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Atlántida y su importancia para el desarrollo de Canelones: historia, turismo y futuro
Jueves, 09 Julio 2026 11:16

Atlántida y su importancia para el desarrollo de Canelones: historia, turismo y futuro

Atlántida y su importancia para el desarrollo de Canelones

Atlántida nació mucho antes de convertirse en uno de los balnearios más queridos del Uruguay. Fue fundada oficialmente el 19 de octubre de 1911 sobre un trazado diseñado por el agrimensor Juan Pedro Fabini, en un territorio donde predominaban los bosques, los barrancos y el sonido del mar. Su nombre tampoco fue casual: un grupo de médicos y estudiantes de medicina que frecuentaban la zona propuso llamarla Atlántida, inspirados en el mítico continente perdido. Quizás sin saberlo, también estaban bautizando un lugar destinado a convertirse en un refugio para generaciones de uruguayos y visitantes argentinos que encontraron aquí mucho más que un sitio para pasar el verano.

Hay lugares que uno conoce por los mapas y otros que conoce por los recuerdos. Atlántida, para mí, siempre fue parte de las emociones que marcaron a mi familia. Quizás por eso, cada vez que camino por sus calles, no veo solamente un balneario. Veo una ciudad que lleva 115 años construyéndose gracias a la visión de sus fundadores y al compromiso de generaciones que nunca dejaron de pensar en el futuro.

Mis recuerdos

De niño esperaba las vacaciones con una ansiedad difícil de explicar. Mi abuelo materno era un enamorado de este balneario. Si el viento soplaba fuerte, nos llevaba a la playa Mansa; cuando el mar estaba tranquilo, prefería la Brava. Después de cada lluvia respiraba profundo y decía: "¿Sentís ese olor?". Yo no entendía qué tenía de distinto. Hoy, viviendo en Atlántida Serena, descubro que aquel perfume a pinos, arena húmeda y mar era, simplemente, el olor de mi infancia.

Hoy la Asociación Turística de Canelones trabaja precisamente con esa mirada. Promover el departamento significa fortalecer destinos capaces de recibir visitantes durante todo el año. En ese camino, Atlántida se prepara para recibir a periodistas y comunicadores especializados que recorrerán sus atractivos, conocerán a sus emprendedores y mostrarán al mundo una ciudad que ofrece mucho más que sol y playa.

Las últimas vacaciones de invierno confirmaron ese proceso. La buena ocupación hotelera, el movimiento gastronómico, las visitas a establecimientos turísticos y la creciente calidad de su oferta demostraron que Atlántida ya dejó de depender exclusivamente del verano. Caminar por su microcentro, disfrutar de una propuesta gastronómica cada vez más diversa, descubrir su patrimonio o simplemente recorrer sus bosques siguen siendo razones suficientes para visitarla en cualquier estación.

Empiezo a caminar pensando en qué le vamos a mostrar a estos comunicadores de Brasil.

La rambla sigue teniendo esa mezcla de nostalgia y futuro. El viejo Planeta Palace continúa allí, con su silueta de barco desafiando el paso del tiempo. No es solamente un edificio; es un símbolo de aquella arquitectura que soñó un balneario elegante para una clase media que comenzaba a descubrir el turismo.

Más adelante aparecen las casas de los fundadores. Me gusta detenerme unos minutos frente a ellas. No son solamente apellidos grabados en una plaza donde Neruda escribió algún poema. Son las personas que imaginaron una ciudad donde apenas había bosque y barrancos. Empresarios, comerciantes, médicos, profesionales y familias enteras apostaron cuando apostar era casi una aventura. Frente a la rambla aparece el Hotel Boutique Santoral, una casona centenaria cuidadosamente restaurada que conserva el encanto de la Atlántida de otros tiempos. Al contemplarla, es imposible no imaginar aquella época en que este balneario era conocido como la "playa de los Médicos". Su propuesta de gastronomía de autor y sus reconocidas meriendas invitan también a conocer el interior de una de las residencias más emblemáticas de la ciudad.También recomiendo conocer su interior a través de su gastronomía de autor y sus meriendas. Fueron ellos, junto a estudiantes de Medicina, quienes comenzaron a descubrir este rincón de la costa, impulsaron su forestación y hasta le dieron el nombre de Atlántida. Con el paso de los años llegaron las residencias de familias tradicionales, los hoteles de época y las casas de veraneo que transformaron este paisaje en el lugar elegido por generaciones de profesionales, especialmente médicos, que encontraban aquí el descanso que Montevideo no podía ofrecer.

