlo pronto. Mi acercamiento al destino viene, por ahora, de las ferias internacionales de turismo que visito, de conversar con quienes lo promocionan y de observar sus resultados. Y hay algo que despierta mi curiosidad: ¿qué hizo este país caribeño para atraer, en tan pocos años, a millones de visitantes y seguir creciendo?

República Dominicana: el éxito turístico que deja una lección para Uruguay

Hay una comparación que merece atención. Perú posee Machu Picchu, una de las imágenes turísticas más reconocidas del planeta, una gastronomía internacionalmente posicionada y una diversidad cultural y natural extraordinaria. Argentina reúne Patagonia, Cataratas del Iguazú, Buenos Aires, Mendoza, glaciares y algunos de los paisajes más espectaculares de América.

República Dominicana construyó buena parte de su crecimiento alrededor de algo aparentemente mucho más tradicional: playa, clima, hoteles y descanso.

Y funciona.

Durante 2025 recibió 11.676.901 visitantes, según las cifras oficiales dominicanas: 8.861.169 llegaron por vía aérea y 2.815.732 fueron cruceristas. El total aumentó 4,3% respecto de 2024 y fue 37,8% superior al de 2022.

Perú cerró 2025 con alrededor de 3,4 millones de turistas internacionales, todavía por debajo de los niveles anteriores a la pandemia.

No se trata de concluir que un país posee mejores atractivos que otro. La comparación conduce a una pregunta bastante más interesante para quienes trabajamos en turismo:

¿por qué algunas ofertas consiguen convertirse en productos turísticos masivos y otras, aun disponiendo de recursos extraordinarios, encuentran mayores dificultades para hacerlo?

El sol y playa nunca se fue

Durante años escuchamos que el nuevo turista buscaba experiencias, gastronomía, naturaleza, cultura, contacto con las comunidades y autenticidad.

Las busca.

Lo que los resultados del Caribe obligan a revisar es la idea de que esas motivaciones terminarían desplazando al tradicional turismo de sol y playa.

No ocurrió.

Millones de personas siguen queriendo descansar, bañarse en el mar, disfrutar del clima, comer bien y disponer durante algunos días de su tiempo sin demasiadas complicaciones.

La innovación turística no necesariamente consiste en abandonar aquello que funcionaba. También puede estar en hacerlo mejor, agregarle servicios y adaptarlo a nuevas formas de consumo.

República Dominicana entendió esa demanda y construyó alrededor de ella una poderosa industria turística.

¿Qué compra quien compra Punta Cana?

Aquí aparece una de las claves.

El turista no está comprando solamente una habitación frente al Caribe. Está comprando una experiencia con un alto grado de previsibilidad.

Puede contratar desde su país el vuelo, alojamiento, comidas, bebidas, playa, piscinas, entretenimiento y buena parte de los servicios que utilizará durante sus vacaciones.

El all inclusive tiene, en ese sentido, un valor que supera a la gastronomía ilimitada o las bebidas incluidas: disminuye incertidumbre.

La persona conoce antes de viajar buena parte de lo que gastará.

En tiempos en que las familias comparan tarifas aéreas, hoteles, restaurantes, traslados y actividades desde una pantalla, esa simplicidad tiene un enorme valor comercial.

Y detrás del resort existe otra pieza fundamental: la conectividad.

El crecimiento turístico dominicano se produjo acompañado por una importante estructura aérea. Entre 2020 y 2025 el país contabilizó más de un millón de operaciones aéreas y más de 88 millones de pasajeros movilizados, según el Instituto Dominicano de Aviación Civil.

No basta con convencer a alguien de que quiere conocer un destino. Hay que permitirle llegar con facilidad y a un precio competitivo.

Punta Cana consiguió algo todavía más difícil

Punta Cana dejó de necesitar demasiadas explicaciones.

Para millones de potenciales visitantes, el nombre ya transmite una idea de vacaciones: Caribe, playa, resort, descanso y servicios.

Eso es posicionamiento.

Un país puede gastar millones promocionando decenas de atractivos y continuar siendo difícil de interpretar para el consumidor. República Dominicana concentró durante años buena parte de su capacidad comercial en un producto extraordinariamente reconocible y desde esa fortaleza comenzó a ampliar su mapa hacia Santo Domingo, Samaná, Puerto Plata, La Romana, Miches y otros destinos.

Primero consiguió que millones quisieran viajar. Después empezó a mostrarles que había más.

Tener una maravilla no garantiza millones de turistas

El caso peruano resulta especialmente interesante.

Machu Picchu tiene una capacidad de atracción internacional que pocos destinos pueden igualar. Perú, además, posee patrimonio arqueológico, naturaleza, Amazonía, gastronomía y una identidad cultural extraordinaria.

Sin embargo, en 2025 recibió alrededor de 3,4 millones de turistas internacionales. El propio Ministerio de Comercio Exterior y Turismo mantiene como objetivo continuar recuperando los niveles anteriores a la pandemia.

La diferencia sirve para comprender que atractivo turístico y producto turístico no son exactamente lo mismo.

Un atractivo puede provocar el deseo de conocer un lugar. Para transformar ese deseo en grandes corrientes internacionales hacen falta vuelos, precios, capacidad hotelera, comercialización, seguridad, infraestructura, distribución y facilidad para organizar el viaje.

Argentina permite hacer una lectura parecida desde otra escala. Posee una oferta difícilmente comparable por su extensión y diversidad. Buenos Aires, Patagonia, nieve, vino, naturaleza y gastronomía pueden generar viajes completamente diferentes dentro de un mismo país.