Sigo caminando y la ciudad empieza a hablar sola.

Recuerdo las noches del Country Club, que todos los sábados nos hacían felices. Los bailes donde más de una historia de amor comenzó sobre una pista de madera. Las canchas de tenis, los partidos de fútbol, el movimiento permanente del microcentro cuando la temporada llenaba cada vereda.

Paso por Baipa y vuelven los aromas de una panadería que es un símbolo del destino que forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Un poco más adelante aparecen los helados de La Fontaine, parada obligada de quienes crecimos aquí. La tienda El Abuelo, el casino del Estado, los hoteles Argentina y Centenario, que hacen parte a la historia viva actual y de muchos que pasaron sus vacaciones, recordando otros que ya son viviendas permanentes, como los que están sobre la rambla. Y no puedo dejar de pensar en aquel cine que durante años estrenaba películas antes que muchas salas de Montevideo. Atlántida no era solamente un balneario; también marcaba tendencias culturales.

El camino nos regala otra obra que ya forma parte de la identidad de Atlántida: El Sol, la escultura monumental concebida por Carlos Páez Vilaró y finalizada de manera póstuma por su familia y colaboradores, respetando el diseño original. Ubicada sobre la rambla, parece emerger del horizonte para recibir cada amanecer. Como tantas creaciones del artista, dialoga con la luz, el mar y el paisaje, convirtiéndose en un punto de encuentro para vecinos y visitantes. No es solo una obra de arte; es un símbolo de una ciudad que sigue incorporando patrimonio cultural sin perder el vínculo con su esencia.

Durante décadas llegaron familias de todos los rincones del Uruguay y muchísimos argentinos. Para unos era el descanso de enero. Para otros, el lugar donde construir una casa para toda la vida. Los médicos y profesionales de Montevideo encontraron aquí el equilibrio entre la ciudad y el mar. Quizás por eso Atlántida siempre tuvo un aire distinto.

La caminata continúa y casi sin darme cuenta llego a la Liga de Fomento. No entro por nostalgia. Entro porque ninguna caminata por Atlántida puede ignorar el lugar desde donde durante décadas se empujó buena parte del crecimiento de la ciudad. Mientras afuera los veraneantes disfrutaban del mar, aquí se discutía cómo traer agua potable, energía, educación, seguridad y nuevas oportunidades. Muchas veces olvidamos que las ciudades también tienen personas que las piensan cuando los demás duermen. La Liga fue, y sigue siendo, uno de esos lugares.

No es una parada cualquiera conocer la historia del Águila.

La silueta de El Águila en Villa Argentina sigue alimentando historias. Algunos hablan de un antiguo mirador, otros de un loco constructor que no tenía conocimientos y la hizo a su antojo; nunca faltan las leyendas que pasan de generación en generación. Tal vez ese sea parte de su encanto: permitir que cada visitante se lleve una versión distinta.

Y mientras avanzo, aparece también el Parque de AGADU, la casa de los autores de Uruguay, los escenarios de recitales, encuentros populares y noches que marcaron a varias generaciones. Allí la música encontró su lugar, del mismo modo que el cine, los concursos de belleza y tantas actividades culturales ayudaron a que Atlántida fuera mucho más que un destino de verano.

Terminó la caminata convencido de que la verdadera riqueza de Atlántida no está únicamente en sus playas ni en sus edificios emblemáticos. Está en una ciudad que nunca dejó de evolucionar. La impulsaron sus fundadores, la fortalecieron instituciones como la Liga de Fomento y hoy continúa creciendo gracias al compromiso de vecinos, emprendedores y autoridades que siguen imaginando el futuro.

Quizás dentro de otros cien años alguien vuelva a recorrer estas mismas calles. Encontrará nuevos edificios, nuevos desafíos y otra generación de protagonistas. Pero, si Atlántida conserva el espíritu de quienes siempre pensaron primero en la ciudad y después en ellos mismos, seguirá siendo ese lugar al que uno no solamente llega para descansar. También vuelve para sentirse en casa.

Atlántida siempre tuvo esa capacidad: combinar naturaleza, arquitectura, cultura y comunidad. Tal vez por eso, cuando uno vuelve, siente que no regresa solamente a un lugar. Regresa a una parte de su propia historia.

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Gracias por leer.

Jacobo Malowany

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