Esa riqueza también plantea un desafío: articular productos, conectividad y mercados para territorios separados por miles de kilómetros. Las estadísticas del INDEC muestran, además, el peso que mantienen los mercados regionales en el turismo receptivo argentino.

¿Y Aruba?

Aruba introduce otra dimensión en esta historia.

No parece adecuado preguntarse si una pequeña isla puede “destronar” a República Dominicana comparando únicamente cantidad de visitantes. Las escalas territoriales y las capacidades son diferentes.

La competencia interesante está en qué turista busca cada destino y cuánto valor consigue generar con cada visita.

Aruba comparte algunos atributos fundamentales con República Dominicana: Caribe, playas, hotelería, conectividad internacional y un producto fácil de comprender.

Puede competir por determinados segmentos sin necesitar alcanzar el volumen dominicano.

Y esto introduce otra cuestión que Uruguay también debería observar: el éxito turístico no debería medirse exclusivamente contando personas.

Importan también el gasto, la estadía, la distribución territorial, la ocupación hotelera, el empleo generado y cuánto del dinero permanece en la economía local.

Uruguay: tenemos visitantes, pero hay espacio para crecer

Uruguay recibió 3.604.488 visitantes durante 2025, 8% más que en 2024. El turismo generó unos US$ 2.040 millones, con un incremento del gasto total de 16,6% y del gasto promedio por persona de 8,1%.

Los números son importantes para un país de nuestra escala.

Pero cuando se los mira por procedencia aparece una característica que merece atención: 2.382.752 visitantes fueron argentinos y 504.410 brasileños. Entre ambos explicaron aproximadamente ocho de cada diez llegadas. Europa aportó 198.414 visitantes y Norteamérica 131.376.

Nuestra fortaleza regional es evidente. También nuestra dependencia.

Diversificar mercados no significa abandonar Argentina y Brasil, que seguirán siendo fundamentales. Significa conseguir que Uruguay resulte comprensible y atractivo también para alguien que vive a ocho o diez horas de avión y que debe elegir entre decenas de destinos.

Ahí la experiencia dominicana empieza a resultar especialmente útil.

Uruguay no necesita convertirse en República Dominicana

Sería un error copiar el modelo.

Uruguay no tiene su clima, su escala hotelera ni el mismo Caribe. Tampoco necesita competir por idéntico turista.

Tiene otras fortalezas.

Punta del Este logró durante décadas construir una marca internacional. Colonia posee una identidad reconocible asociada a su patrimonio. El litoral termal tiene un producto concreto. Montevideo combina cultura, gastronomía, rambla y vida urbana. Rocha puede trabajar naturaleza, costa, áreas protegidas y nuevas propuestas como el turismo asociado a sus cielos oscuros.

El vino uruguayo tiene además una particularidad extraordinaria: muchas bodegas están próximas a Montevideo y al principal aeropuerto internacional.

Y Canelones plantea quizá uno de los mejores ejemplos de la oportunidad y, al mismo tiempo, del problema.

Tiene más de 60 kilómetros de costa, bodegas, gastronomía, producción rural, patrimonio, cultura, pequeñas ciudades y localidades balnearias. Está junto a Montevideo y contiene al Aeropuerto Internacional de Carrasco.

Podemos enumerar todo eso en una feria turística.

La cuestión es otra: ¿qué puede comprar hoy, desde San Pablo, Asunción, Santiago, Miami o Madrid, una persona que quiera vivir Canelones durante cuatro días?

Ahí cambia completamente la discusión.

Del recurso al producto

Uruguay dispone de una diversidad turística notable para su tamaño. El próximo salto quizá no dependa solamente de descubrir nuevos atractivos, sino de integrar mejor los que ya existen.

Una bodega, una playa, un restaurante, una iglesia patrimonial o un establecimiento rural son recursos valiosos. Cuando se conectan con alojamiento, transporte, actividades, horarios, reservas y un precio que alguien puede contratar desde su teléfono, comienzan a convertirse en producto.

República Dominicana consiguió hacerlo a enorme escala con una propuesta que el mercado internacional entiende inmediatamente.

Uruguay puede recorrer su propio camino.

Puede combinar vino y gastronomía; costa y ruralidad; patrimonio y arquitectura; termas y bienestar; naturaleza y cielos oscuros; ciudades y experiencias culturales.

Pero la diversidad por sí sola no resuelve la comercialización.

La verdadera lección dominicana

República Dominicana no demuestra que el futuro del turismo sea únicamente el all inclusive ni que todos los destinos deban construir grandes resorts.

Demuestra algo bastante más útil.

El turista necesita razones para viajar, pero también necesita que viajar sea fácil.

Uruguay tiene playas, termas, vino, gastronomía, patrimonio, naturaleza, cultura, turismo rural y ciudades con identidad. En 2025 consiguió además aumentar visitantes, gasto y gasto por persona. Hay una base sólida sobre la cual trabajar.

Ahora debemos preguntarnos cuánto de esa riqueza llega al exterior convertida en una propuesta concreta, reconocible y comprable.

Punta del Este ya lo consiguió. Colonia también construyó una imagen internacional definida. Las termas poseen un producto identificable. Otros territorios tienen recursos suficientes, pero todavía necesitan integrarlos y comercializarlos mejor.

Canelones es un buen ejemplo: costa, bodegas, ruralidad, gastronomía, patrimonio y una ubicación privilegiada. Enumerarlo demuestra diversidad. Integrarlo en experiencias que puedan reservarse y comprarse demuestra madurez turística.

Quizás esa sea la enseñanza más valiosa que podemos traer desde República Dominicana.

No alcanza con tener mucho para mostrar.

Hay que conseguir que alguien quiera venir, sepa cómo llegar, entienda qué va a vivir y pueda comprarlo fácilmente.

Fuentes: